Las crisis interrelacionadas de la COVID-19, los conflictos y el cambio climático hacen que millones de niños sean desplazados y empujados a la pobreza y al hambre.
Las interrupciones de la inmunización sistemática y la atención sanitaria amenazan con provocar un repunte de enfermedades potencialmente mortales como el sarampión, mientras que la crisis mundial del aprendizaje corre el riesgo de convertirse en una catástrofe educativa mundial para toda una generación de niños.
Pero esto se puede prevenir con un esfuerzo mundial concertado para proteger, apoyar y educar a todos los niños.
Ser niño en estos tiempos es peligroso.
En Ucrania, millones de niños y familias han huido de la guerra violenta que ha asolado su país y agravado la crisis alimentaria mundial.
Años de conflictos y crisis en Afganistán, Siria, y Yemen han destruido las economías y todos los sistemas de los que dependen los niños para sobrevivir y prosperar.
La peor crisis provocada por el clima en 40 años amenaza a 10 millones de niños en el Cuerno de África; 1,7 millones de ellos podrían morir sin tratamiento urgente para la malnutrición aguda grave.
La pandemia de COVID-19 ha agravado las amenazas que enfrentan los niños más vulnerables del mundo y ha creado nuevos riesgos para sus vidas y su futuro. Millones más de niños viven en la pobreza, millones más de niñas corren el riesgo de contraer matrimonio infantil y millones más de niños caen en la pobreza de aprendizaje, sin siquiera las habilidades más básicas.
Hoy, en todo el mundo, más niños necesitan urgentemente asistencia humanitaria que en cualquier otro momento de los 75 años de historia de UNICEF.
No hay mejor medida de la sostenibilidad de una sociedad que las inversiones que realiza en el bienestar de sus niños.
Catherine Russell, UNICEF
Las pruebas son claras: no podemos alcanzar nuestros objetivos mundiales de desarrollo si no llegamos a los niños más excluidos e invertimos en su potencial.
Estas son cinco maneras de lograrlo, juntos.
Fortalecimiento de los sistemas y acción humanitaria
En la actualidad, más de 400 millones de niños viven en zonas de conflicto. Millones de ellos no asisten a la escuela y carecen de acceso a agua potable, saneamiento e higiene. Millones sufren malnutrición, incluidas sus formas más graves y mortales.
La guerra en Ucrania ha elevado los precios de los alimentos en lugares donde los niños ya pasan hambre, como Yemen y Siria.
Nuestra respuesta humanitaria debe atender estas necesidades urgentes. También debe ayudar a las comunidades a prepararse para futuras crisis.
Si queremos preparar a nuestros niños para el futuro, los sectores público y privado deben invertir en sistemas más resilientes que ayuden a los niños a afrontar las dificultades, incluidos los sistemas de salud, nutrición, educación, agua y saneamiento, y protección social.
Ayudar a las familias a mantener la estabilidad durante las crisis genera beneficios en cadena, especialmente para los niños.
Fortalecimiento de los sistemas de atención primaria de salud
La pandemia ha dejado claro que los sistemas de atención primaria de salud que funcionan bien y son resilientes constituyen la base de nuestra capacidad para responder a las emergencias sanitarias.
Un centro de atención primaria de salud con todos los recursos necesarios —atendido por trabajadores sanitarios bien capacitados y remunerados adecuadamente, y equipado con productos y equipos esenciales— es la primera línea de defensa contra las pandemias. También es el punto de prestación más eficaz para otros servicios de salud esenciales, como la nutrición y la inmunización.
Ahora es el momento de actuar a escala mundial. Invertir en atención primaria de salud puede lograr tres objetivos a la vez: niños más sanos, un fin más equitativo de la pandemia y un legado duradero de sistemas de salud más resilientes y sociedades más sostenibles.
Resiliencia y adaptación climáticas
UNICEF estima que casi 1.000 millones de niños ya corren un riesgo extremadamente alto debido a los efectos del cambio climático. Sin medidas urgentes, lo estará cada niño.
Los gobiernos tienen la responsabilidad de reducir las emisiones e invertir en estrategias de mitigación. También debemos trabajar entre sectores para ayudar a las comunidades a adaptarse a las consecuencias inmediatas del cambio climático.
Estas inversiones darán frutos. UNICEF estima que cada dólar invertido en adaptación puede generar hasta 10 dólares en beneficios económicos.
Este ámbito está preparado para que las alianzas público-privadas impulsen la innovación, especialmente las alianzas con jóvenes. Las empresas también pueden contribuir invirtiendo en nuevas tecnologías y en el desarrollo de competencias ecológicas, modificando las prácticas de consumo de energía y agua y ejerciendo influencia mediante sus operaciones y cadenas de suministro.
La crisis mundial del aprendizaje
Incluso antes de la COVID-19, más de 260 millones de niños no asistían a la escuela. La mitad de todos los niños que vivían en países de ingresos bajos y medianos no podía leer una oración sencilla a los 10 años.
El cierre de escuelas durante la pandemia y las consiguientes interrupciones del aprendizaje están convirtiendo una crisis en una catástrofe, con graves consecuencias para los niños de hoy y para la futura fuerza laboral.
El impacto del cierre de las escuelas podría costar hasta 17 billones de dólares en ingresos a lo largo de la vida de toda una generación.
Debemos lograr que todos los niños vuelvan a las aulas, evaluar su aprendizaje, ayudarlos a ponerse al día y apoyar su bienestar. Todo niño que lo necesite debe tener acceso a un programa de recuperación centrado en la lectura y las matemáticas básicas, fundamentos de todo aprendizaje futuro.
Las empresas pueden contribuir invirtiendo en formas innovadoras de llegar a los niños y mejorar el aprendizaje. También pueden invertir en la formación de jóvenes, incluidas competencias transferibles, digitales, empresariales y específicas para el empleo.
Salud mental de los niños
Los confinamientos por la COVID-19 y otros efectos de la pandemia han tenido un profundo impacto en la salud mental de los adolescentes y los jóvenes.
La pandemia también ha puesto de manifiesto la brecha entre las necesidades de salud mental y el acceso a los servicios de apoyo. Demasiados jóvenes no reciben tratamiento ni apoyo. Los problemas de salud mental siguen siendo objeto de estigmatización y cuentan con financiación insuficiente.
El costo de no actuar es enorme: se estima que la pérdida anual de capital humano derivada de las afecciones de salud mental en niños y adolescentes de hasta 19 años asciende a 387.200 millones de dólares.
Necesitamos un enfoque que abarque a toda la sociedad para promover la salud mental e implique a todos los sectores. Las empresas pueden y deben desempeñar un papel clave en la promoción de la salud mental de la fuerza laboral. Esto incluye aplicar políticas y prácticas que promuevan el bienestar mental de los empleados y sus familias, y combatir el estigma en el lugar de trabajo.
Estas son solo cinco áreas en las que podemos marcar la diferencia en la vida de millones de niños.
Hay muchas pruebas que demuestran la conexión inseparable entre el bienestar de los niños y el desarrollo sostenible; ha llegado el momento de situar a los niños en el centro de la agenda pública.
Nelson Mandela dijo célebremente: «No hay reflejo más fiel de una sociedad que la forma en que trata a sus niños». Por extensión, no hay mejor medida de la sostenibilidad de una sociedad que las inversiones que realiza en el bienestar de sus niños.




