Alcanzar este objetivo podría convertir 2017 en un «muy buen año» para la UE

A Bulgarian seamstress manufactures EU flags in a factory in the town of Parvomai, some 160 km (99 miles) south east of the capital Sofia, December 13, 2006. Bulgaria is set to join the EU on January 1, 2007 along with its neighbour Romania. REUTERS/Stoyan Nenov (BULGARIA) - RTR1KCT7
Europe’s banks have long been central to the continent’s economy.Image: REUTERS/Stoyan Nenov
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En 2017, los líderes europeos se enfrentarán a numerosas pruebas difíciles, entre ellas unas elecciones turbulentas marcadas por el auge de movimientos populistas, complejas negociaciones sobre la salida del Reino Unido de la Unión Europea y un nuevo presidente estadounidense que considera «obsoleta» la alianza transatlántica.

Pero, pese a estos desafíos, los líderes de la UE también tendrán la oportunidad de fortalecer una unión maltrecha y reforzar sus instituciones. En particular, deberían centrarse en recuperar la credibilidad del sector bancario, dotándolo de más capital y una mejor supervisión. Aunque no avancen en ningún otro ámbito, alcanzar este objetivo podría convertir, después de todo, 2017 en un muy buen año.

Los bancos europeos llevan mucho tiempo ocupando un lugar central en la economía del continente. En Francia y Alemania, los activos bancarios ascienden al 350-400 % del PIB, mientras que en Estados Unidos equivalen a poco más del 100 % del PIB. Tras la crisis financiera de 2008, los bancos más débiles de la eurozona sucumbieron rápidamente bajo el peso de sus préstamos morosos y luego amenazaron con arrastrar consigo a sus respectivos gobiernos. Ante las dudas sobre la solvencia de muchos países, incluso los bancos sólidos quedaron atrapados en un «círculo vicioso»: sufrieron pérdidas por el desplome de la deuda soberana que tenían en sus balances.

Irónicamente, la interdependencia de los bancos de la eurozona fue lo que finalmente salvó la situación. Como los bancos irlandeses, portugueses y griegos debían dinero principalmente a bancos alemanes, franceses y neerlandeses, las perturbaciones externas que afectaron a los bancos y las economías más débiles se propagaron de inmediato a los más fuertes. Esto obligó a todas las partes interesadas a cooperar en una respuesta conjunta, pese a los costes políticos. Si los bancos y las economías europeas no hubieran estado todos en peligro, cuesta imaginar que los líderes europeos hubieran acordado un respaldo de 1 billón de dólares para los mercados financieros.

Mientras tanto, el sistema integrado de pagos del Banco Central Europeo permitió que continuaran las transferencias habituales entre los bancos de la periferia y los del núcleo, lo que sostuvo la actividad comercial y la financiación durante los peores momentos de la crisis. El BCE también mantuvo su apoyo de liquidez —aunque no siempre de forma generosa y fiable— y, finalmente, se comprometió a intervenir para resolver los problemas de las entidades amenazadas, aliviando así las turbulencias de los mercados. Mientras los líderes políticos discutían la legalidad de los préstamos entre Estados, las instituciones europeas amortiguaban el impacto de una perturbación mundial.

Los economistas suelen coincidir en que una «unión monetaria óptima» requiere características como una alta movilidad laboral, una supervisión fiscal compartida y ciclos económicos sincronizados, ninguna de las cuales tiene la eurozona. Pero, como reveló la crisis financiera, los bancos y mercados financieros integrados también pueden ser una fuente esencial de resiliencia.

Contrariamente a muchas predicciones, la eurozona no se derrumbó de forma inevitable; al contrario, se vio claramente reforzada por una respuesta que mejoró la supervisión, fortaleció las instituciones y puso recursos en común. Resulta especialmente notable que los reguladores de la eurozona puedan ahora supervisar y, si es necesario, intervenir en los mayores bancos de la unión monetaria.

Por supuesto, la crisis, junto con la torpeza que se atribuye a las instituciones europeas, también ha provocado una reacción adversa considerable entre los votantes; algunos dudan de que la moneda común pueda generar prosperidad. De hecho, que el euro sobreviviera a la última crisis no significa que vaya a sobrevivir a la próxima.

Aun así, incluso en el tenso clima político actual, los líderes europeos pueden avanzar si dejan de lado las propuestas grandilocuentes e irrealizables de crear un ministro europeo de Finanzas o de investigar de forma más intrusiva las políticas económicas de los países. En cambio, deben concentrarse en reforzar las fortalezas inherentes de la moneda común, sobre todo elaborando un plan creíble para sanear los préstamos morosos en los balances de los bancos italianos y portugueses. Lo ideal sería que ese plan incluyera recursos europeos y reformas locales, y abordara las ineficiencias de los regímenes de insolvencia, para que los bancos no carguen con préstamos morosos mientras esperan la aprobación judicial para convertir las garantías en activos.

Para mejorar la confianza en el sistema en su conjunto, los responsables políticos también deben limitar la exposición de los bancos a la deuda soberana. Así pondrán fin al círculo vicioso y permitirán que lleguen más aportaciones al Fondo Único de Resolución de la UE. Además, el BCE debería plantearse intervenir para reestructurar un par de bancos medianos, simplemente para demostrar que puede hacerlo.

Por último, los responsables políticos deberían promover una mayor integración de los mercados de capitales, lo que reforzaría el euro, mejoraría la asunción transfronteriza de riesgos, diversificaría las fuentes de financiación y ampliaría el acceso a ella. Esto cobrará aún más importancia cuando el Reino Unido haya abandonado el mercado único.

El clima político actual limita las posibilidades de realizar reformas estructurales, poner en común recursos fiscales y mejorar la movilidad laboral. Pero si los líderes europeos logran fortalecer la unión bancaria, aún hay esperanzas para el futuro de la eurozona.

La eurozona ha atravesado un período de aprendizaje financiero. Los mercados mundiales obligaron a los líderes políticos a tomar medidas poco gratas para reforzar la unión monetaria, hasta que comprendieron que un aspecto del problema —la interdependencia entre bancos y mercados— también apuntaba a una solución y probablemente impulsará nuevas reformas.

Avanzar en la integración de la unión bancaria y de los mercados de capitales europeos quizá no baste para garantizar la supervivencia del euro a largo plazo, pero es necesario. Y, en estos tiempos de turbulencia política, es la única opción realista.

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