Estamos viviendo la primera crisis energética verdaderamente global, y todas las dimensiones del «triángulo energético» están ahora bajo presión.
Las respuestas a corto plazo de los países ante la crisis ponen de relieve la necesidad de reformular las estrategias actuales de transición, garantizando que equilibren la asequibilidad, la seguridad y la sostenibilidad.
La crisis ofrece la oportunidad de replantear la seguridad energética de modo que una transición equitativa ocupe un lugar central.
Durante más de un siglo, las empresas y los países han dependido del acceso continuo a energía a costes asequibles. Desde que el concepto de «seguridad energética» cobró fuerza con las crisis petroleras de la década de 1970, su significado ha evolucionado: pasó de la diversificación del suministro de petróleo por parte de los países industrializados a la noción más amplia y compleja de «disponibilidad ininterrumpida de distintas fuentes de energía para todas las naciones, a un precio asequible».
Aunque el mundo ya ha superado varias crisis energéticas, la que vivimos ahora es la primera verdaderamente global, debido a las interconexiones de los mercados energéticos. La crisis surgió tras una década de inversión insuficiente en las fuentes de energía tradicionales, junto con un crecimiento muy lento de las renovables para compensar esa brecha. Esto ha creado una tormenta perfecta, con una combinación de perturbaciones posteriores a la pandemia de COVID-19 y a la invasión rusa de Ucrania. Aunque la energía debería ser asequible, segura y sostenible, este «triángulo energético» está sometido a una fuerte presión en sus tres frentes. El sistema carece de un margen suficiente para absorber las perturbaciones recientes sin subidas de precios sin precedentes.
En los últimos meses, los países se han apresurado a diversificar el suministro, y ha quedado claro que la resiliencia (la capacidad de resistir y recuperarse de perturbaciones físicas, cibernéticas y del mercado) es ahora parte integral de la seguridad energética. Sin embargo, ha sido menos evidente que los conceptos de transición energética y seguridad energética ya no pueden mantenerse separados. Un nuevo informe del Foro Económico Mundial, elaborado en colaboración con Accenture, analiza cómo replantear la seguridad de los sistemas energéticos centrados en la transición.
Las respuestas a corto plazo a la crisis energética han incluido una rápida reorientación del comercio de energía, planes acelerados de desarrollo de infraestructuras, volúmenes sin precedentes de intervenciones fiscales y una reevaluación de emergencia de las políticas energéticas. No se pueden pasar por alto las repercusiones socioeconómicas de la crisis, pero esta también es una oportunidad para alinear estructuralmente la trayectoria del sistema energético con una transición que conduzca a un sistema que no ponga en peligro el objetivo de limitar el calentamiento global a 1.5C y que, al mismo tiempo, garantice la seguridad energética y la asequibilidad. Dejamos pasar una oportunidad similar de cambio estructural durante la recuperación de la pandemia; ¿cómo podemos diseñar respuestas a corto plazo que esta vez logren ese cambio positivo?
1. Alinear el refuerzo del suministro energético con los objetivos de la transición energética
Tras años de inversión insuficiente en todas las formas de energía (especialmente en energía limpia), la interrupción del suministro de gas natural ruso por gasoducto desencadenó una crisis global del suministro energético, que afectó directamente a Europa e indirectamente a otras regiones. Mientras los países buscan rápidamente reforzar el suministro, existe el riesgo de prolongar el bloqueo de emisiones, dejar activos varados y generar un exceso de capacidad.
Aunque la coordinación a nivel de la UE en la planificación de nuevas terminales de regasificación de GNL (gas natural licuado) reduce los riesgos para la seguridad energética a más largo plazo, es poco probable que alivie los precios a corto plazo y, al mismo tiempo, dejará fijadas emisiones adicionales durante muchos años. Del mismo modo, se estima que las centrales de carbón reactivadas o mantenidas en funcionamiento en Alemania añadirán alrededor del 4% a sus emisiones anuales totales; China y la India han anunciado planes para aumentar la producción de carbón en 700 millones de toneladas al año durante los próximos dos años, y varios estados de EE. UU. han anunciado retrasos en el cierre previsto de centrales de carbón. Aunque se realizan esfuerzos paralelos para invertir en energías renovables y eficiencia, la recomendación de la Agencia Internacional de la Energía de invertir 5 dólares en capacidad renovable por cada dólar destinado a nueva generación con combustibles fósiles está muy lejos de la realidad actual: en 2022 se invirtieron alrededor de 1,4 billones de dólares en energía limpia, de un total de inversiones en energía de alrededor de 2,4 billones de dólares.
Para limitar las emisiones y mantener vivo el objetivo de 1.5C, el regreso al carbón debe ser temporal y no dar lugar a inversiones importantes en nuevas infraestructuras; las nuevas infraestructuras de gas deben estar en consonancia con los objetivos de descarbonización (es decir, diseñadas para el hidrógeno y a prueba de fugas), y deben existir planes eficaces para abordar el riesgo de activos varados. Las inversiones deben dar prioridad a ampliar el desarrollo de las energías renovables, garantizando al mismo tiempo la disponibilidad de una combinación diversificada de combustibles y comercio de energía con bajas emisiones. Esto permitirá equilibrar la asequibilidad, la seguridad y la sostenibilidad en el lado de la oferta y, en última instancia, abordar las vulnerabilidades actuales de los sistemas.

2. Incentivar una demanda eficiente mediante medidas fiscales
Desde enero de 2022, 26 de las 31 economías avanzadas y 45 de las 103 economías emergentes y en desarrollo han anunciado al menos una medida fiscal. Solo en Europa, las distintas medidas fiscales superaban los 700.000 millones de dólares en diciembre de 2022. Si no se administran adecuadamente y no están vinculadas a un sólido sistema de protección social, estas medidas pueden generar dependencia y reducir la capacidad futura de los países para invertir en energía y otros ámbitos importantes. Incluso antes de la crisis, los países en desarrollo tenían dificultades para realizar las inversiones en infraestructura necesarias para el desarrollo y el acceso a la energía sostenible. 2022 fue el primer año en décadas en que aumentó el número de personas sin acceso a la electricidad.
Al mismo tiempo, se ha infrautilizado la posibilidad de adaptar las subvenciones a la industria para incentivar el gasto en eficiencia y energías renovables. En lugar de ofrecer a los hogares subvenciones a los precios de la energía que suelen ser ineficaces o basarse en el consumo, el apoyo económico debe ser específico, basarse en los ingresos y coordinarse entre países (para desalentar el arbitraje). Debe preservar las señales del mercado e incentivar la reducción del consumo de energía.
La aplicación de subvenciones para consumidores vulnerables requiere sistemas de información sólidos en el ámbito de la protección social nacional, conectados a bases de datos con información sobre el consumo energético individual y el contexto socioeconómico más amplio. Los esfuerzos centrados ahora en una focalización eficaz pueden ayudar a crear bases de datos de consumidores que sean fundamentales para aplicar futuras medidas fiscales que promuevan la equidad y la justicia social de la transición energética.
3. Hacer de la eficiencia energética el primer combustible
En cuanto a sensibilizar a los consumidores sobre el consumo eficiente de energía, se ha hecho poco más que aconsejar a la ciudadanía que baje la temperatura del termostato, apague las luces innecesarias y reduzca el uso de agua caliente.
La eficiencia y la conservación energéticas desempeñan un papel muy importante en una respuesta eficaz a la crisis energética. La participación ciudadana ha sido durante mucho tiempo un reto, pero los confinamientos por la pandemia nos han enseñado que una comunicación creativa que transmita información fiable y coherente puede generar una gran participación. Otro ejemplo es el de Japón, que colaboró con las principales empresas de servicios públicos para enviar información trimestral sobre el consumo de energía a 300.000 hogares poco después del tsunami de 2011, lo que permitió lograr ahorros considerables. El Plan RePowerEU también subraya la importancia de las medidas del lado de la demanda para reforzar las medidas del lado de la oferta en materia de seguridad energética.
La información y las campañas deben complementarse con incentivos vinculados al cambio a equipos de alta eficiencia energética o a la compra de herramientas digitales para medir y optimizar el consumo doméstico. Entre los casos de éxito anteriores figuran la distribución de iluminación eficiente en Chile en 2008, en medio de la escasez de electricidad causada por la sequía, y las iniciativas de renovación respaldadas por los gobiernos en Francia (Hauts-de-France Pass Rénovation), México (FIPATERM) y España (el «Mecanismo de Energía Sostenible de Barcelona», basado en una colaboración público-privada).
Una nueva era de energía globalizada
Las soluciones y estrategias para abordar la seguridad energética deben tener en cuenta las repercusiones en la transición energética y ayudar a protegerse frente a sus perturbaciones. Esto exigirá un nivel de coordinación sin precedentes entre países y entre los sectores público y privado. Las compras conjuntas y las políticas de almacenamiento conjunto de gas (como las aplicadas en la UE) son algunos ejemplos. También se requerirá una mayor coordinación de las políticas en un mundo que, dada la distribución desigual de los recursos renovables, deberá reforzar y unificar sus redes energéticas (Europa y los países de la ASEAN avanzan en esta dirección).
Se ha dicho que la guerra de Ucrania marca el fin de 30 años de globalización, pero los sistemas energéticos están tan interconectados geográfica y económicamente que eliminar la interdependencia no es una opción. En cambio, la guerra podría y debería dar comienzo a un nuevo concepto de globalización, basado en la coordinación de esfuerzos para equilibrar equitativamente la seguridad energética y la sostenibilidad, evitando crear nuevas vulnerabilidades durante la transición hacia el sistema energético del futuro.





