Al leer las palabras desnutrición infantil, lo más probable es que imagine a un niño con el rostro demacrado y el vientre hinchado, en uno de los entornos más duros o peligrosos del mundo. Lamentablemente, esta imagen no ha quedado obsoleta. En zonas afectadas por conflictos y emergencias, como Yemen y Mozambique, y en países como India y Filipinas, los niños siguen al borde de una desnutrición grave, y UNICEF continúa trabajando para salvarles la vida.
Pero este panorama también está lejos de ser completo. Hoy, el rostro de la desnutrición infantil es más complejo que nunca. Como muestra el informe de UNICEF Estado Mundial de la Infancia 2019, ahora nos enfrentamos a una triple carga de desnutrición infantil, una carga que soportan tanto los países más pobres como los más ricos del mundo.
Casi 200 millones de niños menores de cinco años sufren la primera de estas cargas: la desnutrición. Afecciones como el retraso del crecimiento, que describe a los niños que no logran crecer y desarrollarse hasta alcanzar todo su potencial, reflejan un profundo fracaso nutricional durante los primeros 1.000 días, desde la concepción hasta los dos años de edad. Con demasiada frecuencia, el retraso del crecimiento tiene su origen en la pobreza; al limitar la capacidad del niño para desarrollar plenamente su capital humano, también transmite la pobreza a la siguiente generación.
La segunda carga es el hambre oculta, es decir, las carencias de vitaminas esenciales y otros micronutrientes, como la vitamina A y el hierro. El hambre oculta es a la vez omnipresente e insidiosa: calculamos que al menos uno de cada dos niños menores de cinco años la sufre en alguna forma. En la mayoría de estos niños, las repercusiones en su salud, crecimiento y desarrollo pueden no detectarse hasta que es demasiado tarde. Como dijo en una ocasión sobre el hambre oculta mi excolega de UNICEF, Kul C. Gautam, exdirector ejecutivo adjunto de la organización: “Puede que no lo sienta en el estómago, pero golpea el núcleo de su salud y su vitalidad.”
Por último, está la carga del sobrepeso y la obesidad, un problema de rápida expansión incluso en algunos de los países más pobres del mundo. Los niños con sobrepeso corren un riesgo mucho mayor de desarrollar afecciones como la diabetes tipo 2 y las enfermedades cardiovasculares. El coste del sobrepeso infantil lo asumirá el niño al llegar a la edad adulta; lo asumirán también nuestras sociedades en forma de menor productividad y mayores costes sanitarios.
¿Cuán pesada es esta triple carga de la malnutrición? Según un nuevo análisis realizado para El Estado Mundial de la Infancia, calculamos que al menos uno de cada tres niños menores de cinco años sufre desnutrición o sobrepeso. Son los niños que no crecen adecuadamente.
En el centro de todas estas formas de malnutrición hay un factor común: las dietas deficientes. Demasiados niños comen muy poco de lo que necesitan y demasiado de lo que no necesitan. Casi en todas partes vemos que los niños consumen dietas poco variadas (con poca fruta, verdura, leche, huevos, pescado o aves de corral), especialmente en los dos primeros años de vida, cuando el crecimiento físico y el desarrollo cerebral deberían ser exponenciales. Y, casi en todas partes, vemos que los niños consumen cada vez más alimentos ultraprocesados, ricos en calorías, grasas, sodio y azúcar, y pobres en vitaminas y minerales.
Estas dietas deficientes reflejan un fallo básico, presente en todas partes, de los sistemas alimentarios, es decir, de todos los agentes y procesos que intervienen para llevar los alimentos «de la granja a la boca». Para mejorar la alimentación infantil, debemos mejorar los sistemas alimentarios. Eso significa generar más demanda de alimentos nutritivos, seguros, asequibles y sostenibles, y asegurar que la oferta sitúe la nutrición infantil, y una nutrición adecuada, en el centro de su actividad y satisfaga esta demanda. También implica construir entornos alimentarios que favorezcan una buena nutrición infantil; por ejemplo, garantizando que los entornos alimentarios escolares no sean obesogénicos, que las prácticas de marketing y publicidad no se dirijan a los niños y que el etiquetado de los alimentos no sea engañoso y proporcione a los niños, adolescentes y cuidadores información precisa y fácil de entender.
No existe una solución rápida para los sistemas alimentarios, pero el momento de actuar es ahora. Nuestra respuesta debe involucrar a gobiernos, empresas, sociedad civil, escuelas, comunidades, familias y a los propios niños y adolescentes. No cumplir este desafío es inconcebible: hoy sabemos mucho sobre lo que va mal en la nutrición infantil y también sabemos cómo solucionarlo. Ahora solo necesitamos voluntad, determinación y un sentido de indignación y urgencia.




