Para comprender y maximizar el valor económico del carbono, es necesario fijarle el precio adecuado y someterlo a normas universales de alcance mundial.
Una fijación eficaz del precio del carbono puede propiciar nuevos modelos de negocio y gestionar con mayor eficacia el riesgo de inversión.
Para valorar correctamente el carbono, es fundamental pensar en términos de ecosistemas, en lugar de sistemas centrados en intereses propios (una mentalidad enfocada únicamente en las empresas).
El dióxido de carbono (CO2) es clave para mantener el equilibrio natural de la Tierra. Pero hoy, los niveles de dióxido de carbono son más altos que en cualquier otro momento de los últimos 800.000 años. Los expertos reconocen el exceso que producimos actualmente de este compuesto transparente y fundamental, pero los gobiernos, las empresas y la ciudadanía suelen comparar cifras obsoletas con un contexto muy distinto.
Ha llegado el momento de cuestionar lo que creemos saber sobre el dióxido de carbono, y la tecnología puede ayudarnos a lograrlo. Después, los gobiernos pueden apoyarse en marcos sólidos y armonizados a escala mundial que ayuden a transformar las empresas para que sean más sostenibles, de modo que juntos podamos evitar que la Tierra se precipite hacia el desastre.
A lo largo de 2021, el Foro Económico Mundial organizó un diálogo entre múltiples partes interesadas para impulsar una comprensión colectiva del valor económico, social y ambiental neto que aportan las distintas formas de carbono. Este artículo forma parte de una serie que presenta elementos clave de un posible modelo de valoración, una narrativa mejorada sobre el carbono y oportunidades para una posible acción colectiva.
Fijación mundial del precio del carbono
Desde hace décadas, políticos y expertos reclaman un «precio del carbono» (el coste de una tonelada de dióxido de carbono emitida, un aspecto que suele quedar relegado en los debates sobre sostenibilidad). Actualmente, este precio oscila entre menos de 1 $/tCO2e y más de 140 $/tCO2e. Sin embargo, las multas siguen siendo modestas, y algunos de los países que más emisiones generan ni siquiera fijan un precio al carbono.
Una de las formas de fijar un precio al carbono es mediante sistemas de comercio de emisiones.
Para gestionar las emisiones de CO2, la Unión Europea introdujo en 2005 el sistema de límites máximos y comercio de emisiones, que establece un límite a la cantidad total de CO2 que pueden emitir las industrias. Las empresas deben tener un permiso de emisión por cada tonelada de CO2 que emitan durante un año natural.
Actualmente, hay más de 40 sistemas de comercio de emisiones en todo el mundo, en numerosas jurisdicciones nacionales y subnacionales. Para una empresa internacional, gestionar tal complejidad resulta difícil y frustrante.
Sin una norma universal, el desafío de la descarbonización seguirá tratándose como un asunto regional, aunque sus consecuencias sean mundiales. Por eso, la normalización es clave para informar eficazmente sobre las emisiones y comerciar con ellas más allá de las fronteras.
El comercio de emisiones ya era un tema candente en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2018 (COP24) y volvió a surgir este año en la COP26. Aunque las partes llegaron a un acuerdo de última hora para comerciar con emisiones mediante acuerdos bilaterales supervisados en un mercado de las Naciones Unidas, sigue pendiente la cuestión de cuándo se producirá una participación colectiva en la fijación del precio de las emisiones de carbono.
Modelos de negocio disruptivos basados en el carbono
La fijación del precio del carbono ofrece grandes posibilidades para combatir el cambio climático y podría reorientar las inversiones hacia tecnologías limpias. Reunir datos sobre los insumos de CO2 a lo largo de la producción y las operaciones en todos los niveles de una empresa es la base de la fijación del precio del carbono. Muchas empresas se han sumado a los esfuerzos de sostenibilidad y están encontrando formas innovadoras de comprender, medir y reducir su huella de carbono.
Entre los resultados figuran la transición a los vehículos eléctricos y el desarrollo de motores de combustión neutros en carbono que funcionan con combustibles basados en carbono, ya sea emitido o extraído de la atmósfera.
La tecnología basada en el carbono podría acelerar, en relativamente poco tiempo, la llegada de vehículos con cero emisiones netas. En lugar de emitir dióxido de carbono nuevo y pagar por ello, ya sea comprando permisos o invirtiendo en medidas de compensación, se puede obtener carbono de la atmósfera, convertirlo en combustible con cero emisiones netas y venderlo a industrias y clientes. La industria automotriz podría aprovechar esta transición para mejorar sus investigaciones sobre la producción de vehículos eléctricos con cero emisiones netas, algo que, según las estimaciones actuales, será posible para 2050.
Muchas empresas se han dado cuenta de que pueden alcanzar mejor sus objetivos de sostenibilidad en una red de valor que por sí solas.
Pedro Ahlers, arquitecto de innovación en sostenibilidad, SAP
El riesgo climático es riesgo de inversión
Hoy, a los inversores les cuesta justificar las inversiones sostenibles porque la información que se presenta actualmente aún no ofrece suficiente claridad. Aunque se están elaborando normas para dar más transparencia a un mercado fragmentado, un marco intersectorial y armonizado a escala mundial podría impulsar la transformación. Hay mucho dinero disponible para financiar este cambio profundo; la única pregunta es cuál es la inversión más prometedora para abordar las emisiones de carbono.
Tradicionalmente, las empresas han sido opacas y reacias a divulgar sus parámetros de eficiencia, pues consideran que esa información les da una ventaja competitiva. Sin embargo, se está pasando de centrarse exclusivamente en los indicadores clave de rendimiento financieros para la planificación, la gestión y la presentación de informes a incluir métricas de sostenibilidad en las evaluaciones del desempeño. Además, muchas empresas se han dado cuenta de que pueden alcanzar mejor sus objetivos de sostenibilidad en una red de valor que por sí solas.
Por eso vemos cómo se forman numerosas alianzas en industrias y mercados de todo el mundo para intercambiar prácticas de sostenibilidad y, en particular, para reducir las emisiones de carbono y comerciar con ellas. Los líderes del sector unen fuerzas, afrontan el desafío y revisan las condiciones operativas que han regido su actividad durante décadas.
Sin embargo, hacen falta más esfuerzos. Los gobiernos deben crear ciertas condiciones para que las empresas avancen hacia el desarrollo sostenible y dejen de trabajar aisladas. La falta de normas deja a las empresas a merced del mercado para dar a conocer su valor, mientras algunas se aprovechan de ámbitos sin regulación y venden a precios bajos.
De los sistemas centrados en intereses propios a los ecosistemas
Como la sostenibilidad no se detiene en las fronteras nacionales, los esfuerzos deben globalizarse, pero interpretar reglas que cambian constantemente dificulta un enfoque mundial. La Organización Internacional de Normalización ha adoptado protocolos y acuerdos internacionales que pueden ser útiles en ciertos casos, pero no ofrecen el mercado globalizado para el desarrollo sostenible que buscan las empresas.
A pesar de lo que sabemos sobre el cambio climático y el impacto de las emisiones de carbono, muchas empresas aún no han actualizado sus modelos de negocio ni su mentalidad de «sistema centrado en intereses propios». La tecnología puede acelerar el desafío de lograr que las empresas sean sostenibles, pero no es la única respuesta cuando el 40 % de las emisiones se debe a nuestra forma de vivir y producir.
Aunque podemos culpar a las empresas y a otros por no asumir su responsabilidad frente al cambio climático, es probable que la respuesta y el impacto lleguen antes si los gobiernos, las empresas y la ciudadanía trabajan como un ecosistema y cada cual contribuye con normas y demanda para fijar correctamente el precio del carbono.



