Mientras el continente avanza con rapidez, África corre el riesgo de no alcanzar sus Objetivos de Desarrollo Sostenible, especialmente en lo relativo a la reducción del hambre y la pobreza.
En la intersección de estos dos desafíos, una estrategia agrícola basada en la ciencia puede reducir la pobreza y el hambre.
La restauración de suelos, las inversiones específicas en investigación, la tecnología y las formulaciones de fertilizantes adaptadas desempeñan un papel en una estrategia agrícola basada en la ciencia.
Nos acercamos a la fecha límite de 2030, para la cual África, como el resto del mundo, debería haber alcanzado muchos, si no todos, los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU. Pero con solo seis años por delante, el continente africano se encuentra muy por detrás de muchas de las metas, particularmente las relacionadas con la reducción del hambre y la pobreza.
Para reactivar el impulso hacia el logro de estos objetivos vitales, se requiere una acción urgente para la transformación agrícola. En efecto, la agricultura es la columna vertebral de la economía africana, donde, según la Organización Internacional del Trabajo, contribuye con casi un tercio del PIB y emplea a más del 60% de la fuerza laboral. Es también el sector en el que África tiene una ventaja significativa frente a otros continentes. África dispone de abundantes recursos, un clima favorable durante todo el año para la producción agrícola, extensas superficies de tierras cultivables sin explotar y la población más joven del mundo: más de la mitad de las personas del continente tendrá menos de 25 años para 2050, según datos del Banco Mundial. Esto pone de relieve el desafío que plantea el rápido crecimiento demográfico de África, que se prevé que aumente de 1 000 millones en la actualidad a 1 700 millones en 2020 y a 2 400 millones en 2050.
África: desafíos y oportunidades en el desarrollo agrícola
Sin embargo, pese a estas fortalezas inherentes, el progreso hacia la sostenibilidad agrícola del continente ha sido lento, y la seguridad alimentaria sigue siendo una amenaza y un objetivo clave. África importa actualmente 55 000 millones de dólares en alimentos al año y, sin mejoras en la productividad agrícola, se prevé que esta cifra se duplique hasta 110 000 millones de dólares en 2030. Desafíos como la deforestación, la escasez de agua, la degradación del suelo y el aumento de las temperaturas siguen amenazando la productividad agrícola del continente. Según proyecciones recientes del Centro para el Desarrollo Global indican una alarmante disminución del 18% en los rendimientos para 2050 si se sigue el enfoque habitual (business as usual). Un informe del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) presenta un panorama aún más desalentador, que sugiere una reducción del 80% en los rendimientos de los cultivos básicos en ocho países del África subsahariana en un período de tiempo similar.
Para abordar estos desafíos apremiantes y desbloquear el potencial agrícola de África, se requiere un esfuerzo concertado para avanzar hacia prácticas agrícolas basadas en la ciencia. Esto implica acciones e inversiones orientadas a aprovechar las investigaciones científicas y las tecnologías más recientes para optimizar los rendimientos de los cultivos, minimizando al mismo tiempo el impacto ambiental.
Suelos, fertilizantes e investigación: estrategias basadas en la ciencia en acción
Un imperativo fundamental para mejorar la productividad agrícola es la restauración de la fertilidad perdida de los suelos del continente. Años de cultivo con escasa reposición han dejado las tierras agrícolas de África gravemente agotadas. En particular, un estudio del Centro Internacional de Agricultura Tropical muestra que las tasas actuales de degradación del suelo en África son hasta 100 veces superiores a la tasa natural de regeneración del suelo. Esto ha dejado a los agricultores con una brecha de rendimiento de los cultivos cada vez mayor, que se estima que cuesta al continente una pérdida anual de 68 000 millones de dólares y debilita gravemente la capacidad de África para alimentarse a sí misma.
Para una restauración rápida, un incremento en la aplicación de formulaciones de fertilizantes adaptadas a la diversidad de condiciones del suelo y de variedades de cultivo del continente es un imperativo mínimo. La orientación hacia este objetivo se estableció en la reunión de líderes africanos celebrada en la Cumbre Africana de Fertilizantes y Salud del Suelo, en Nairobi (Kenia), a principios de este mes, donde al menos 33 gobiernos africanos se comprometieron a acelerar la acción para restaurar la salud de los suelos de sus países. La Declaración de Nairobi, que se ratificó en la cumbre, reconoció el papel central de los fertilizantes personalizados para maximizar la producción de los suelos de África. La cumbre puso de relieve un dato clave: mientras que el consumo mundial medio de fertilizantes es de unos 135 kg/ha, el promedio de África es de solo 18kg/ha, lo que queda por debajo del objetivo de 50kg/ha fijado en la Declaración de Abuja en 2006. Mientras tanto, las inversiones en otras prácticas de gestión de la salud del suelo, como la agricultura de conservación y la restauración de la materia orgánica, siguen siendo fundamentales para mitigar gradualmente los efectos de la degradación del suelo y el agotamiento de nutrientes, incrementando así de forma significativa la productividad agrícola a largo plazo. Los suelos más sanos también combaten el cambio climático, tanto al absorber grandes cantidades de carbono de la atmósfera como al reducir la presión para convertir bosques en tierras agrícolas.
Estrategias basadas en la ciencia ya en marcha en toda África
Se pueden lograr mayores éxitos adoptando y ampliando intervenciones probadas, incluidas inversiones específicas en investigación, tecnología y servicios de extensión. Varios países africanos, entre ellos Etiopía, Ghana y Tanzania, ya han demostrado el potencial transformador de las técnicas agrícolas positivas para el clima y la naturaleza en el impulso de la productividad agrícola. En Etiopía, los resultados de un estudio publicado en la Agronomy Journal indican que la producción anual nacional de teff ha aumentado un 113%, la de maíz un 9,8%, la de sorgo un 4,6% y la de trigo un 9,4% en la última década. En Ghana, la producción agregada de cereales en 2023 fue estimada por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura para alcanzar 5,3 millones de toneladas, un 4% por encima del nivel del año anterior y un 18% por encima del promedio de cinco años. Tanzania, por su parte, ha incrementado su producción de maíz interanualmente, con proyecciones de un aumento del 36% en su excedente exportable durante la campaña de comercialización 2023-2024, según USAID. Estas cifras solo ilustran los comienzos de lo que debe lograrse. Con los rendimientos actuales en toda África al menos del 25% de su potencial, existe un inmenso margen para cerrar esta brecha de rendimiento, transformando a África en una potencia agrícola capaz no solo de alimentarse a sí misma, sino también de convertirse en un contribuyente significativo a la seguridad alimentaria mundial.
Sin embargo, para lograr un crecimiento acelerado en todo el continente, es imperativo fomentar esfuerzos colaborativos impulsados por la cooperación Sur-Sur, en pos de un esfuerzo concertado centrado en convertir al continente en una potencia agrícola dinámica basada en la ciencia. Esta colaboración es importante para el intercambio de conocimientos y para impulsar la adopción de tecnologías innovadoras, pero su éxito depende de la plena participación de todas las partes interesadas, incluidos los gobiernos, el sector privado, los socios para el desarrollo y la comunidad científica.
Aprovechando la experiencia colectiva y los recursos de las naciones del hemisferio sur, podemos forjar un camino sostenible hacia el desarrollo agrícola que no solo impulse la productividad y garantice la seguridad alimentaria para las generaciones futuras, sino que también allane el camino hacia la prosperidad económica y el avance social en todo el continente.



