Christine Lagarde: ¿Ha llegado el momento de una nueva moneda digital?

Tokens of the virtual currency Bitcoin are seen placed on a monitor that displays binary digits in this illustration picture, December 8, 2017. Picture taken December 8. REUTERS/Dado Ruvic/Illustration - RC1A57C36840
Lagarde’s speech could prove to be a turning point in the adoption of digital currencies.Image: REUTERS/Dado Ruvic
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Esta es la transcripción de un discurso pronunciado en el Singapore Fintech Festival.

Distinguidos invitados, señoras y señores: buenos días y gracias por la oportunidad de participar en este importante evento.

En Singapur suele hacer viento. Aquí, los vientos traen cambios y oportunidades. Históricamente, impulsaban a los barcos hacia su puerto. Allí se reabastecían mientras esperaban a que pasara el monzón y cambiaran las estaciones.

«El cambio es la única constante», escribió el antiguo filósofo griego Heráclito de Éfeso.

Singapur lo sabe. Ustedes lo saben. Ese es el verdadero espíritu del Fintech Festival: abrir las puertas a nuevos futuros digitales y desplegar las velas ante los vientos del cambio.

Y, sin embargo, el cambio puede parecer abrumador, desestabilizador e incluso amenazante. Esto es especialmente cierto en el caso del cambio tecnológico, que altera nuestros hábitos, empleos e interacciones sociales.

La clave es aprovechar los beneficios y, al mismo tiempo, gestionar los riesgos.

En materia de tecnología financiera, Singapur ha demostrado una visión excepcional. Basta pensar en su entorno de pruebas regulatorio, donde pueden probarse nuevas ideas; en su Fintech Innovation Lab y en su colaboración con importantes bancos centrales en materia de pagos transfronterizos.

En este contexto, esta mañana me gustaría hacer tres cosas:

  • En primer lugar, plantear la cuestión en términos de la naturaleza cambiante del dinero y la revolución de la tecnología financiera.

  • En segundo lugar, evaluar el papel de los bancos centrales en este nuevo panorama financiero, especialmente en la provisión de moneda digital.

  • En tercer lugar, examinar algunas desventajas y considerar cómo pueden reducirse.

1. La naturaleza cambiante del dinero y la revolución de la tecnología financiera

Permítanme empezar por la gran cuestión que nos ocupa hoy: la naturaleza cambiante del dinero.

Cuando el comercio era local y se centraba en la plaza del pueblo, bastaba con dinero en forma de fichas —monedas metálicas—. Y era eficiente.

El intercambio de monedas de una mano a otra liquidaba las transacciones. Mientras las monedas fueran válidas —algo que se determinaba con solo mirarlas, rasparlas o incluso morderlas—, daba igual quién las tuviera en sus manos.

Pero, a medida que el comercio se trasladó a los barcos, como los que pasaban por Singapur, y abarcó distancias cada vez mayores, transportar monedas se volvió caro, arriesgado y engorroso.

El papel moneda chino, introducido en el siglo IX, ayudó, pero no fue suficiente. La innovación dio lugar a las letras de cambio: documentos que permitían a los comerciantes con una cuenta bancaria en su ciudad de origen retirar dinero de un banco en su destino.

Los árabes las llamaban sakks, origen de la palabra inglesa actual «check» (cheque). Estos cheques y los bancos asociados a ellos se extendieron por todo el mundo, impulsados por los banqueros y comerciantes italianos del Renacimiento. Otros ejemplos son los documentos chinos Shansi y los hundi indios.

De repente, importaba con quién se trataba. ¿Era ese comerciante persa el legítimo propietario de la letra? ¿Era fiable? ¿La aceptaría ese banco de Shanxi? La confianza se volvió esencial, y el Estado pasó a ser su garante al ofrecer respaldo de liquidez y supervisión.

¿Por qué es pertinente este breve recorrido histórico? Porque la revolución de la tecnología financiera cuestiona las dos formas de dinero que acabamos de mencionar —las monedas y los depósitos bancarios comerciales—. También cuestiona el papel del Estado en la provisión de dinero.

Estamos en un punto de inflexión histórico. Ustedes —jóvenes y audaces emprendedores aquí reunidos hoy— no solo están inventando servicios: podrían estar reinventando la historia. Y todos estamos adaptándonos.

Sopla un nuevo viento: el de la digitalización. En este nuevo mundo, nos encontramos en cualquier lugar y en cualquier momento. La plaza del pueblo ha vuelto, de forma virtual, en nuestros teléfonos inteligentes. Intercambiamos información, servicios e incluso emojis al instante… entre pares, de persona a persona.

Flotamos en un mundo de información, donde los datos son el «nuevo oro», pese a la creciente preocupación por la privacidad y la ciberseguridad. Un mundo en el que los millennials reinventan el funcionamiento de nuestra economía con el teléfono en la mano.

Y este es un punto clave: el dinero mismo está cambiando. Esperamos que sea más práctico y fácil de usar, quizá incluso que tenga un aspecto menos serio.

Esperamos que esté integrado con las redes sociales, disponible de inmediato para su uso en línea y entre personas, incluidos los micropagos. Y, por supuesto, esperamos que sea barato y seguro, protegido de los delincuentes y de las miradas indiscretas.

¿Qué papel le quedará al efectivo en este mundo digital? Ya se ven en los escaparates letreros que dicen «no se acepta efectivo». No solo en Escandinavia, paradigma de un mundo sin efectivo. También en varios otros países disminuye la demanda de efectivo, como muestra un estudio reciente del FMI. Y dentro de diez, veinte o treinta años, ¿quién seguirá intercambiando trozos de papel?

Los depósitos bancarios también sienten la presión de las nuevas formas de dinero.

Pensemos en los nuevos proveedores especializados de servicios de pago que ofrecen dinero electrónico: desde AliPay y WeChat en China hasta PayTM en India y M-Pesa en Kenia. Estas formas de dinero están concebidas para la economía digital. Responden a lo que la gente demanda, y a lo que la economía necesita.

Incluso las criptomonedas, como Bitcoin, Ethereum y Ripple, compiten por hacerse un lugar en el mundo sin efectivo y se reinventan constantemente con la esperanza de ofrecer un valor más estable y liquidaciones más rápidas y baratas.

2. Argumentos a favor de las monedas digitales de los bancos centrales

Paso ahora a mi segunda cuestión: el papel del Estado —de los bancos centrales— en este nuevo panorama monetario.

Algunos sostienen que el Estado debería retirarse.

Los proveedores de dinero electrónico argumentan que entrañan menos riesgos que los bancos porque no prestan dinero. En cambio, mantienen los fondos de los clientes en cuentas de custodia y se limitan a liquidar pagos dentro de sus redes.

Por su parte, las criptomonedas buscan afianzar la confianza en la tecnología. Si son transparentes y se tienen conocimientos tecnológicos, quizá se pueda confiar en sus servicios.

Aun así, no estoy del todo convencida. Una regulación adecuada de estas entidades seguirá siendo un pilar de la confianza.

¿Deberíamos ir más allá? Además de regular, ¿debería el Estado seguir participando activamente en el mercado del dinero? ¿Debería llenar el vacío que deja la retirada del efectivo?

Permítanme ser más concreta: ¿deberían los bancos centrales emitir una nueva forma digital de dinero? ¿Un token respaldado por el Estado o quizá una cuenta abierta directamente en el banco central, disponible para personas y empresas para pagos minoristas? Es cierto que sus depósitos en bancos comerciales ya son digitales. Pero una moneda digital sería un pasivo del Estado, como lo es hoy el efectivo, y no de una empresa privada.

Esto no es ciencia ficción. Varios bancos centrales de todo el mundo están considerando seriamente estas ideas, entre ellos los de Canadá, China, Suecia y Uruguay. Están acogiendo el cambio y nuevas ideas, como también lo hace el FMI.

Hoy publicamos un nuevo documento [1] sobre las ventajas y desventajas de las monedas digitales de los bancos centrales, o «monedas digitales» para abreviar. Se centra en los efectos internos, no transfronterizos, de la moneda digital. El documento está disponible en el sitio web del FMI.

Creo que deberíamos considerar la posibilidad de emitir moneda digital. El Estado podría desempeñar un papel en el suministro de dinero a la economía digital.

Esta moneda podría cumplir objetivos de política pública, como (i) la inclusión financiera y (ii) la seguridad y la protección del consumidor; además de ofrecer lo que el sector privado no puede: (iii) privacidad en los pagos.

a) Inclusión financiera

Empezaré por la inclusión financiera, un ámbito en el que la moneda digital ofrece grandes posibilidades gracias a su capacidad para llegar a personas y empresas de regiones remotas y marginadas. Sabemos que los bancos no se apresuran precisamente a atender a las poblaciones pobres y rurales.

Esto es fundamental, porque aquí el efectivo podría dejar de ser una opción. Si la mayoría de la gente adopta formas digitales de dinero, la infraestructura para el efectivo se deterioraría y dejaría atrás a quienes viven en la periferia.

¿Y si se subvencionara el uso de efectivo en esas zonas? Eso supondría que la vida económica de la periferia quedaría desconectada del centro.

Por supuesto, ofrecer una moneda digital no es necesariamente la única respuesta. Los gobiernos podrían tener margen para fomentar soluciones del sector privado mediante financiación o mejoras de infraestructura.

b) Seguridad y protección del consumidor

El segundo beneficio de la moneda digital se relaciona con la seguridad y la protección del consumidor. En realidad, es un argumento de David contra Goliat. Antiguamente, las monedas y los billetes quizá contrarrestaban el predominio de las grandes empresas mundiales de pagos —bancos, cámaras de compensación y operadores de redes— simplemente al ofrecer una alternativa de bajo costo y amplia disponibilidad.

Sin efectivo, demasiado poder podría quedar en manos de un reducido número de proveedores privados de pagos de gran tamaño. Al fin y al cabo, los pagos tienden naturalmente al monopolio: cuantos más clientes se atienden, más barato y útil resulta el servicio.

Para empezar, las empresas privadas podrían invertir menos de lo necesario en seguridad si no tienen en cuenta el costo total que un fallo de pago supone para la sociedad. También podría resentirse la resiliencia: si hay pocos eslabones en la cadena de pagos, el sistema podría dejar de funcionar si se rompe uno de ellos. Pensemos en un ciberataque, un fallo técnico, una quiebra o la retirada de una empresa del mercado local.

Es posible que la regulación no pueda corregir plenamente estas desventajas. Una moneda digital podría ofrecer ventajas como medio de pago de respaldo. También podría impulsar la competencia al ofrecer una alternativa eficiente y de bajo costo, como hizo su antepasado, el fiable billete de papel.

c) Privacidad

El tercer beneficio de la moneda digital que quisiera destacar se refiere a la privacidad. El efectivo, por supuesto, permite realizar pagos anónimos. Recurrimos al efectivo para proteger nuestra privacidad por motivos legítimos; por ejemplo, para evitar la exposición al pirateo informático y a la elaboración de perfiles de clientes.

Consideremos un ejemplo sencillo. Imaginemos que quienes compran cerveza y pizza congelada dejan de pagar sus hipotecas con más frecuencia que quienes compran brócoli orgánico y agua mineral. ¿Qué puede hacer si se le antojan cerveza y pizza, pero no quiere que baje su puntuación crediticia? Hoy, saca efectivo. ¿Y mañana? ¿Un sistema de pagos de propiedad privada lo empujaría hacia el pasillo del brócoli?

¿Acudirían los bancos centrales al rescate y ofrecerían una moneda digital completamente anónima? Desde luego que no. Hacerlo sería una bonanza para los delincuentes.

3. Desventajas de las monedas digitales de los bancos

Esto me lleva a mi tercer ámbito: las posibles desventajas de la moneda digital. Las más evidentes son los riesgos para la integridad y la estabilidad financieras. Pero también quisiera destacar el riesgo de frenar la innovación, que es lo último que ustedes desean.

Mi argumento principal será que debemos afrontar estos riesgos con creatividad. ¿Cómo podríamos mitigarlos diseñando monedas digitales de maneras nuevas e innovadoras? La tecnología ofrece un campo muy amplio para hacerlo.

a) Riesgos para la integridad financiera

Volvamos a la disyuntiva entre privacidad e integridad financiera. ¿Podríamos encontrar un punto medio?

Los bancos centrales podrían diseñar una moneda digital de modo que la identidad de los usuarios se autenticara mediante procedimientos de diligencia debida con respecto al cliente y se registraran las transacciones. Sin embargo, la identidad no se divulgaría a terceros ni a gobiernos, salvo que la ley lo exigiera. Así, cuando yo comprara pizza y cerveza, el supermercado, su banco y los especialistas en marketing no sabrían quién soy. El Estado quizá tampoco, al menos por defecto.

Aun así, los controles contra el blanqueo de capitales y la financiación del terrorismo funcionarían en segundo plano. Si surgiera una sospecha, sería posible levantar el velo del anonimato e investigar.

Este sistema sería bueno para los usuarios, malo para los delincuentes y mejor para el Estado que el efectivo. Por supuesto, siguen existiendo desafíos. Mi objetivo en este momento es fomentar la exploración.

b) Riesgos para la estabilidad financiera

El segundo riesgo se refiere a la estabilidad financiera. Las monedas digitales podrían intensificar la presión sobre los depósitos bancarios que mencioné antes.

Si las monedas digitales fueran lo bastante similares a los depósitos de los bancos comerciales —porque fueran muy seguras, pudieran mantenerse sin límite, permitieran pagos de cualquier importe y quizá incluso ofrecieran intereses—, ¿para qué tener una cuenta bancaria?

Pero los bancos no son espectadores pasivos. Pueden competir ofreciendo tasas de interés más altas y mejores servicios.

¿Y el riesgo de pánicos bancarios? Existe. Pero tengamos en cuenta que la gente corre a retirar su dinero cuando cree que los retiros de efectivo se atienden por orden de llegada: quien madruga se lleva la mejor parte. En cambio, como la moneda digital puede distribuirse con mucha más facilidad que el efectivo, podría tranquilizar incluso a quien se queda tumbado en el sofá.

Además, si los depositantes huyen hacia activos extranjeros, también evitarán la moneda digital. Y en muchos países ya hay activos líquidos y seguros hacia los que huir; pensemos en fondos de inversión que solo tienen bonos públicos. Así que aún está por ver si las monedas digitales realmente perjudicarían la estabilidad financiera.

c) Riesgos para la innovación

Si la moneda digital se volviera demasiado popular, podría frenar paradójicamente la innovación. ¿Qué papel les quedaría si el banco central ofreciera una solución integral, desde la billetera digital y el token hasta los servicios de liquidación de operaciones en segundo plano?

¿Y si, en cambio, los bancos centrales se asociaran con el sector privado —bancos y otras instituciones financieras— y dijeran: ustedes interactúan con el cliente, custodian su patrimonio, ofrecen intereses, asesoramiento y préstamos. Pero, cuando llegue el momento de realizar una transacción, nos encargamos nosotros.

Esta asociación podría adoptar distintas formas. Los bancos y otras empresas financieras, incluidas las empresas emergentes, podrían gestionar la moneda digital. Algo parecido a lo que hacen actualmente los bancos al distribuir efectivo.

O bien, las personas podrían mantener depósitos ordinarios en empresas financieras, pero las transacciones acabarían liquidándose en moneda digital entre empresas. Algo parecido a lo que ocurre hoy, pero en una fracción de segundo. Casi gratis. Y en cualquier momento.

La ventaja está clara. Sus pagos serían inmediatos, seguros, baratos y posiblemente semianónimos. Tal como ustedes querían. Y los bancos centrales conservarían una posición firme en los pagos. Además, ofrecerían condiciones más equitativas para la competencia y una plataforma para la innovación. Mientras tanto, su banco u otros emprendedores habrían garantizado una experiencia de usuario sencilla, basada en las tecnologías más recientes.

Dicho de otro modo: el banco central se centra en su ventaja comparativa —la liquidación en segundo plano— y las instituciones financieras y empresas emergentes pueden concentrarse en lo que mejor hacen: la atención al cliente y la innovación. Esta es la mejor expresión de una asociación público-privada.

Conclusión

Permítanme concluir. Esta mañana he intentado evaluar los argumentos a favor de la moneda digital.

El argumento se basa en las necesidades nuevas y cambiantes en materia de dinero, así como en objetivos esenciales de política pública. Mi mensaje es que, aunque los argumentos a favor de la moneda digital no son universales, deberíamos estudiarla más a fondo, con seriedad, cuidado y creatividad.

En términos más fundamentales, la cuestión tiene que ver con el cambio: estar abiertos a él, acogerlo y darle forma.

La tecnología cambiará, y nosotros también debemos hacerlo. De lo contrario, seremos la última hoja en una rama muerta, mientras las demás ya habrán decidido volar con el viento.

En el mundo de la tecnología financiera, debemos aprovechar el cambio para que sea justo, seguro, eficiente y dinámico. Ese era el objetivo de la Agenda de Bali para la Tecnología Financiera, puesta en marcha por el FMI y el Banco Mundial el pasado octubre.

Cuando arrecian los vientos del cambio, ¿qué nos guiará en nuestro viaje? Los capitanes que navegaban por los estrechos de Singapur seguían la Estrella Polar.

¿Y hoy? ¿Y mañana?

Propongo que sigamos a una niña. Una niña pequeña. Una niña intrépida. Si tienen suerte, quizá puedan conocerla en persona en el distrito financiero de Nueva York.

Es audaz. Es valiente. Tiene confianza en sí misma. Mira hacia delante, hacia el futuro, con tenacidad y determinación: un futuro que ella misma va a moldear, con los ojos bien abiertos, con ilusión y firmeza.

La oigo decir: Sigamos navegando. No tengo miedo. (pausa) No tengo miedo.

Gracias.

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