Toronto – En medio de un mar de noticias desalentadoras, asoma en el horizonte un titular esperanzador. Se prevé que las últimas cifras del Banco Mundial sobre las cuentas bancarias de las personas, que se publicarán la próxima primavera, muestren que ha aumentado el número de personas con cuentas en bancos u otras instituciones financieras formales.
La última vez que el Banco Mundial publicó su informe Global Findex, en abril de 2015, se estimaba que 700 millones de adultos, principalmente en países en desarrollo, habían obtenido acceso a servicios financieros durante los tres años anteriores. Esto supuso un aumento de más del 21% en el número mundial de personas «bancarizadas». Dado que un mayor acceso a los servicios financieros ayuda a abrir un camino para salir de la pobreza, cualquier incremento de este indicador es una señal positiva para el desarrollo humano.
Pero mi organización no cantará victoria cuando se publique el nuevo informe. Sean cuales sean los datos del Banco Mundial, la inclusión financiera universal de las personas más pobres del mundo sigue siendo una meta lejana.
Actualmente, unos dos mil millones de adultos siguen excluidos de los servicios financieros formales. Entre los obstáculos más persistentes que hay que superar están los requisitos excesivos de documentación, las elevadas comisiones de las cuentas, el acceso limitado a las sucursales bancarias y la percepción de que las instituciones financieras son «solo para los ricos».
En la Fundación Mastercard, estamos comprometidos a ayudar a eliminar estas barreras para las personas más pobres del mundo. Este mes, en Acra (Ghana), convocamos el quinto Simposio sobre Inclusión Financiera, que reunió a cientos de proveedores de servicios financieros, responsables de políticas, académicos y expertos en desarrollo para examinar cómo ampliar y profundizar la inclusión financiera.
Organizamos esta conferencia mundial desde 2013 y, cada año, surge una preocupación conocida: las instituciones financieras podrían centrarse más en las necesidades de sus clientes más pobres. Como los bancos a menudo no tienen en cuenta los comportamientos y las aspiraciones de los clientes pobres, no siempre ofrecen los productos y servicios que estos necesitan. Si cambiaran las prioridades del sector, se reducirían las barreras a la inclusión.
Revertir esta tendencia debería ser más fácil. Al fin y al cabo, cuando las personas prosperan, los bancos también. Las personas pobres tienden a ahorrar más cuando pueden acceder a cuentas bancarias o realizar pagos móviles. El ahorro trae consigo una mayor prosperidad general. A los niños les va mejor en la escuela cuando sus padres pueden pagar fácilmente las cuotas. Las mujeres adquieren más autonomía para emprender. Los hogares pobres pueden afrontar mejor las perturbaciones adversas, como la pérdida de cosechas, las enfermedades o los desastres naturales.
Los efectos positivos en cadena sobre la economía son evidentes. Con cuentas bancarias, los emprendedores incipientes pueden demostrar su solvencia y recurrir a prestamistas formales y responsables. Y con capital, las pequeñas empresas pueden crecer hasta convertirse en negocios más grandes y dar empleo a otras personas, especialmente a jóvenes.
La tecnología ha contribuido a cerrar la brecha en los últimos años. El éxito de las plataformas de pagos digitales, como la aplicación móvil M-Pesa en Kenia, demuestra la rapidez con que los clientes vulnerables adoptan y utilizan productos y servicios de bajo costo cuando se diseñan teniendo en cuenta las necesidades de los usuarios.
Además, las empresas de tecnología financiera de África y Asia están encontrando formas innovadoras de analizar los datos que generan las actividades de las personas pobres y utilizarlos para diseñar y ofrecer mejores servicios bancarios. También están surgiendo enfoques no tradicionales, como llegar a las personas pobres no bancarizadas a través de pequeños negocios independientes que ya utilizan y en los que confían.
Pero gran parte de la responsabilidad de la inclusión seguirá recayendo en las instituciones financieras. Un argumento que oigo con frecuencia es que el sector de los servicios financieros tiene aversión al riesgo. Dadas las obligaciones fiduciarias de los bancos con sus clientes, esto no es del todo malo. Sin embargo, los bancos y otras instituciones financieras deberían comprender que protegerse frente al riesgo es perfectamente compatible con atender a los clientes pobres.
Al ignorar las necesidades de las personas pobres, las instituciones financieras están pasando por alto un enorme mercado potencial. Para llegar a cientos de millones de nuevos clientes, las instituciones financieras del mundo solo tienen que ponerse, metafóricamente, en el lugar de una persona pobre. Así verían que nadie debería quedar excluido por suposiciones inexactas, obsoletas o injustas.
Hoy, más personas que nunca se benefician del acceso a servicios financieros modernos y responsables. Sin duda, los datos del Banco Mundial del próximo año reflejarán avances aún mayores. Pero, para lograr un mundo en el que nadie quede excluido, el sector debe situar las necesidades de los clientes pobres en el centro de sus estrategias empresariales. Solo entonces las buenas noticias sobre inclusión financiera serán excelentes.



