Algunos observadores afirman que los bancos centrales pueden mitigar mejor los riesgos para su independencia volviendo al estrecho mandato de estabilidad de precios que tan buenos resultados les dio antes de la crisis financiera mundial. Pero este consejo es erróneo: los bancos centrales deben recuperar su papel original de guardianes de la estabilidad financiera.
La crisis financiera mundial que estalló en 2008 transformó el papel de los banqueros centrales y la escala y el alcance de su conjunto de herramientas de política. Hoy, la estabilidad financiera vuelve a estar en el centro de las misiones de los bancos centrales, y es probable que los tipos de interés en varios países ricos se mantengan en el nivel cero o incluso por debajo durante cierto tiempo. Esto significa que las acciones de los banqueros centrales serán más visibles y políticamente sensibles que hace incluso una década. Y eso supone una amenaza creciente para una de las grandes innovaciones institucionales de finales del siglo XX: la independencia de los bancos centrales.
Algunos observadores afirman que los bancos centrales pueden protegerse mejor de la injerencia política volviendo al estrecho mandato de estabilidad de precios que tan buenos resultados les dio antes de la crisis. Este consejo es erróneo. No hay forma de evitar el imperativo de que los bancos centrales recuperen su papel original de guardianes de la estabilidad financiera.
Después de todo, la estabilidad de precios no es un fin en sí misma. Es simplemente un pilar que sostiene la estabilidad macroeconómica que la sociedad necesita. La estabilidad financiera es una segunda parte de esta base, como demostró con creces la reciente crisis.
En este contexto más amplio, los banqueros centrales se encontrarán inevitablemente en debates con políticos, reguladores y supervisores financieros sobre su papel en la sociedad. Así debe ser: este diálogo es esencial para sostener la independencia de los bancos centrales.
Nuestro reciente informe, ¿Por fin sólido? Evaluación de una década de regulación financiera, destaca tres aspectos importantes en los que la crisis de 2008 cambió nuestra visión colectiva de la banca central. En primer lugar, cuando los tipos de interés alcanzan el límite inferior cero (ZLB, por sus siglas en inglés), las nuevas medidas de política monetaria se asemejan, y a menudo simplemente sustituyen, a las medidas que normalmente toman otros. En segundo lugar, la escala de los préstamos de los bancos centrales ha aumentado de forma notable. En tercer lugar, los responsables políticos actuales se centran, con razón, en reducir el riesgo sistémico para disminuir la frecuencia y la gravedad de las crisis financieras.
Revisar la situación de los bancos centrales es prudente, dada la posibilidad muy real de que los tipos se sitúen en el ZLB o cerca de él en el futuro. En concreto, pedimos el establecimiento formal de un régimen especial, activado por el ZLB, en virtud del cual los poderes ejecutivos del gobierno y el banco central aporten sus puntos de vista y acuerden conjuntamente toda la gama de opciones de política disponibles.
Cuando los tipos de interés de política lleguen a cero, los distintos actores deberían reunirse periódicamente con arreglo a normas transparentes. Tras cada reunión, una declaración pública conjunta ofrecería una evaluación de las condiciones económicas actuales, de las opciones de política disponibles y del curso de acción elegido. En caso de desacuerdo, los funcionarios del gobierno elegidos democráticamente tendrían inevitablemente la última palabra, aunque deberían explicar detalladamente los distintos argumentos y la justificación de la decisión. Este régimen especial del ZLB ayudaría a proteger la independencia del banco central al proporcionar un respaldo político a las políticas no convencionales.
La escala y el alcance sin precedentes de las acciones de los bancos centrales como prestamistas de última instancia (LOLR, por sus siglas en inglés) desde el inicio de la crisis siguen atrayendo una atención considerable. Es fundamental que estas actividades sigan siendo legítimas a los ojos del público. Por tanto, los bancos centrales deben aclarar tanto la finalidad como la estructura operativa de sus actividades como LOLR, y poner fin a la doctrina cada vez más insostenible de la ambigüedad constructiva, según la cual los responsables políticos se mostraban intencionadamente imprecisos sobre a quién y en qué condiciones estaban dispuestos a prestar. En este ámbito, como en muchos otros de la política económica, garantizar la legitimidad democrática exige transparencia y compromiso.
Además, el énfasis en el riesgo sistémico y en las políticas «macroprudenciales» hace necesario modificar el mandato de los bancos centrales. Aunque no existe acuerdo sobre la mejor manera de organizar los distintos componentes de la política financiera y monetaria, nos inclinamos por el modelo de «un solo techo», en el que el banco central tiene el doble objetivo de estabilidad de precios y estabilidad financiera. Alcanzar estos objetivos exige que los bancos centrales sean, a la vez, un LOLR transparente y una autoridad macroprudencial con herramientas adecuadas.
Las restricciones institucionales darán lugar a variaciones de este modelo entre países. En algunos casos (posiblemente muchos), varias autoridades compartirán la responsabilidad de la estabilidad financiera, por lo que la coordinación y la plena rendición de cuentas resultan esenciales. Las agencias implicadas deberían reconocer las dificultades operativas inherentes a que múltiples autoridades con objetivos diversos compartan una responsabilidad común, y las autoridades deberían afrontar de frente el riesgo de que la fragmentación y la falta de coordinación conduzcan a la inacción.
Al igual que en la coordinación de las políticas monetaria y fiscal en el ZLB, las deliberaciones relativas a la estabilidad financiera deben ir acompañadas de declaraciones públicas, y los desacuerdos deben quedar reflejados en el registro público. En definitiva, las normas comunes de comunicación aplicables a las decisiones de política monetaria deberían aplicarse también a las decisiones de un comité de estabilidad financiera.
La protección de la independencia de los bancos centrales requiere adaptación. En el mundo posterior a la crisis, los gobiernos y los ciudadanos seguirán delegando facultades de formulación de políticas cada vez más amplias en una institución independiente no elegida. Por tanto, los bancos centrales deben rendir cuentas de forma creciente para mantener su legitimidad. Necesitamos un debate público que permita alcanzar un acuerdo sobre un marco para los objetivos, las herramientas y los mecanismos de comunicación de los bancos centrales. No mantener este debate pondría en riesgo no solo la independencia de los bancos centrales, sino también la estabilidad financiera y el bienestar social general.



