Muchas personas adineradas de Estados Unidos y otros lugares apoyan el objetivo de frenar la desigualdad económica extrema. No deberían permitir que las silencien las acusaciones de hipocresía de la derecha.
Cuando las personas adineradas defienden causas de izquierda, como la redistribución de la riqueza, quienes son de derecha suelen tacharlas de hipócritas. «Si tanto te preocupa la igualdad, ¿por qué no renuncias primero a parte de tus propios ingresos?», suele ser la respuesta.
Esta respuesta puede tener un poderoso efecto disuasorio. A la mayoría de las personas no les gusta pensar que son hipócritas. Así, los ricos se enfrentan a una disyuntiva: regalar parte de sus bienes y luego hacer campaña contra la desigualdad, o simplemente guardar silencio. La mayoría prefiere la segunda opción.
Esto es lamentable, porque la desigualdad mundial está alcanzando niveles intolerables. Además, la riqueza tiende a permanecer en las familias con el paso del tiempo. La desigualdad se está volviendo dinástica: algunas personas nacen ricas y muchísimas son pobres desde el momento en que llegan al mundo.
La injusticia de esta situación es tan grotesca que solo pensar y hablar de ella debería impulsarnos a exigir medidas correctivas. Pero, al impedir que el sector más influyente de la sociedad exprese su disconformidad, la derecha ha obstaculizado el primer paso de este proceso.
Ahora contamos con abundantes pruebas estadísticas de la desigualdad, gracias a las investigaciones de Thomas Piketty, François Bourguignon, Branko Milanović, Tony Atkinson y otros. Por ejemplo, el último informe anual de Oxfam estima que las 26 personas más ricas del planeta poseen la misma riqueza, o tienen el mismo patrimonio neto, que los 3.800 millones de personas que conforman la mitad más pobre de la población mundial según la distribución de la riqueza. Además, según Oxfam, la riqueza conjunta de los multimillonarios del mundo aumentó en 900.000 millones de dólares el año pasado, es decir, casi 2.500 millones de dólares al día.
La desigualdad dentro de los países también está aumentando vertiginosamente. El Informe sobre la desigualdad mundial de 2018estima que los aumentos más pronunciados de la concentración de riqueza en los estratos más altos se están produciendo en Estados Unidos, China, Rusia e India.
Es cierto que cierto grado de desigualdad es inevitable y esencial para impulsar la economía. Pero la desigualdad actual supera con creces ese nivel «Ricitos de Oro». A pesar del debate aún vigente sobre cómo medir exactamente la desigualdad de riqueza y de ingresos, no cabe duda de que ambas son desmesuradamente altas. Basta con recorrer los barrios marginales de las grandes ciudades de los países en desarrollo, presenciar la miseria y las condiciones sórdidas de las personas pobres y sin hogar en los países ricos, y observar las viviendas y los estilos de vida de los ricos en cualquier lugar para comprender que es necesario abordar la situación actual.
Además, el derecho a llamar la atención sobre esa necesidad no debe limitarse a los pobres. La respuesta de la derecha, que silencia a las personas ricas con opiniones progresistas, puede parecer razonable a primera vista, pero no se sigue lógicamente de lo anterior. Se puede tener una buena posición económica, ser rico o muy rico y no estar dispuesto a renunciar unilateralmente a la propia riqueza, y aun así considerar injusto el sistema que ha permitido ganar y acumular tanto. Esa postura no es contradictoria ni hipócrita.
Algunos de los pensadores más destacados del mundo coinciden. El filósofo británico Bertrand Russell sostuvo célebremente (claramente pensando en sí mismo) que fumar buenos puros no debería impedirle a nadie ser socialista. El economista estadounidense Paul Samuelson planteó algo parecido en «Mi filosofía de vida», un ensayo que publicó en 1983. Samuelson llegó a ser bastante rico gracias al éxito extraordinario de su libro de texto Economía, que durante décadas fue de lectura obligatoria para estudiantes universitarios de todo el mundo. Pero tenía clara su postura política. «La mía es una ideología sencilla, que favorece a los más desfavorecidos y (en igualdad de condiciones) aborrece la desigualdad», escribió.
Al mismo tiempo, Samuelson admitió que cuando sus «ingresos superaron la mediana, no sentí culpa alguna». Y escribió con una franqueza sorprendente que, aunque rechazaba renunciar unilateralmente a su riqueza, «por lo general he votado en contra de mis propios intereses económicos cuando se han planteado cuestiones de tributación redistributiva».
Probablemente, el ejemplo histórico más famoso de una persona rica que luchó por una mayor igualdad sea Friedrich Engels, cuyo padre era propietario de grandes fábricas textiles en el área metropolitana de Mánchester, en Inglaterra, y en otros lugares. El joven Friedrich se radicalizó al ver el trabajo infantil y el sufrimiento de las clases trabajadoras.
Más adelante, Engels volvió a trabajar en el negocio que había heredado para poder apoyar los esfuerzos de su amigo Karl Marx por poner fin a ese tipo de lucro. Sea cual sea la opinión de cada cual sobre la conveniencia o la viabilidad de la propuesta concreta de Marx, el anhelo de corregir las enormes desigualdades sociales es sin duda admirable.
También hoy hay motivos para la esperanza. Varias personas entre las más ricas, en Estados Unidos y otros lugares, apoyan abiertamente a la izquierda en general y su objetivo de frenar las desigualdades extremas. Están dispuestas a soportar acusaciones de hipocresía por este objetivo más amplio, lo que da fuerza moral a su causa.
Las personas progresistas que renuncian voluntariamente a la ventaja que les proporciona su propio ingreso son admirables. Pero, den ese paso o no, no pueden guardar silencio sobre la necesidad de una acción colectiva para hacer frente a la desigualdad extrema, uno de los problemas mundiales más apremiantes de nuestro tiempo.
