La producción agrícola de Ucrania ha caído drásticamente debido a la invasión rusa, con posibles repercusiones en el uso mundial de las tierras agrícolas.
El aumento de los precios de los alimentos debido a la escasez hace más probable que, por ejemplo, se talen bosques para destinarlos a la agricultura, ya que existe un incentivo para ampliar la producción.
Una serie de nuevos modelos muestra los posibles efectos de la caída de las cosechas ucranianas en todo el mundo. El peor pronostica que podrían destinarse 45 millones de acres de nuevas tierras a la agricultura, lo que provocaría un enorme aumento de las emisiones de carbono.
Si la guerra en Ucrania reduce considerablemente las exportaciones de cereales, el alza vertiginosa de los precios podría agravar la inseguridad alimentaria y aumentar las emisiones de dióxido de carbono, al incorporarse tierras marginales a la producción agrícola.
Esa es la reacción en cadena que predice el modelado de una nueva investigación. Los investigadores ejecutaron su modelo poco después del inicio de la invasión en febrero, con la esperanza de estimar el impacto en los mercados mundiales de cereales y las consiguientes repercusiones climáticas.
«Intentamos presentar un panorama más completo de lo que esta guerra le está costando al mundo», afirma Amani Elobeid, profesora docente de Economía en la Universidad Estatal de Iowa.
A Ucrania, a veces llamada el «granero de Europa», es un importante exportador de trigo y maíz. Un acuerdo alcanzado con Rusia en julio busca permitir los envíos de cereales ucranianos, pero no está claro cuán eficaz será para limitar el impacto de la guerra en las exportaciones.
Para el estudio, publicado en Nature Food, los investigadores examinaron cuatro posibles resultados: una caída del 50 % en las exportaciones ucranianas y tres escenarios que suponían que no habría exportaciones ucranianas, combinados con otras situaciones o respuestas relacionadas, como una reducción de la producción de biocombustibles en Estados Unidos y Europa o una caída del 50 % en las exportaciones rusas de cereales.
Los modelos estiman cómo los cambios en los mercados agrícolas mundiales afectan a la producción, el comercio, el consumo de alimentos y los precios, lo que a su vez determina qué tierras se destinan a los cultivos. Cuando el precio del maíz sube debido a la escasez, por ejemplo, es más probable que se talen los densos bosques brasileños para destinarlos a la agricultura, ya que existe un incentivo para ampliar la producción.
Según el escenario, el precio del trigo subiría hasta un 7,2 %, mientras que el del maíz podría aumentar un 4,6 %. Estas subidas se sumarían al encarecimiento ya existente de los alimentos y agravarían de forma desproporcionada el hambre en los países más pobres de África y Oriente Medio, regiones que dependen en gran medida de las importaciones de cereales de Ucrania, afirma Elobeid.
«En Estados Unidos, un aumento adicional del 5 % en los precios de los alimentos quizá no resulte tan alarmante. Pero en países extremadamente pobres y con altos niveles de inseguridad alimentaria, incluso un aumento del 1 % es muy significativo», afirma.
A escala mundial, la superficie de nuevas tierras destinadas al cultivo en los escenarios estudiados oscilaría entre 16,3 y 45 millones de acres, lo que provocaría un aumento medio estimado de las emisiones de carbono de entre 527 millones y 1.600 millones de toneladas métricas equivalentes de dióxido de carbono, según el estudio.
En los países más ricos, el aumento de los subsidios para los hogares de menores ingresos ayudaría a contrarrestar el encarecimiento de los alimentos, pero esa opción no está al alcance de las naciones más pobres, afirma Elobeid.
Eliminar las restricciones comerciales y aplicar políticas como la reducción temporal de los mandatos de biocombustibles ayudaría a bajar los precios de los cereales en todo el mundo y a limitar los cambios en el uso de la tierra que elevan las emisiones de carbono. Sin embargo, la respuesta política más eficaz está clara, aunque sigue siendo esquiva.
«La solución obvia es que termine el conflicto», afirma.
Entre los demás coautores hay investigadores de la Universidad de Indiana-Purdue University Indianapolis y de la Universidad de la República, en Uruguay.



