A diferencia de los Objetivos de Desarrollo del Milenio de la ONU, acordados en 2000, se dio al sector privado la oportunidad de aportar ideas y contribuir a elaborar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU para 2030, acordados en septiembre de 2015 por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Es natural que, a su vez, el sector privado asuma una responsabilidad compartida, en colaboración con todos los demás actores de la sociedad, para alcanzar estos objetivos. Contamos con experiencia, conocimientos y capacidad en todos los niveles para contribuir a su consecución, especialmente en los ámbitos nacional y comunitario.
Además, una empresa solo puede tener éxito a lo largo del tiempo y crear valor para sus accionistas si también crea valor para la sociedad. En Nestlé, llamamos a esto Creación de Valor Compartido. A mi juicio, adoptar la perspectiva de la Creación de Valor Compartido puede ayudar a movilizar a las empresas para que identifiquen y centren esfuerzos empresariales concretos en apoyo de los ODS.
Permítanme explicar con algo más de detalle lo que esto significa para nosotros. En primer lugar, sostengo que cada empresa debe identificar las áreas en las que puede tener el mayor impacto. En nuestro caso, guiados por el propósito de nuestra empresa de mejorar la calidad de vida y contribuir a un futuro más saludable, nuestro impacto positivo en la sociedad se centra en propiciar vidas más saludables y felices para las personas y las familias, ayudar al desarrollo de comunidades prósperas y resilientes y, por último, gestionar los recursos naturales del planeta en beneficio de las generaciones futuras.
En segundo lugar, sostengo que cada uno de nosotros debe aprovechar su ventaja comparativa específica para generar impacto. El sector privado puede aportar alcance y escala globales, capacidad de implementación, capacidades de innovación e investigación y eficiencia en la ejecución. Corresponde a cada socio identificar cuál es la mejor manera de contribuir.
En tercer lugar, y algo muy importante, todos debemos pensar más allá de nuestras propias operaciones directas y ámbitos de actividad. Vivimos en un mundo interconectado y nuestros futuros están inextricablemente ligados. Para nosotros, solo mediante alianzas entre sectores, industrias y distintos ámbitos de la sociedad podemos ampliar el alcance de los compromisos sociales por los que rendimos cuentas. Por eso debemos explorar y establecer alianzas dinámicas que amplíen explícitamente nuestros límites, sobre todo a nivel nacional y local, donde la flexibilidad necesaria nos permite abordar cuestiones pertinentes para cada lugar.
El Grupo de Recursos Hídricos 2030 (2030 WRG) y la Nueva Visión para la Agricultura (NVA) son dos ejemplos de alianzas multipartitas orientadas a la acción en las que participamos desde sus inicios, a finales de la década de 2000. Ambas ofrecen una plataforma neutral de encuentro donde las partes interesadas de los sectores público y privado y de la sociedad civil de cada país pueden reunirse para dialogar abiertamente, identificar soluciones sostenibles y, en última instancia, impulsar una transformación. Son un terreno esencial para generar confianza, que sin duda debe ser el primer ingrediente de todo intento exitoso de lograr una transformación duradera.
Seis años después de que el Foro Económico Mundial pusiera en marcha inicialmente el 2030 WRG para cerrar la brecha entre la demanda y la oferta de agua para 2030, esta alianza público-privada trabaja en 11 países o estados, con 44 propuestas de programas y políticas para implementar —14 de ellas ya están en fase de implementación— y la participación de más de 500 socios nacionales.
La NVA ha involucrado a más de 600 organizaciones de todos los grupos de interés para impulsar simultáneamente la seguridad alimentaria, la sostenibilidad ambiental y las oportunidades económicas. Ha catalizado plataformas multipartitas en 21 países de África, Asia y ahora América Latina y, hasta la fecha, ha llegado a más de 10,5 millones de pequeños agricultores.
Hemos aprendido muchas cosas de nuestras experiencias con estas alianzas. En primer lugar, ha quedado aún más claro que no podemos lograr por nuestra cuenta un cambio en todo el sistema. De hecho, nadie puede hacerlo solo. Lo que podemos hacer como alianza se apoya en lo que podemos hacer por separado y lo fortalece. En segundo lugar, el compromiso de los gobiernos en todos los niveles es un requisito absolutamente indispensable para lograr un impacto real y sostenible sobre el terreno. En tercer lugar, la confianza suele fortalecerse mediante la acción colaborativa a nivel nacional o local, donde puede definirse una ambición o visión pertinente para el lugar y aprovecharse un sólido sentido práctico. El marco para la acción dirigida por los países elaborado por la NVA ofrece orientaciones útiles sobre este enfoque.
También hay un par de requisitos clave, en particular contar con el marco adecuado de «valores» y el horizonte temporal adecuado. No se puede insistir lo suficiente en este último, más concretamente, en adoptar una perspectiva a largo plazo. El cambio transformador requiere tiempo, y una perspectiva a largo plazo inculca los valores y el enfoque adecuados entre todas las partes interesadas, y a menudo las une. De cara al futuro, me siento optimista y entusiasmado. Desde que nacieron las dos alianzas que he descrito, hemos avanzado mucho. Espero continuar el camino que hemos iniciado y hacer realidad lo que contribuimos a elaborar para 2030.



