Los pagos transfronterizos encuentran fricciones al atravesar un mosaico de normas nacionales que regulan el cumplimiento, el tratamiento de datos y la gestión de riesgos.
Antes de la creación de la OACI, la aviación también se enfrentaba a una fragmentación similar en los mercados mundiales, lo que la hacía más lenta, más costosa y más arriesgada.
Los pagos requieren una coordinación transfronteriza similar que preserve el control nacional y, al mismo tiempo, permita el movimiento global, de forma parecida a las normas del sector aéreo.
Imagine cómo sería el transporte aéreo si cada país estableciera sus propias normas, sin estándares compartidos, sin reconocimiento mutuo y sin coordinación global.
Una aeronave aprobada en un país podría quedar en tierra en otro. Los pilotos necesitarían nuevas certificaciones antes de entrar en cada espacio aéreo. Los sistemas de control del tráfico aéreo podrían no comunicarse entre sí, lo que obligaría a una intervención manual constante. Volar seguiría siendo posible, pero de forma más lenta, más arriesgada, más costosa y mucho menos accesible.
Ese mundo, hipotético en el caso de la aviación, es una realidad muy palpable para los pagos transfronterizos.
Sistema global de pagos transfronterizos fragmentado
Cuando el dinero cruza fronteras, no viaja por un único sistema global. En cambio, circula por un mosaico de normas nacionales que regulan el cumplimiento, el tratamiento de datos y la gestión de riesgos.
Un pago de Estados Unidos al sudeste asiático puede pasar por varios intermediarios. En cada etapa, se reevalúa conforme a los requisitos locales. Una discrepancia menor, como una variación en un nombre, puede provocar retrasos, reparaciones manuales o incluso el rechazo de la operación. Lo que debería ser una transacción sencilla se vuelve innecesariamente compleja.
Un único pago transfronterizo puede implicar múltiples controles contra el blanqueo de capitales, validaciones reiteradas de conocimiento del cliente (KYC), filtrado de sanciones y normas de localización de datos contradictorias. Cada capa es necesaria por separado. En conjunto, generan redundancia, incoherencia y costes.
Esta fragmentación tiene consecuencias importantes. Los pagos transfronterizos siguen siendo considerablemente más caros que los nacionales, debido no solo a las limitaciones de infraestructura, sino también a la duplicación de los controles de cumplimiento y a la divergencia regulatoria.
En última instancia, esos costes los asumen los usuarios finales. Los trabajadores migrantes pierden una parte significativa de las remesas en comisiones. Las pequeñas empresas se enfrentan a mayores barreras para el comercio internacional. Las instituciones financieras desvían recursos hacia la gestión de la complejidad en lugar de mejorar los servicios.
Mientras tanto, los proveedores de pagos más pequeños, en particular las fintech, tienen dificultades para crecer a escala mundial, porque navegar por decenas de regímenes regulatorios exige capacidades que solo las grandes instituciones pueden sostener.
Por qué los pagos necesitan un «momento OACI»
La aviación se enfrentó en su día a un desafío similar. En sus primeros años, el transporte aéreo mundial estaba fragmentado, y cada país aplicaba sus propias normas de seguridad, certificación y operaciones. Los vuelos internacionales eran posibles, pero cada cruce de frontera añadía fricciones.
Esto cambió en 1944 con la creación de un organismo especializado de las Naciones Unidas, la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI). La OACI no eliminó la supervisión nacional ni sustituyó a los reguladores locales. En cambio, armonizó la forma en que se definían y aplicaban las normas, creando así estándares comunes, permitiendo el reconocimiento mutuo y estableciendo protocolos compartidos.
Como resultado, un avión puede volar de Nueva York a Londres y luego a Tokio sin tener que volver a acreditar su aeronavegabilidad en cada escala. La autoridad nacional se mantiene intacta, pero el sistema funciona como un conjunto coordinado.
Los pagos transfronterizos nunca han vivido un momento de alineación similar. Los pagos pueden atravesar múltiples jurisdicciones, pero en cada punto se tratan, en la práctica, como transacciones nuevas. Los controles de cumplimiento se repiten, el riesgo se vuelve a evaluar, los datos se reformatean y las normas se reinterpretan.
Existen estándares, pero su aplicación varía. Se exige cumplimiento, pero rara vez se reconoce mutuamente. Incluso avances como el estándar ISO 20022 de mensajería financiera o los enlaces de pagos regionales siguen funcionando dentro de un entorno regulatorio fragmentado.
En efecto, los pagos transfronterizos actuales se parecen a la aviación anterior a los marcos globales compartidos: funcionales, pero lastrados por fricciones en cada transferencia.
Cuestiones de pago que el sector puede abordar ahora
Parte de esta fricción puede reducirse mediante acciones impulsadas por el sector. La innovación a nivel de infraestructura ya está mejorando la eficiencia de la liquidez y reduciendo la complejidad operativa.
En determinados modelos, los activos digitales, incluidos los depósitos tokenizados o las stablecoins reguladas, pueden favorecer una gestión de la liquidez más eficiente, lo que ayuda a reducir la necesidad de cuentas prefinanciadas y saldos inactivos a lo largo del ciclo de vida del pago.
Esto no elimina las necesidades de liquidez, especialmente en un entorno en tiempo real, pero, cuando existen la estructura de mercado y los controles necesarios, puede mejorar la velocidad, el coste y la transparencia.
La fricción también se debe al número de intermediarios que intervienen en una transacción típica. Cada salto adicional añade coste, retraso y opacidad, y puede introducir interpretaciones de riesgo divergentes. Una participación más directa en los sistemas de pago nacionales y de última milla, o la conexión a ellos —por ejemplo, mediante el acceso directo a esquemas o a sistemas de compensación—, puede reducir los saltos y mejorar la fiabilidad y el rendimiento.
Este es el enfoque que está adoptando Mastercard Move en la actualidad. Al conectarse directamente con los esquemas de pago locales y con socios de confianza, reduce el número de intermediarios y ofrece mayor rapidez y previsibilidad, lo que da a remitentes y destinatarios claridad sobre los plazos y los importes finales. Las stablecoins reguladas también se aplican, cuando procede, para la prefinanciación, la liquidación y los pagos.
Más allá de la liquidez y la conectividad, los datos siguen siendo una gran oportunidad. La adopción más amplia de ISO 20022 es esencial, pero solo resulta eficaz si la práctica de mercado está alineada de extremo a extremo. El uso coherente de datos estructurados —sobre las partes, las direcciones, la finalidad y la información de remesa— reduce los errores, las investigaciones y los retrasos.
Otra ganancia importante está en reducir el «fallo evitable». Los servicios de prevalidación, la gestión normalizada de excepciones y el seguimiento compartido de extremo a extremo pueden evitar errores antes de que se envíen los pagos y facilitar la resolución de incidencias cuando se producen. En conjunto, estas mejoras permiten resolver las incidencias más rápidamente y obtener resultados más previsibles para los usuarios finales.
Reducir la fricción en los pagos transfronterizos
Aunque estos avances mejoran la eficiencia, no resuelven la fragmentación subyacente del sistema. Incluso los flujos de pago más optimizados deben seguir cumpliendo múltiples regímenes regulatorios, aplicados cada uno de forma independiente. Afrontar ese desafío exige coordinación entre actores públicos y privados.
La Hoja de ruta del G20 para los pagos transfronterizos se puso en marcha para movilizar la acción del sector público y privado en torno a un objetivo sencillo: hacer que los pagos transfronterizos sean más baratos, más rápidos, más transparentes y más accesibles. Ha contribuido a generar enfoque y responsabilidad. Sin embargo, los avances siguen siendo desiguales, lo que recuerda que la tecnología solo puede llegar hasta cierto punto sin una mayor coherencia en la aplicación de normas y requisitos a través de las fronteras.
Al mismo tiempo, los responsables políticos otorgan cada vez más importancia a la creación de infraestructuras de pago resilientes, seguras y gobernadas a nivel nacional. Estas prioridades son legítimas y los sistemas locales son esenciales. El reto es que, cuando los enfoques nacionales evolucionan sin tener en cuenta la interoperabilidad, pueden añadir fricciones involuntarias en la frontera, reforzando la fragmentación en lugar de reducirla.
Con el tiempo, esta fragmentación eleva los costes, limita las opciones y hace que los pagos transfronterizos sean más difíciles, y no más fáciles, para particulares y empresas.
La aviación ofrece un paralelismo útil. El transporte aéreo mundial creció no solo mediante sistemas de carácter exclusivamente nacional, sino gracias a estándares comunes y al reconocimiento mutuo, superpuestos a la supervisión nacional. Los pagos se enfrentan a una elección similar: una coordinación que preserve el control nacional y permita al mismo tiempo el movimiento global, o una fragmentación que convierta cada frontera en un punto de reinicio.
Un camino más duradero sería un marco neutral y de orientación global que aporte mayor coherencia a la forma en que se gobiernan los pagos transfronterizos: un «momento OACI» para los pagos.
Ese momento no exigiría nuevas autoridades ni un alejamiento de la supervisión nacional. Requeriría algo más pragmático: estándares comunes, reconocimiento mutuo allí donde los riesgos ya estén abordados y enfoques coherentes que permitan a la innovación escalar los pagos entre fronteras de forma segura y sin fisuras.



