La crisis de la COVID-19 ha dejado hasta 132 millones de personas adicionales que pasan hambre este año.
Incluso antes de la pandemia, una cuarta parte de los niños menores de cinco años sufría retraso del crecimiento por desnutrición.
La agricultura recibe escasa inversión en investigación, a pesar de su enorme potencial para mejorar las vidas y las economías.
Este año debería haber marcado un hito en la acción climática mundial, al trazar el camino hacia el cumplimiento del Acuerdo de París, incluida una producción de alimentos más sostenible.
Sin embargo, la pandemia de COVID-19 no solo ha aplazado negociaciones climáticas cruciales, sino que también ha supuesto un grave revés en la lucha contra el hambre y la malnutrición en el mundo, colocando la seguridad alimentaria en una posición precaria.
En medio de una emergencia climática, la crisis de la COVID-19 ha dejado hasta 132 millones de personas adicionales que pasan hambre este año, además de los 690 millones de personas ya subalimentadas en todo el mundo, entre ellas un cuarto de los niños menores de cinco años, que sufren retraso del crecimiento.
Cuanto antes abordemos el hambre en el mundo, menos costará a largo plazo, en términos económicos, sociales y ambientales. Un sistema alimentario que funcione, que ofrezca dietas saludables, nutritivas y asequibles, y medios de vida rurales dentro de los límites planetarios, sustenta los objetivos de «Una sola salud», un concepto que vincula la salud humana, animal y planetaria.
Pero, para desarrollar sistemas alimentarios más sostenibles, los gobiernos, las ONG, los socios donantes y el sector privado deben saber dónde y cuánto invertir, acelerar la financiación hacia donde es más vital y forjar alianzas sólidas para que ese cambio se produzca.
Hasta ahora, la inversión en investigación agrícola se ha quedado rezagada respecto a otros sectores, a pesar de su contribución a la salud humana y ambiental. Por ejemplo, en 2011, la inversión pública combinada en investigación agrícola en todo el mundo se estimó en 42.000 millones de dólares, mientras que ese mismo año solo Estados Unidos invirtió 36.000 millones de dólares en investigación y desarrollo sanitarios.
La necesidad de intervenciones más específicas mediante mecanismos de financiación como el Programa Mundial de Agricultura y Seguridad Alimentaria (GAFSP) se destaca en un nuevo informe de la asociación de investigación Ceres2030, que ofrece recomendaciones no solo sobre las intervenciones necesarias, sino también sobre la asignación de gasto para poner fin al hambre en el mundo.
El potencial es enorme. El CGIAR calcula que el retorno de la inversión en innovaciones agrícolas es de 10:1, lo que constituye un argumento empresarial convincente.
Precisamente por eso el CGIAR ha puesto en marcha un Centro sobre la COVID-19 en colaboración con la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, para ofrecer un recurso coordinado que identifique los avances y soluciones más prometedores que respalden los objetivos de recuperación tras la pandemia y de fortalecimiento de la resiliencia mundial a través de la agricultura.
En Bangladés, por ejemplo, los investigadores han proporcionado a los ministerios gubernamentales recomendaciones para mitigar la alteración de los sistemas alimentarios, y han realizado encuestas telefónicas a grupos vulnerables y a agentes de las cadenas de valor alimentarias para seguir de cerca las repercusiones y las necesidades.
Otro desafío es saber exactamente dónde canalizar la financiación. El informe de Ceres2030 presenta un plan detallado con costes para hacer frente a la inseguridad alimentaria, con el fin de orientar las inversiones hacia aquellas que marquen la mayor diferencia al menor coste.
Teniendo en cuenta los contextos regionales, el informe describe tres tipos principales de intervención para combatir la inseguridad alimentaria: financieras, de comportamiento y tecnológicas.
Una intervención de comportamiento, por ejemplo, podría consistir en informar a las familias sobre los beneficios nutricionales de cultivos biofortificados como la batata de pulpa anaranjada, que puede abordar las carencias de micronutrientes que sufren 29 millones de personas en el África subsahariana y reducir la incidencia del retraso del crecimiento y de la ceguera.
Al integrar los programas de mejora genética con estrategias de comercialización y educación nutricional para agricultores y consumidores, las familias rurales han incorporado a su dieta batata biofortificada, rica en vitamina A, para mejorar los niveles de salud y alcanzar su pleno potencial.
Aun así, todavía existen lagunas en el conocimiento, y necesitamos investigación agrícola para colmarlas. Ampliar este tipo de intervenciones requiere más investigación que vaya más allá de los alimentos básicos e incorpore a la dieta de las personas pobres una gama más diversa de alimentos saludables.
La investigación y el desarrollo a escala mundial no solo orientarán las intervenciones exitosas, sino que también reducirán al mínimo el coste para el medio ambiente.
Como ocurre en la salud pública, el hambre en el mundo solo puede combatirse atacando las causas y no los síntomas. Las inversiones con visión de futuro en investigación y desarrollo agrícolas, realizadas de forma sostenida y a intervalos regulares, han demostrado generar enormes beneficios para las comunidades vulnerables, así como para la prosperidad y la seguridad mundiales.
Los beneficios no son solo para las personas, sino también para el planeta. Las innovaciones del CGIAR en mitigación y adaptación al clima han demostrado que aumentar la productividad entre los pequeños agricultores y reforzar la seguridad alimentaria mundial puede tener efectos positivos en el medio ambiente.
El concepto de aldeas climáticamente inteligentes, por ejemplo, se está incorporando de forma generalizada en el sudeste asiático, ayudando a los pequeños agricultores a ser más productivos, a tener seguridad alimentaria y a ser más resilientes al cambio climático, al tiempo que mitigan los impactos ambientales.
El reto del hambre en el mundo es inseparable de la supervivencia del planeta: no se puede sacrificar una cosa en favor de la otra.
Pero con más financiación para la investigación y el desarrollo agrícolas, que son fundamentales, y con innovaciones listas para su adopción con el fin de combatir el hambre dentro de los límites de los recursos naturales, acabar con el hambre en el mundo no tiene por qué suponer un coste desorbitado para el planeta.



