La inflación en Japón es la más baja entre las principales economías: el índice de precios al consumidor subió un 2,8 % en agosto, frente al 8,3 % en Estados Unidos y el 9,1 % en la UE.
Esto se debe a que el Banco de Japón ha seguido aplicando una política de flexibilización monetaria a gran escala.
Pero, con los salarios estancados, los consumidores japoneses seguirán sintiendo la presión del aumento de los precios.
El Banco de Japón (BOJ) ha decidido mantener su política de flexibilización monetaria en medio de la aceleración de la inflación mundial. La inflación en Japón es la más baja entre las principales economías: el índice de precios al consumidor (IPC) subió un 2,8 % en agosto, frente al 8,3 % en Estados Unidos y el 9,1 % en la UE. Aun así, los costos de infraestructura, como las tarifas de electricidad y gas, han aumentado más de un 20 %, y los precios de los alimentos han subido alrededor de un 10 %. Esto ha sido un gran impacto para la población japonesa, ya que el país no había experimentado alzas de precios en décadas.
La brecha entre las tasas de interés de Japón y las de Occidente se está ampliando. La principal causa es la diferencia entre la postura de política monetaria del BOJ, que sigue aplicando una flexibilización monetaria a gran escala, y la de los bancos centrales occidentales, que se apresuran a endurecer la política monetaria para frenar la inflación récord. El BOJ es ahora el único banco central importante del mundo con una política de tasas de interés negativas, y ha declarado que, por el momento, no las subirá.
La persistente baja tasa de inflación de Japón se debe en gran medida a su política económica. Entre 2013 y 2018, durante el segundo Gobierno de Abe y su política económica «Abenomics», la base monetaria se amplió rápidamente mediante una flexibilización cuantitativa y cualitativa. Haruhiko Kuroda, gobernador del BOJ, introdujo esta medida como una de las tres «flechas de política» en las que se basaba Abenomics. Su objetivo era salir del prolongado periodo de fortaleza del yen y recesión deflacionaria que había estancado la economía japonesa desde 1993 hasta alrededor de 2013.

Sin embargo, esta política no aumentó de forma apreciable la masa monetaria. Hasta octubre de 2018, la tasa media de crecimiento del PIB de la economía japonesa fue del 0,9 % en términos reales. En la práctica, las políticas allanaron el camino a las grandes empresas exportadoras y a los más ricos, mientras mantenían bajos los salarios y aumentaban el impuesto al consumo. Así pues, hubo cierta recuperación económica, pero sin un aumento real de los ingresos de los hogares. Esto ha reforzado el débil crecimiento del consumo privado y el estancamiento económico, y se considera una de las razones del moderado aumento de los precios.
Desde la propagación de la COVID-19, el Gobierno japonés ha gastado una enorme cantidad de dinero, pero solo una pequeña parte se ha destinado a apoyar a los hogares. Esto parece ser otra razón por la que los precios no han subido tanto como en otros lugares.
Como es poco probable que los salarios suban en Japón, sigue siendo bajo el riesgo de turbulencias económicas debido a una inflación grave provocada por espirales de salarios y precios, como en Estados Unidos y Europa. Por otro lado, se prevén aumentos de precios durante el año para un total acumulado de más de 20.000 productos alimentarios y, como los ingresos no crecen, la carga para los hogares es considerable incluso con la tasa de inflación actualmente baja.
Los salarios medios en Japón prácticamente no han cambiado en los últimos 30 años. Según los datos mundiales sobre salarios medios publicados por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el ingreso anual medio de Japón ocupa el puesto 24 de 35 países y es el segundo más bajo entre los países del G7.
Sin señales de que la inflación mundial vaya a terminar y con muchos consumidores en Japón sintiendo la presión del aumento de los precios mientras sus salarios no suben, urge tomar medidas para superar estas dificultades.



