Estamos hablando mal del hambre. Y está costando vidas

Internally displaced Somali people stand in a queue waiting to be served with cooked food in Hodan district south of capital Mogadishu September 5, 2011. Famine has spread to six out of eight regions in southern Somalia, with 750,000 people facing imminent starvation, the United Nations said on Monday, and hundreds of people are dying each day despite a ramping up of aid relief. REUTERS/Feisal Omar (SOMALIA - Tags: DISASTER ENVIRONMENT SOCIETY POVERTY FOOD) - GM1E7951TGM01
20 million people are at immediate risk of dying of hunger, as warned by the United Nations.Image: REUTERS/Feisal Omar
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El número de personas que padecen hambre y malnutrición está aumentando por primera vez en más de una década. Así lo indica la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. Actualmente hay 815 millones de personas afectadas y persisten frecuentes episodios de escasez aguda y generalizada de alimentos. La ONU advirtió recientemente que 20 millones de personas corren un riesgo inminente de morir de hambre. Hay cuatro países que corren un riesgo particular: Yemen, 10 millones; Nigeria (noreste), 4-6 millones; Sudán del Sur, 4-6 millones; y Somalia, 2-4 millones. Otros 18 países padecen una grave inseguridad alimentaria.

Dejando de lado la comprensible conmoción, ¿estamos seguros de que realmente entendemos el hambre y la malnutrición, o lo que se conoce como inseguridad alimentaria? ¿Qué factores explican el aumento de las cifras? ¿Se debe al cambio climático y a las sequías cada vez más frecuentes? ¿A la superpoblación? ¿Al deterioro del planeta, que provoca desertificación, contaminación y deforestación? ¿O es la violencia el factor de mayor peso?

Para empezar a responder a estas preguntas, es importante entender el contexto, las causas y las posibles soluciones.

Por qué importan las palabras

Las personas que pasan hambre sufren, sea cual sea la etiqueta que se dé a su situación. Por desgracia, es más probable que los políticos actúen cuando hay una hambruna y la gente muere de inanición que ante el hambre que acompaña a la inseguridad alimentaria prolongada. Esto se debe a que las hambrunas acaparan los titulares, mientras que el hambre y la desnutrición crónica pasan desapercibidas para los medios. Sin embargo, podría decirse que la distinción es artificial y poco útil.

En 2004, los Socios mundiales de la Clasificación Integrada de las Fases de la Seguridad Alimentariapusieron en marcha una clasificación de la inseguridad alimentaria para su uso en Somalia. Tras probarse a escala internacional, las Naciones Unidas la adoptaron oficialmente. El nivel 5 de esta escala es la «catástrofe», y ahora se declaran hambrunas cuando se cumplen los criterios técnicos. Estos establecen que al menos uno de cada cinco hogares se enfrenta a una escasez extrema de alimentos, más del 30% de la población sufre malnutrición aguda (emaciación) y al menos dos personas por cada 10.000 mueren cada día.

En 2011 hubo una en Somalia y en febrero de 2017, otra en Sudán del Sur. La ONU es cautelosa al emplear el término «hambruna», pero, en teoría, los niveles 3 («crisis») y 4 («emergencia») de inseguridad alimentaria deberían desencadenar una acción urgente. Es frustrante que las palabras tengan tanta importancia y que los donantes sigan tardando en actuar.

Qué causa las hambrunas

Las causas de las hambrunas y de la inseguridad alimentaria son múltiples. En el pasado se las consideraba principalmente consecuencia de desastres naturales que reducen la producción de alimentos o interrumpen el comercio. Pero hacia finales del siglo XX quedó cada vez más claro que también influían mucho el fracaso de las instituciones, especialmente las políticas y económicas, y el deterioro de las costumbres tradicionales de apoyo mutuo.

Entre los síntomas de estos fenómenos figuran la mala gobernanza, los Estados fallidos, la corrupción y los mercados disfuncionales. Por tanto, no sorprende que los países afectados por hambrunas sufran, en distintos grados, uno o varios de estos problemas. Los niños que mueren de hambre en Yemen, Nigeria, Sudán del Sur y Somalia no son víctimas de la sequía. La causa actual de las hambrunas son los Estados disfuncionales, que en su forma más extrema se manifiestan en conflictos.

Aunque la política provoca hambrunas, los desastres naturales forman parte del contexto: reducen la producción de alimentos y ponen a prueba la resiliencia de las personas, los hogares y grupos sociales más amplios. Todos nos enfrentamos a la perspectiva del cambio climático, y la pregunta es si este contribuirá a agravar la inseguridad alimentaria de las personas pobres de África y Asia.

Se prevé que se desarrollen más entornos vulnerables como consecuencia del calentamiento global. Parece especialmente probable que esto ocurra en la región del monzón asiático y que la aridez se extienda por África y el Mediterráneo. Esto aumentará la vulnerabilidad de las personas que viven en países pobres y densamente poblados. A medida que los modelos climáticos se vuelven más sofisticados, el consenso es que este tipo de riesgo de hambruna aumentará en las próximas décadas.

De cara al futuro

Una estrategia crucial para prevenir las hambrunas consiste en invertir en ciencia para emitir alertas tempranas. El programa de seguimiento a gran escala más importante es la Red de Sistemas de Alerta Temprana contra la Hambruna, que ya opera en 34 países y utiliza análisis basados en pruebas de datos sobre zonas de subsistencia, clima, imágenes satelitales de sequías, precios de los alimentos y comercio.

Otra medida importante que se necesita es invertir en infraestructura y agricultura. Países como Bangladesh y Etiopía han salido de la grave inseguridad alimentaria al invertir en agricultura, mercados, carreteras y comunicaciones.

Otros países, como Botsuana, Namibia y Sudáfrica, están adoptando la política de «protección social», que ofrece apoyo regular y previsible —como seguros indexados al clima, programas de obras públicas, ayuda alimentaria de emergencia y gestión de reservas de seguridad— a las personas vulnerables antes de que se produzcan crisis que pueden desencadenar hambrunas, como conflictos civiles, malas cosechas, interrupciones del transporte o sequías.

Si los responsables de formular políticas no ponen en marcha estas u otras soluciones, la inseguridad alimentaria aguda y la desnutrición crónica persistirán mientras continúe la pobreza extrema, especialmente entre los grupos marginados de entornos desfavorecidos.

Sí, las hambrunas y la inseguridad alimentaria son fenómenos complejos, y resolverlos sin duda es difícil. Pero ahora sabemos que el hambre no es inevitable y que tenemos el deber moral de erradicarla cuanto antes. Lo único que falta es voluntad política.

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