El mundo se está globalizando cada vez más. Más que nunca, las personas deciden activamente dónde vivir, dónde estudiar y dónde trabajar. A veces lo hacen por necesidad y otras, por elección. Pero la apertura del mundo gracias a la tecnología y a otros factores, como una regulación más sencilla, significa que no tenemos que quedarnos dentro de las fronteras del país en el que nacimos. Incluso es posible ser residente electrónico de un paíse-Residente de un país.
Ser «ciudadano global» ya no está reservado a la élite mundial. Gracias al poder democratizador de la tecnología, no es una tendencia determinada por los privilegios ni siquiera por la edad, sino por la actitud. La tecnología nos brinda un nivel de interconexión global que nunca antes habíamos experimentado. Si aunamos esa interconexión física y virtual con una actitud abierta, el mundo se vuelve ilimitado y, a la vez, mucho más pequeño.
Sin embargo, esta macrotendencia parece estar sufriendo algunos reveses en este momento. En algunas partes del mundo se habla cada vez más de la necesidad de establecer fronteras y muros. Las voces que se oyen ahora a favor de las fronteras surgen del miedo, quizá al cambio o a lo desconocido. En algunos casos, ponen de relieve algunos de los desafíos de una sociedad que cambia rápidamente; es necesario escuchar esas voces y encontrar soluciones.

En otros casos, estas voces nacen del temor a que cambie el equilibrio de poder. Bueno, quizá tenga que cambiar. Porque, cuando se empiezan a construir fronteras, el mundo se repliega en compartimentos separados, que compiten entre sí por inseguridad y limitaciones. Se cierran las puertas al potencial y a las oportunidades.
Pensemos en el sector financiero. En teoría, debería funcionar bien a escala global; al fin y al cabo, es un sistema global, por ejemplo, por su papel en la facilitación del comercio internacional. Y no hay motivo para que el dinero no se mueva con la misma facilidad con la que se envía un correo electrónico.
En realidad, ocurre todo lo contrario. El sistema financiero funciona en gran medida dentro de las fronteras nacionales. Algunas de esas restricciones se establecieron por motivos legítimos, como evitar el uso del sistema con fines delictivos; muchas otras, no. Con demasiada frecuencia, las restricciones responden al interés propio o a la pereza y ahora sirven para proteger el statu quo.
Los bancos siempre han utilizado la tecnología. Pero la han empleado en sus sistemas internos para reducir costes, no para beneficiar a sus clientes. La fuerza impulsora ha sido el lucro, con el foco puesto en lo que conviene al banco y no en lo que conviene a los consumidores.
Compárese con la nueva generación de empresas de servicios financieros, que usan la tecnología para hacer que el sistema sea justo. En TransferWise empezamos siendo idealistas y lo seguimos siendo. Partimos de lo que podemos hacer para mejorar las cosas y de cómo resolver problemas, centrándonos en lo que las personas necesitan. Resulta que es posible centrarse en crear el mejor servicio y tener éxito como empresa.
A veces, las empresas están mejor posicionadas que los políticos y los gobiernos para impulsar cambios. Eso no significa que no deban rendir cuentas ni cumplir las normas internacionales. Pero, con la motivación adecuada, pueden ser una fuerza transformadora. Eso es lo que estamos viendo ahora mismo en el sector financiero. La nueva generación de empresas de servicios financieros se niega a aceptar las limitaciones del statu quo; demuestra que un mundo abierto e interconectado genera un impacto positivo y fomenta la inclusión en lugar de la exclusión.
Confiemos en que los muros sigan cayendo en el mundo financiero. Y que el discurso más amplio sobre fronteras y separación acabe siendo un obstáculo a corto plazo mientras, a largo plazo, seguimos avanzando hacia un mundo global y unido.



