Durante esta presidencia italiana, el G7 tiene una oportunidad única: revivir el «espíritu de París» tomando medidas decisivas para mitigar el riesgo climático y el impacto ambiental negativo de nuestras acciones.
Se acercan los dos años desde la firma del Acuerdo de París. El tiempo apremia. En la 43.ª cumbre del G7 en Taormina, al final de esta semana, nuestros líderes mundiales deben insistir en que la divulgación financiera sobre la realidad climática es esencial para garantizar que las empresas hagan su parte y alcancen los objetivos de París.
Desde que Mark Carney, gobernador del Banco de Inglaterra y presidente del Consejo de Estabilidad Financiera, anunció por primera vez una Task Force sobre divulgación financiera relacionada con el clima (TCFD) liderada por la industria, ha habido una gran colaboración y debate sobre cómo mejorar el acceso a los datos climáticos y la conciencia sobre el riesgo climático. Eso era esencial: como dijo Michael Bloomberg, presidente de la TCFD, el cambio climático es la mayor amenaza que afronta el mundo hoy.
Contamos con las recomendaciones de la TCFD, que son voluntarias. Su objetivo es ayudar a las organizaciones a identificar y divulgar precisamente la información que necesitan los inversores, prestamistas y suscriptores de seguros para evaluar y fijar adecuadamente el precio de los riesgos y oportunidades relacionados con el clima en las empresas. Adoptar estas recomendaciones en todos los sectores ayudará a que los mercados sean más eficientes y las economías más estables y resilientes. No nos conviene demorarnos.
Nuestro clima cambiante es una cuestión empresarial, y ya no podemos permitirnos procrastinar al respecto.
Esto queda más claro que en ningún otro ámbito en la intersección entre el cambio tecnológico y el riesgo climático. Nos enfrentamos a decisiones que determinarán nuestro futuro competitivo como empresas y, algo crucial, también nuestra vida cotidiana como personas, como demuestra claramente nuestra creciente preocupación por la calidad del aire que respiramos.
A escala mundial, estamos en medio de una transformación tecnológica. Junto a ella, es urgente reconocer la magnitud de las alteraciones que conlleva la transición energética.
Siguen existiendo importantes contradicciones en nuestra manera colectiva de pensar sobre los modelos de negocio y el riesgo climático. Vemos cómo se construyen parques eólicos y solares a un ritmo sin precedentes, pero todavía hay quienes subvencionan el uso de combustibles fósiles.
Es fundamental que no perdamos tiempo con modelos de negocio obsoletos, ante las pruebas científicas de los riesgos que conllevan y de su impacto en el medio ambiente. La descarbonización mundial es esencial a largo plazo y, además, es buen negocio. Las energías renovables son fáciles de construir, llegan rápidamente al mercado, permiten ampliar o reducir su escala con flexibilidad y sus costes están bajando deprisa gracias a un enorme auge tecnológico, lo que permite utilizarlas en todo el mundo sin subvenciones. En cambio, como las tecnologías tradicionales tardan mucho más en llegar al mercado y tienen un perfil de amortización de 20 años o más, nos atamos a una opción en la que todos salen perdiendo: activos varados, perfiles de riesgo ambiental cada vez más elevados y dependencia de materias primas volátiles.
Para superar este bache, las empresas deberían seguir la iniciativa Science Based Targets (Objetivos Basados en la Ciencia), lanzada en 2015 con orientaciones para fijar objetivos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero acordes con una trayectoria de descarbonización de 2 °C.
Debemos dar nueva vida al espíritu del Acuerdo de París, que incluyó una acción colectiva nueva y reforzada. La transición energética que afrontamos no es la primera: en los dos últimos siglos ha habido muchas transiciones. Sin embargo, esta transición energética se distingue de las que el mundo ha presenciado en el pasado por su velocidad, algo crucial. Para afrontar el desafío del cambio climático se necesita una acción concertada y acelerada de todos los actores: gobiernos, industria y sociedad civil.
Una oportunidad para ejercer liderazgo a escala mundial reside en cooperar más allá de las fronteras que tradicionalmente han separado a los países y a los distintos grupos de partes interesadas.
La transparencia y la divulgación son clave: aportan rendición de cuentas y enfoque, y también catalizan oportunidades de cooperación. Por eso me uní a un grupo de líderes empresariales que representan a compañías con 4,9 billones de dólares en activos y 700.000 millones de dólares en ingresos para expresar mi firme apoyo a las recomendaciones de la TCFD.
Insto a todas las empresas a sumarse a nuestro respaldo a las recomendaciones del Grupo de Trabajo sobre Divulgación Financiera relacionada con el Clima del Consejo de Estabilidad Financiera y pido al G7 que demuestre al mundo que se toma en serio su liderazgo para avanzar en la lucha contra el cambio climático. Las recomendaciones de la TCFD dirigidas al sector privado pueden servir para sustentar y apoyar la acción del sector público. Las consecuencias del cambio climático en todos los sectores económicos deben divulgarse al público, junto con las medidas que los gobiernos planean adoptar para mitigar el riesgo. Porque, cuando se trata del riesgo climático en 2017, cada ciudadano de este planeta es accionista.



