Davos 2023: Discurso especial de António Guterres, Secretario General de las Naciones Unidas

'There are no perfect solutions in a perfect storm. But we can work to control the damage and seize opportunities,' António Guterres told Davos 2023 attendees.
'There are no perfect solutions in a perfect storm. But we can work to control the damage and seize opportunities,' António Guterres told Davos attendees.Image: World Economic Forum
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  • «Nuestro mundo sufre una tormenta perfecta en varios frentes», afirmó el secretario general de la ONU, António Guterres, en un discurso en el que pidió una acción urgente frente a una serie de desafíos interconectados, entre ellos la crisis económica mundial, el cambio climático, la desigualdad de ingresos y de género, las relaciones entre Estados Unidos y China, la invasión rusa de Ucrania y los efectos persistentes de la pandemia de COVID-19.

  • Debemos poner fin a nuestra adicción a los combustibles fósiles y «detener nuestra guerra suicida contra la naturaleza», añadió Guterres.

  • Más que nunca, es hora de forjar las vías de cooperación en nuestro mundo fragmentado.

Gracias por su acogida. Es un placer volver a Davos en persona.

Su lema plantea perfectamente el dilema del mundo actual: necesitamos cooperación, pero nos enfrentamos a la fragmentación. No he venido aquí para edulcorar la magnitud de ese desafío ni el lamentable estado de nuestro mundo. No podemos afrontar los problemas si no los miramos de frente. Y estamos mirando de frente al ojo de un huracán de categoría 5.

Nuestro mundo sufre una tormenta perfecta en varios frentes. Empecemos por lo inmediato: una crisis económica mundial. Las perspectivas son sombrías. Muchas regiones del mundo se enfrentan a una recesión. El mundo entero se enfrenta a una desaceleración.

Observamos una profundización de las desigualdades y una crisis del coste de la vida que se desarrolla con rapidez y que afecta sobre todo a mujeres y niñas. Interrupciones en las cadenas de suministro y una escasez de energía. Precios disparados. Subidas de los tipos de interés junto con la inflación. Y niveles de deuda que golpean a los países vulnerables.

A todo esto se suman los efectos persistentes de la pandemia. La COVID-19 sigue lastrando las economías, mientras que el fracaso del mundo a la hora de prepararse para futuras pandemias pone a prueba la credibilidad. De algún modo, después de todo lo que hemos padecido, no hemos aprendido las lecciones de salud pública mundial de la pandemia. Estamos muy lejos de estar preparados para las pandemias que vendrán.

A todo ello se suma otro desafío importante, e incluso existencial: estamos jugando con el desastre climático. Cada semana trae una nueva historia de horror climático. Las emisiones de gases de efecto invernadero están en niveles récord. El compromiso de limitar el aumento de la temperatura mundial a 1,5 grados se está yendo al traste. Sin más acciones, nos dirigimos hacia un aumento de 2,8 grados.

Las consecuencias serán devastadoras. Varias partes de nuestro planeta serán inhabitables. Y para muchos, esto supone una sentencia de muerte.

Pero no es una sorpresa. La ciencia lleva décadas siendo clara. No hablo solo de los científicos de la ONU, sino de los científicos de los combustibles fósiles. La semana pasada supimos que determinados productores de combustibles fósiles ya eran plenamente conscientes en la década de 1970 de que su producto principal estaba calentando nuestro planeta.

Al igual que la industria del tabaco, pasaron por encima de su propia ciencia. La industria petrolera difundió la gran mentira. Y, como ocurrió con la industria del tabaco, los responsables deben rendir cuentas. Hoy, los productores de combustibles fósiles y quienes los respaldan siguen compitiendo por ampliar la producción, sabiendo perfectamente que su modelo de negocio es incompatible con la supervivencia humana.

Esta locura parece sacada de la ciencia ficción, pero sabemos que el colapso del ecosistema es un hecho científico frío y contundente. A esta mezcla tóxica se suma otro factor inflamable: el conflicto, la violencia y la guerra.

Especialmente la invasión rusa de Ucrania, no solo por el sufrimiento incalculable del pueblo ucraniano, sino también por sus profundas implicaciones globales. Sobre los precios mundiales de los alimentos y la energía. Sobre el comercio y las cadenas de suministro. Sobre las cuestiones de seguridad nuclear. Sobre los propios cimientos del derecho internacional.

Avanzamos allí donde podemos, en particular facilitando las exportaciones de alimentos y fertilizantes desde Ucrania y Rusia. Pero estamos muy lejos de una paz conforme al derecho internacional y a la Carta de las Naciones Unidas.

Señoras y señores, todos estos desafíos están interrelacionados. Se acumulan como coches en un choque en cadena.

Seamos claros. Ya sería difícil encontrar soluciones a estos problemas mundiales en los mejores momentos, si el mundo estuviera unido. Pero estos están lejos de ser los mejores momentos y el mundo está lejos de estar unido.

En cambio, nos enfrentamos a los niveles más graves de división geopolítica y desconfianza en generaciones, lo que lo socava todo. La brecha Este-Oeste.

Corremos el riesgo de lo que he denominado una Gran Fractura: el desacoplamiento de las dos mayores economías del mundo. Una falla tectónica que crearía dos conjuntos distintos de normas comerciales, dos monedas dominantes, dos internets y dos estrategias enfrentadas en materia de inteligencia artificial.

Es lo último que necesitamos. El FMI ha señalado que dividir la economía mundial en dos bloques podría reducir el PIB mundial nada menos que en 1,4 billones de dólares.

Son muchos los aspectos en los que divergen las relaciones entre Estados Unidos y China, en particular en materia de derechos humanos y seguridad regional. Pero es posible, e incluso imprescindible, que ambos países mantengan un diálogo significativo sobre clima, comercio y tecnología para evitar el desacoplamiento de las economías o incluso la posibilidad de un enfrentamiento futuro.

Para los historiadores presentes: debemos evitar una secuela del siglo XXI de la trampa de Tucídides. Al mismo tiempo, se profundiza la brecha Norte-Sur.

No estoy convencido de que el mundo más rico comprenda realmente el grado de frustración y de ira en el Sur Global. Frustración e ira por la enorme desigualdad en la distribución de las vacunas.

Frustración e ira por la recuperación tras la pandemia, con un apoyo concentrado de manera abrumadora en los países más ricos, que podían imprimir dinero. Frustración e ira por una crisis climática que está paralizando a los países que menos contribuyeron al calentamiento global.

Frustración e ira ante un sistema financiero moralmente en quiebra, en el que las desigualdades sistémicas amplifican las desigualdades sociales. Un sistema que niega de forma rutinaria el alivio de la deuda y la financiación en condiciones concesionarias a los países vulnerables de ingreso medio que las necesitan con urgencia.

Un sistema en el que los pagos del servicio de la deuda de la mayoría de los países más pobres del mundo se dispararon un 35 % solo en el último año. Necesitamos tender puentes entre todas estas brechas y restablecer la confianza.

¿Cómo? En primer lugar, reformando el sistema financiero mundial e introduciendo en él la equidad.

Los países en desarrollo necesitan acceso a la financiación para reducir la pobreza y el hambre y avanzar en los Objetivos de Desarrollo Sostenible. He instado al G20 a acordar un Plan de Estímulo global para los ODS que brinde apoyo a los países del Sur Global, incluidos los países vulnerables de ingreso medio.

Necesitan la liquidez, el alivio y la reestructuración de la deuda que requieren, así como préstamos a largo plazo, para invertir en desarrollo sostenible. En definitiva, necesitamos una nueva arquitectura de la deuda.

Los bancos multilaterales de desarrollo deben cambiar su modelo de negocio. Más allá de sus operaciones, deben concentrarse en movilizar sistemáticamente la financiación privada mediante garantías y en asumir el primer riesgo en coaliciones de instituciones financieras para apoyar a los países en desarrollo.

En segundo lugar, tender puentes entre las divisiones y restablecer la confianza implica una acción climática significativa. Ahora. La batalla por mantener vivo el límite de 1,5 grados se ganará o perderá en esta década. Bajo nuestra vigilancia.

Amigos míos, ahora mismo se está perdiendo. Debemos actuar juntos para cerrar la brecha de emisiones. Para eliminar gradualmente el carbón y potenciar la revolución renovable.

Para poner fin a la adicción a los combustibles fósiles. Y para detener nuestra guerra suicida contra la naturaleza.

El mundo desarrollado debe cumplir por fin su compromiso de 100 000 millones de dólares en financiación climática para apoyar a los países en desarrollo.

La financiación para la adaptación debe duplicarse.

Y los mayores emisores, a saber, los países del G20, deben unirse en torno a un Pacto de Solidaridad Climática en el que hagan esfuerzos adicionales durante la década de 2020 para mantener vivo el límite de 1,5 grados.

Los países desarrollados deben prestar asistencia financiera y técnica para ayudar a las principales economías emergentes a acelerar su transición hacia las energías renovables. Pero nuestros objetivos climáticos también necesitan la plena implicación del sector privado.

Cada vez más empresas asumen compromisos de cero emisiones netas. Pero los parámetros de referencia y los criterios suelen ser dudosos o poco claros. Esto induce a error a los consumidores, los inversores y los reguladores con narrativas falsas. Alimenta una cultura de desinformación y confusión climática. Y deja la puerta abierta de par en par al lavado verde.

Mi Grupo de Expertos sobre compromisos de emisiones netas cero publicó recientemente una guía práctica para compromisos de cero emisiones netas creíbles y responsables.

Aquí, en Davos, pido a todos los líderes empresariales que actúen en consecuencia. Presenten planes de transición creíbles y transparentes sobre cómo alcanzar las cero emisiones netas, y envíenlos antes de que termine este año. La transición hacia las cero emisiones netas debe basarse en recortes reales de emisiones y no depender de créditos de carbono ni de mercados paralelos.

Por último, lo que es cierto respecto a la implicación del sector privado en el clima se aplica a una serie de desafíos. La acción gubernamental es fundamental, pero no basta. Debemos encontrar vías para potenciar la capacidad del sector privado de desempeñar su papel pleno en favor del bien común.

En muchos sentidos, el sector privado está liderando el camino. Los gobiernos deben crear un entorno regulatorio y de estímulo adecuado para respaldarlo.

Y los modelos y las prácticas empresariales deben reformularse para avanzar en los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Sin crear las condiciones para una implicación masiva del sector privado, será imposible pasar de los miles de millones a los billones necesarios para alcanzar los ODS.

Para liderar el camino hacia la ampliación de las oportunidades económicas para las mujeres. Para garantizar una mayor implicación y cooperación en pro de la equidad en las vacunas. Para lograr la seguridad alimentaria mundial.

Y para ello necesitamos la cooperación del sector privado para que las exportaciones de alimentos y fertilizantes de Ucrania y Rusia sigan fluyendo y sean asequibles. Incluso en medio de la guerra, el sector de los seguros ha contribuido a respaldar la circulación de buques desde Ucrania y Rusia.

Necesitamos con urgencia que otros actores del sector privado se impliquen, como el sector bancario, los comerciantes y los armadores. En todo el espectro de desafíos mundiales, necesitamos el ingenio y la cooperación del sector privado para promover la paz, el desarrollo sostenible y los derechos humanos.

Queridos amigos, no existen soluciones perfectas en una tormenta perfecta. Pero podemos trabajar para controlar los daños y aprovechar las oportunidades.

Más que nunca, es hora de forjar las vías de cooperación en nuestro mundo fragmentado.

El mundo no puede esperar.

Gracias.

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