Si el sistema alimentario fuera una empresa, sería una empresa en quiebra. Por el momento, sin embargo, quizá a su director ejecutivo le resultaría difícil verlo. Pues estaría al frente de supermercados que ofrecen a sus clientes una increíble multitud de productos.
Tendría en su cartera campos de cereales y semillas oleaginosas con niveles récord de productividad. Las fábricas que refinan azúcar, leche, trigo y arroz; procesan pescado; enlatan y congelan verduras; y transforman una extraordinaria variedad de ingredientes en alimentos preparados y aperitivos funcionarían a pleno rendimiento, al igual que los barcos, camiones y aviones que transportan alimentos por todo el mundo.
Pero si el director ejecutivo hubiera echado un vistazo a las noticias de los medios que llegaban del Cuerno de África el año pasado —o, mejor aún, al informe El estado de la inseguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2017 de la FAO—, habría visto que en 2017 aumentó el número de personas sin acceso a alimentos suficientes. Los conflictos y las perturbaciones relacionadas con el clima hacen que actualmente se estime que 815 millones de personas pasan hambre.
Si hubiera examinado los datos del Informe mundial sobre nutrición 2017 habría visto que el mundo no está en camino de cumplir los objetivos internacionales sobre retraso del crecimiento, emaciación, obesidad y diabetes. Con un poco más de búsqueda, habría encontrado datos que muestran que la pérdida y el desperdicio de alimentos representan nada menos que el 30 % de los alimentos que se producen en el mundo, que el sistema alimentario es responsable de alrededor del 30 % de las emisiones de gases de efecto invernadero, y que un tercio de las tierras del mundo está degradado—, lo que supone una amenaza inmensa para las mejoras de productividad.
Y si este director ejecutivo fuera de compras, encontraría demasiado espacio en tiendas grandes y pequeñas dedicado a hacer atractivos y apetecibles alimentos con muy poco valor nutricional.
Vería comunidades de todo el mundo desatendidas y olvidadas durante décadas de avances en el sistema alimentario. Cada año, se estima que 600 millones de personas en el mundo —casi 1 de cada 10— enferman tras consumir alimentos insalubres. Además, los factores relacionados con la alimentación causan en conjunto más muertes que cualquier otra cosa.
El sistema alimentario no es una empresa y no tiene director ejecutivo. Sin embargo, los hechos hablan por sí solos: el sistema alimentario es desigual, insostenible e inestable, y necesita transformarse. Y necesita que todos —todas las partes interesadas— actúen.
Ya se está trabajando en ello. Organismos multilaterales y organizaciones internacionales; gobiernos de todos los niveles; empresas y emprendedores; filántropos; agricultores; comunidades y ciudadanos. Están reduciendo las emisiones de carbono y los residuos, mejorando el valor nutricional de los alimentos, innovando en las explotaciones agrícolas, desarrollando políticas alimentarias a nivel urbano y transformando la alimentación local mediante la acción ciudadana.
Pero esta incómoda combinación de éxitos —poblaciones bien alimentadas, opciones disponibles y tecnología asombrosa— y fracasos —hambre, enfermedades, contaminación, degradación, sobrepeso, un planeta recalentado y una fuerza laboral demasiado pobre para alimentarse— significa que todos debemos hacer más para cambiarlo de raíz y construir un futuro más equitativo.
De la granja al tenedor
¿Qué debemos hacer? Lo primero es cambiar radicalmente la forma en que pensamos y actuamos en relación con los alimentos. Ya no basta con pensar que la alimentación es asunto de otros o con hacer cada cual lo que le corresponde de forma aislada: debemos reconocer que todo nuestro trabajo afecta a la alimentación y encontrar cómo realizar cambios de manera coordinada. Esto significa reconocer que la alimentación forma parte de un «sistema». Cuando empezamos a verla como un sistema interconectado, de la granja al tenedor, del campo al plato, del barco a la boca, comenzamos a ver cómo todos influimos en él de algún modo y, de hecho, cómo todos nos vemos afectados por él.
En segundo lugar, veamos la alimentación como una solución. Puede ayudar a nutrir a las personas y al planeta, ofrecer empleos dignos y brindar disfrute y felicidad en nuestra vida cotidiana. Un sistema alimentario que funciona bien proporciona diversos beneficios públicos, desde la salud pública hasta el estado del medio ambiente, la economía y la sociedad. Esforcémonos más por encontrar soluciones que reconozcan las interconexiones del sistema y nos permitan lograr el mayor impacto posible.
También necesitamos un conjunto claro de indicadores para medir qué tan bien estamos logrando el cambio entre todos. Ya no se trata solo de eficiencia económica, sino de medir con qué eficacia y eficiencia puede colaborar el sistema para generar salud, sostenibilidad ambiental e inclusión social. Como se suele decir, lo que se mide se hace.
En tercer lugar, para lograrlo, debemos asignar nuestros recursos financieros de otra manera. Esto atañe por igual a las empresas, los gobiernos, los organismos de desarrollo, los filántropos y los ciudadanos. ¿Invertimos nuestro dinero en los alimentos más nutritivos que contribuyen a una dieta saludable? ¿Utilizamos nuestros impuestos para apoyar a quienes producen alimentos nutritivos de maneras que favorecen ecosistemas resilientes? ¿Nuestras inversiones promueven dietas saludables y, a la vez, permiten que las empresas sean rentables?
Exploremos cómo podemos gastar e invertir para armonizar estos objetivos, en lugar de enfrentarlos entre sí. Habrá que hacer algunos sacrificios difíciles. Surgirán preguntas difíciles sobre quién tiene poder y quién obtiene beneficios. Pero esto forma parte del liderazgo en los sistemas alimentarios: o tenemos el valor de pensar y actuar de otra manera, o no.
Nosotros, los miembros del Consejo Global del Futuro sobre el Futuro de la Seguridad Alimentaria y la Agricultura del Foro Económico Mundial sabemos cuál de las dos opciones preferimos. Los beneficios son demasiado grandes como para ignorarlos.




