Debemos mirar más allá del PIB para contrarrestar el populismo. He aquí por qué

People make their way through snow in New York's Times Square, February 8, 2013. A blizzard slammed into the northeastern United States on Friday, snarling traffic, disrupting thousands of flights and prompting five governors to declare states of emergency in the face of a fearsome snowstorm. REUTERS/Keith Bedford (UNITED STATES - Tags: ENVIRONMENT TPX IMAGES OF THE DAY) - RTR3DIUQ
GDP is not always the best indicator for quality of life.Image: REUTERS/Keith Bedford
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La elección de Donald Trump pudo ser un jarro de agua fría, pero era de esperar en un mundo cada vez más frustrado con una economía globalizada obsesionada con los beneficios. No solo se han perdido empleos y han aumentado las desigualdades, sino que la explotación de los recursos naturales y los conflictos que alimenta han desencadenado un éxodo masivo de refugiados y migrantes económicos. Estos acontecimientos amenazan con desgarrar sociedades enteras. La riqueza se ha acumulado en la cúspide, en cada vez menos manos, mientras que quienes están en la base de la pirámide luchan por las migajas.

En este contexto, la promesa de Trump de proteccionismo ha atraído a muchas personas marginadas por la globalización neoliberal. La paradoja es que el propio Trump es un acérrimo capitalista que se ha beneficiado enormemente de la economía globalizada a la que afirma oponerse.

Aunque los sentimientos populares que dieron lugar a Trump son comprensibles, las soluciones propuestas perjudican precisamente a las personas cuyos intereses dicen defender. Sí, debemos cuestionar la globalización económica, pero no para levantar muros y segregar sociedades. Al contrario, necesitamos más integración y cooperación. Necesitamos un sistema que iguale las condiciones entre las grandes empresas que se benefician de la globalización y las numerosas pequeñas empresas y los trabajadores que han salido perdiendo. En suma, necesitamos un nuevo sistema económico que persiga el bienestar social en lugar del crecimiento.

Por qué debemos ir más allá del crecimiento

En mi nuevo libro, El mundo después del PIB: economía, política y relaciones internacionales en la era poscrecimiento, sostengo que este cambio solo es posible si reconocemos que nuestra obsesión por el crecimiento económico mundial es la fuente de muchas de las tensiones a las que se enfrentan las sociedades.

Nuestro modelo de crecimiento, representado por el producto interno bruto (PIB), ha presentado los mercados globalizados como el motor de la prosperidad. También ha impulsado el aumento de la producción a cualquier precio. Como resultado, las cadenas de valor industriales se han trasladado al Lejano Oriente, donde las empresas se aprovechan de una mano de obra local más barata. Esto ha generado resentimiento entre los trabajadores de otras regiones y ha provocado una enorme degradación ecológica en estas supuestas «economías emergentes».

Además, Wall Street se ha vuelto tan poderoso porque el crecimiento nos lleva a creer que los mercados financieros son los más indicados para asignar recursos y crear riqueza. El colapso de 2008 fue una llamada de atención. Pero, al parecer, no fue lo bastante fuerte, si tenemos en cuenta que tanto el expresidente estadounidense Barack Obama como Trump han llenado sus gobiernos de banqueros de inversión.

La búsqueda del crecimiento ha destruido sistemas económicos informales que son una red de seguridad esencial para muchas personas, y los ha sustituido por actividades de mercado formales que benefician a unos pocos. Ha creado incentivos para las economías de escala, lo que ha llevado a la supremacía de las grandes empresas a expensas de las pequeñas. También ha favorecido la competencia frente a la cooperación, ha presentado la explotación de la naturaleza como progreso y ha reducido a los ciudadanos a meros consumidores.

También hemos visto esta locura en África, donde el lema «África en ascenso» se ha utilizado como excusa para acelerar la explotación de las personas y la naturaleza, presentándola al mismo tiempo como una historia de desarrollo exitoso.

La promesa de un mundo pos-PIB

La buena noticia es que la comunidad internacional está dispuesta a adoptar una idea de prosperidad que vaya más allá del PIB. Creo que tenemos aquí una oportunidad crucial para dar un vuelco a la economía mundial.

Diversas instituciones han pedido un cambio, desde la ONU hasta el Foro Económico Mundial y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos: adoptar una nueva definición de prosperidad. Esto supone centrarse en la inclusión y la sostenibilidad, recompensar a los países y las empresas que mejoran el bienestar y penalizar a quienes lo socavan (a menudo porque están enganchados al crecimiento). Además, los Objetivos de Desarrollo Sostenible pueden ofrecer el punto de partida tan necesario para cambiar las reglas del juego.

En efecto, cuando se tienen en cuenta los costos sociales y ambientales del crecimiento, surge una imagen del desarrollo completamente distinta. Pensemos en India y China, las dos estrellas ascendentes de la ideología del crecimiento. Se prevé que gasten cientos de miles de millones de dólares al año para hacer frente a las crisis generadas por la contaminación y la desigualdad social. El PIB pasa por alto cómodamente estos costos, pero son reales y cuantiosos.

A escala mundial, muchas grandes industrias distan mucho de ser eficientes o incluso rentables. Un estudio auspiciado por la ONU muestra que algunas de las mayores empresas multinacionales, desde las del sector de los combustibles fósiles hasta las mineras y las de producción intensiva de alimentos, causan más daño a la sociedad y al medio ambiente que los ingresos que generan. Puede que sean buenas para el crecimiento (sobre todo el de sus bolsillos), pero no para el bienestar.

Con un marco que vaya más allá del PIB, resulta evidente que el comercio mundial acarrea más costos que beneficios por su impacto en el medio ambiente y la sociedad. Deberíamos impulsar, en cambio, sistemas comerciales regionales —dentro de los países y entre fronteras— que empoderen a las comunidades para construir economías locales equitativas y sostenibles. Las energías renovables se convierten en una opción evidente por ser rentables, baratas y empoderadoras. El petróleo y el carbón quedan al descubierto como fuentes claramente ineficientes, costosas y perjudiciales.

Una estrategia poscrecimiento pondría a las personas y sus ecosistemas en el centro de la política de desarrollo. Esto contribuiría a construir una economía diferente desde abajo. Entre sus resultados estarían la creación de empleos dignos, el impulso de la integración regional y de las alianzas transfronterizas entre pequeñas empresas, así como el apoyo a las familias y las comunidades. Al ir más allá del crecimiento, podemos responder a la demanda de cambio de muchas personas. Y podemos escapar de las soluciones anacrónicas y peligrosamente simplistas que representa Trump.

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