Hemos ganado mucho en lo material, pero esto es lo que hemos perdido

A staircase looking like a snail is pictured in a Munich building 'Haus der Bayrischen Wirtschaft' on February 14, 2012. REUTERS/Michaela Rehle (GERMANY - Tags: SOCIETY) - RTR2XTZ0
If so, what comes next?Image: REUTERS/Michaela Rehle
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De repente, el capitalismo muestra signos evidentes de enfermedad. El virus del socialismo ha resurgido y vuelve a infectar a los jóvenes. Las mentes más sensatas, que respetan los logros pasados del capitalismo, quieren salvarlo y han propuesto diagnósticos y remedios. Pero sus propuestas a veces coinciden con las de quienes quieren derribar el sistema, lo que hace absurdas las distinciones tradicionales entre izquierda y derecha.

Afortunadamente, Raghuram G. Rajan, exgobernador del Banco de la Reserva de la India y profesor de la Escuela de Negocios Booth de la Universidad de Chicago, aplica sus incomparables conocimientos y experiencia al problema. En su nuevo libro,El tercer pilar: cómo los mercados y el Estado dejan atrás a la comunidad, sostiene que el cáncer que aqueja al capitalismo contemporáneo no es el fracaso ni del “Leviatán” (el Estado) ni del “Behemoth” (el mercado), sino de la comunidad, que ya no sirve como contrapeso frente a ninguno de los dos monstruos. Por ello, Rajan propone un “localismo inclusivo” para reconstruir comunidades capaces de dar a las personas autorrespeto, estatus y sentido.

El libro de Rajan, al igual que el del economista de la Universidad de Oxford Paul Collier, El futuro del capitalismo, forma parte de un género de críticas formuladas por los amigos del capitalismo que crece con rapidez. Rajan es un defensor del capitalismo que ha aceptado que ya no funciona en interés del bien social y que debe volver a someterse a control.

El tercer pilar ofrece un profundo contexto histórico para explicar el momento actual, pero es más convincente cuando repasa los acontecimientos posteriores a la Segunda Guerra Mundial para explicar por qué todo empezó a desmoronarse hacia 1970. Hasta entonces, el mundo se había dedicado a recuperarse y reconstruirse, y el crecimiento económico se había visto impulsado por la adopción de tecnologías de vanguardia mediante la inversión de reposición.

Pero el crecimiento tendencial se ha desacelerado desde 1970, lo que explica muchas de nuestras dificultades actuales. Mientras tanto, los gobiernos no han sabido cómo abordar la desaceleración, salvo prometer la restauración del perdido paraíso de la posguerra. En la mayoría de los casos, eso ha significado más endeudamiento. Y en Europa, las élites han perseguido la unificación continental con el gran objetivo de poner fin a los episodios recurrentes de carnicería. Sin embargo, en su prisa por asegurar los evidentes beneficios de la integración, olvidaron llevar consigo a sus ciudadanos. Desde entonces han aprendido que, tras la soberbia llega la némesis.

El éxito de la socialdemocracia en la era de posguerra debilitó el poder del mercado para actuar como factor moderador del Estado. Según Rajan, estos actores debilitados, tanto en Europa como en Estados Unidos, no estaban en condiciones de afrontar la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) a la que estaban a punto de enfrentarse, dejando a la gente corriente la tarea de hacer frente sola a las amenazas. En lugar de ayudar a sus trabajadores a gestionar la disrupción, las empresas la empeoraron al aprovechar la vulnerabilidad de sus empleados para enriquecer a sus accionistas y directivos.

¡Y qué bien se enriquecieron! Con unos ingresos medios de los hogares en gran medida estancados y una proporción creciente de la riqueza en manos de los ricos, el capitalismo se volvió manifiestamente injusto y perdió su apoyo popular. Para gestionar a sus oponentes, Behemoth recurrió a Leviatán en busca de protección, sin darse cuenta de que un Leviatán populista de derechas acaba devorando a Behemoth.

Hay dos puntos de la historia de Rajan que deben subrayarse. En primer lugar, la desaceleración del crecimiento es una causa clave, aunque de baja frecuencia, de la angustia social y económica actual. En segundo lugar, las consecuencias desafortunadas de la revolución de las TIC no son propiedades inherentes al cambio tecnológico. Más bien, como señala Rajan, reflejan un “fallo del Estado y de los mercados para regular los mercados.” Aunque Rajan no lo subraya, este segundo punto nos da motivos para la esperanza. Significa que las TIC no tienen por qué condenarnos a un futuro sin empleo; una política esclarecida todavía tiene un papel que desempeñar.

El relato de Rajan sobre la mala conducta corporativa está muy bien contado y resulta aún más eficaz viniendo de un profesor de una prestigiosa escuela de negocios. Desde el principio, la doctrina casi absolutista de la primacía del accionista ha servido para proteger a los directivos a expensas de los empleados, y sus efectos perniciosos se han agravado por la práctica de pagar a los directivos en acciones.

En El futuro del capitalismo, Collier ofrece un relato paralelo desde Gran Bretaña, contando la historia de la empresa británica más admirada de su infancia (y de la mía), Imperial Chemical Industries. Al crecer, todos esperábamos algún día trabajar en ICI, cuya misión era “ser la mejor empresa química del mundo”. Pero en los años noventa, ICI modificó su objetivo principal al adoptar el valor para el accionista. Y, según relata Collier, ese único cambio destruyó la empresa.

¿Y qué ocurre con la comunidad? Estados Unidos fue en su día líder mundial en educación pública, con escuelas locales donde niños de todos los talentos y procedencias económicas aprendían juntos. Y cuando la educación primaria dejó de ser suficiente, las comunidades empezaron a ofrecer acceso a la secundaria para todos.

Hoy, sin embargo, cuando un título universitario es un requisito para el éxito, los niños más talentosos cursan sus estudios lejos de la comunidad, segregándose finalmente en ciudades de crecimiento rápido de las que los menos talentosos quedan excluidos por el alto coste de la vida. Instalados en sus relucientes claustros, quienes triunfan forman una meritocracia en la que sus hijos —y casi exclusivamente sus hijos— prosperan.

Collier cuenta la misma historia para Gran Bretaña, donde el talento y la proporción de la renta nacional se concentran cada vez más en Londres, dejando atrás comunidades devastadas y enfadadas. Sin embargo, como indica Janan Ganesh, del Financial Times señala: estas élites metropolitanas se ven ahora “encadenadas a un cadáver”.

Por su parte, Rajan considera que la meritocracia es un producto de la revolución de las TIC. Pero sospecho que es más antigua. Al fin y al cabo, el sociólogo británico Michael Young publicó su profética distopía, El auge de la meritocracia, en 1958. Efectivamente, Collier y yo somos de los primeros meritócratas británicos. Y, tal como predijo Young, nuestra generación quebró el sistema para las siguientes, mientras seguíamos ensalzando sus virtudes. En Escocia, donde crecí, el talento local, los intelectuales, escritores, historiadores y artistas han ido en busca de horizontes más amplios o simplemente han renunciado a competir con las superestrellas del mercado de masas. Por ello, somos más pobres.

Como Rajan, creo que la comunidad es víctima de la captura de los mercados y del Estado por parte de una minoría de élite. Pero, a diferencia de él, dudo que las comunidades locales más fuertes o una política de localismo (inclusivo o no) puedan curar los males que nos aquejan. El genio de la meritocracia no puede volver a meterse en la botella.

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