¿Por qué es tan difícil predecir las tendencias bursátiles?

A man monitors stock prices inside a brokerage in Taipei September 6, 2011. Taiwan stocks fell 2.44 percent on Tuesday to a near three-week closing low, joining decline in regional bourses amid concern that Europe's sovereign debt troubles could trigger a second banking crisis. REUTERS/Pichi Chuang (TAIWAN - Tags: BUSINESS) - GM1E79615D701
Tense times.Image: REUTERS/Pichi Chuang
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Aunque la opinión convencional sostiene que nunca es posible «anticiparse al mercado», podría parecer que los grandes cambios —como la cuadruplicación del mercado bursátil estadounidense durante la última década— deberían ser previsibles, al menos en parte. ¿Por qué no lo son?

¿Deberíamos haber sabido en marzo de 2009 que el índice bursátil S&P 500 de Estados Unidos cuadruplicaría su valor en los diez años siguientes, o que el Nikkei 225 de Japón se triplicaría, seguido de cerca por el índice Hang Seng de Hong Kong? La opinión convencional es que nunca es posible «anticiparse al mercado». Pero podría parecer que movimientos tan grandes como estos debían haber sido previsibles, al menos en parte.

El problema es que nadie puede demostrar por qué se produjo un auge, ni siquiera después de ocurrido, y mucho menos explicar cómo podría haberse predicho. El auge estadounidense desde 2009 es un ejemplo de ello.

Al analizar el mercado bursátil estadounidense, es importante tener presente que sus participantes son, en su inmensa mayoría, inversores estadounidenses. Según un estudio del Gobierno de Estados Unidos publicado el año pasado, pese a cierto crecimiento entre 2009 y 2017, en 2017 los extranjeros seguían poseyendo apenas alrededor de una séptima parte del mercado bursátil estadounidense. Pero si todo el mundo siguiera los consejos de los asesores financieros y diversificara por completo sus inversiones, las personas de fuera de Estados Unidos, que el año pasado poseían más de dos tercios de la riqueza mundial también poseerían más de dos tercios del mercado bursátil estadounidense. El sesgo hacia el país de origen, o el patriotismo, es un factor importante en el mercado bursátil. Por eso, para entender la fortaleza del mercado bursátil estadounidense, debemos considerar cómo piensan sus participantes.

Parece que en Estados Unidos se reaccionó de forma exagerada ante una caída temporal de los beneficios. Los beneficios por acción del S&P 500 habían sido negativos —un hecho muy poco frecuente— en el cuarto trimestre de 2008, tanto según los «beneficios declarados» como los «beneficios operativos», y esas cifras apenas empezaban a conocerse hacia marzo de 2009, cuando el índice alcanzó su mínimo.

Podría pensarse que un observador perspicaz en Estados Unidos en 2009 habría reconocido que la caída era temporal y habría esperado que los beneficios —pertinentes para pronosticar el crecimiento a largo plazo de los precios de las acciones— se recuperaran. Pero la verdadera pregunta es si ese observador podría haber basado un pronóstico muy optimista del crecimiento de los beneficios a largo plazo en el repunte tras aquel momento de beneficios negativos. Ahora sabemos que las medidas del crecimiento de los beneficios a largo plazo no cambiaron mucho. El promedio de los beneficios por acción del S&P 500 durante diez años, de 2009 a 2019, aumentó apenas un 71 % respecto de la década anterior. Por tanto, la cuadruplicación del índice de precios del S&P 500 no se debió a mayores beneficios, sino a valoraciones mucho más elevadas de los beneficios .

Es cierto que los tipos de interés reales han bajado desde 2009, y que el rendimiento del valor del Tesoro estadounidense a diez años protegido contra la inflación fue del 0,8 % en febrero, frente al 1,71 % de marzo de 2009. Pero todo ese descenso se produjo antes de 2010 y no podía justificar ninguna de la fuerte tendencia alcista de los precios de las acciones desde entonces.

En 2009, algunas personas en Estados Unidos expresaban su temor con términos muy contundentes. Se decía que se avecinaba una «supernova financiera». Una búsqueda en ProQuest News & Newspapers de «derivados» y «armas financieras de destrucción masiva» (expresión atribuida a Warren Buffett) muestra que ambos términos aparecieron juntos por primera vez en 2003 y alcanzaron una gran popularidad en 2009, para luego caer casi en el olvido en 2018.

Quienes tuvieron la perspicacia suficiente para saber que los mercados de derivados no harían estallar la economía podrían haber sabido que cualquier lastre para el mercado causado por ese temor no podía prolongarse durante diez años. Pero es difícil cuantificar o defender públicamente un pronóstico basado en semejante perspicacia.

En aquel momento se hizo mucho hincapié en que, en general, los economistas no habían predicho la crisis financiera de 2008, lo que provocó cierta pérdida de confianza. En marzo de 2009, muchas personas temían que las acciones aún pudieran caer mucho más.

Bajo mi dirección, la Escuela de Administración de Yale recopila datos sobre las opiniones de inversores institucionales y particulares en Estados Unidos desde 1989. Una de las preguntas es: ¿Qué probabilidad cree que hay de que se produzca en los próximos seis meses un desplome catastrófico del mercado bursátil estadounidense, como los del 28 de octubre de 1929 o el 19 de octubre de 1987, incluido uno causado por el contagio financiero desde otros países? A principios de 2009, el porcentaje de personas que estimaban una probabilidad superior al 10 % alcanzó un máximo histórico (desde 1994).

Asimismo, los recuentos de ProQuest News & Newspapers sobre la frecuencia de la expresión «Gran Depresión» se dispararon hasta niveles sin precedentes. En 2009 hubo más menciones de la «Gran Depresión» que durante la propia Gran Depresión.

Pero luego, al no vislumbrarse ningún desplome bursátil ni una depresión extrema, esos temores fueron sustituidos por lo contrario: una admiración aún mayor por el éxito empresarial. Surgió un nuevo relato, protagonizado por una nueva generación de genios multimillonarios cuya irrupción en los años noventa solo fue interrumpida brevemente por la crisis financiera. La publicación en 2011 del libro más vendido, número uno, Steve Jobs, la biografía del fundador de Apple escrita por Walter Isaacson, es un ejemplo. Elon Musk ha despertado entusiasmo con empresas futuristas como el fabricante aeroespacial SpaceX y Neuralink, que desarrolla interfaces implantables entre el cerebro y las computadoras.

La llegada a la presidencia de Estados Unidos del extravagante empresario Donald Trump demuestra hasta qué punto muchos estadounidenses se identifican con los héroes empresariales. A partir de 2004, Trump dedicó gran parte de su tiempo a construir su imagen empresarial como estrella del programa de telerrealidad The Apprentice, y luego, desde 2008, The Celebrity Apprentice. Su campaña canalizó ese entusiasmo, y su promesa de «Hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande» apeló al optimismo de los inversores estadounidenses.

Así pues, la cuadruplicación de los precios de las acciones estadounidenses desde 2009, al igual que la elección de Trump, parece reflejar, al menos en parte, un proceso de atenuación del miedo y de renovado entusiasmo por la cultura empresarial estadounidense. Sin embargo, es difícil pronosticar tendencias bursátiles de este tipo, incluso las más importantes, no solo porque la previsión es una actividad muy competitiva, sino también porque la espontaneidad desempeña un papel muy importante en el comportamiento humano.

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