La desigualdad regional en Europa desde 1900 hasta hoy

Wads of euro banknotes are stacked in a pile at the GSA Austria (Money Service Austria) company's headquarters in Vienna July 22, 2013. The GSA delivers new and collects old currency for the Austrian National Bank. REUTERS/Leonhard Foeger (AUSTRIA - Tags: POLITICS BUSINESS TPX IMAGES OF THE DAY)
Regional and personal wealth inequality has influenced the rise of populism.Image: REUTERS/Leonhard Foeger
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La literatura reciente ha estudiado el aumento de la desigualdad de la riqueza personal en países de todo el mundo. Esta columna analiza la ampliación de la brecha de riqueza entre las regiones y entre los Estados de Europa. A partir de datos que se remontan a 1900, muestra que la convergencia regional terminó en torno a 1980 y que desde entonces la brecha ha ido creciendo, con las regiones capitalinas y las regiones industriales en declive en los dos extremos. Este aumento de la desigualdad regional, junto con el aumento de la desigualdad personal, ha desempeñado un papel importante en la reciente reacción populista.

El aumento de la desigualdad en los ingresos personales y en la distribución de la riqueza es motivo de gran preocupación, como muestran los trabajos de Atkinson (2007), Piketty (2014) y Milanovich (2016). Sus estudios sugieren que el período de posguerra, en el que el alto crecimiento de los ingresos se extendió a todos los sectores de la sociedad en los países de la OCDE, fue una excepción histórica y no una guía para el futuro mundial. Todo terminó en la década de 1980, con un fuerte aumento de los ingresos más altos, el estancamiento de los ingresos medios y un descenso real de los ingresos de las personas pobres.

Cada vez hay más pruebas de que esto se aplica no solo a la desigualdad entre las personas, con una brecha cada vez mayor entre unos pocos individuos muy ricos y todos los demás, sino también a las diferencias regionales dentro de los Estados y entre ellos. Rodriguez-Pose (2018) sostuvo que las regiones en declive de todo el mundo son las que generan tensión política y un aumento del populismo, por ejemplo, en Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, Alemania y otros lugares.

En un nuevo libro y un artículo reciente mostramos los orígenes a largo plazo de este fenómeno y trazamos la evolución de 173 regiones europeas (NUTS 2) desde 1900 hasta hoy (Rosés y Wolf 2018, Rosés y Wolf, de próxima publicación). Los resultados son sorprendentemente similares a los de Piketty (2014) y otros estudios sobre desigualdad personal: observamos una evolución en forma de U de la desigualdad regional, con un punto de inflexión en torno a 1980. La figura 1 muestra la distribución del PIB (a precios constantes y en paridad del poder adquisitivo) y de la población entre las regiones a lo largo del tiempo, medida mediante coeficientes de Gini.

Figura 1 Distribución del PIB y la población entre 173 regiones europeas, 1900-2010

Image: Rosés y Wolf (2018).

Desde 1900, las regiones se han ido pareciendo cada vez más, con una interrupción durante el período de entreguerras. Este proceso de convergencia se aceleró después de 1945 y también se observó en otras partes del mundo (Barro y Sala-i-Martin 1992). Uno de los factores que lo impulsaron fue el cambio estructural: las regiones antes dominadas por la agricultura se fueron poniendo al día en cuanto al empleo tanto industrial como de servicios. Esto se vio facilitado por la integración de los mercados de bienes, capital y trabajo, así como por la difusión de tecnologías, incluida la electrificación. La convergencia se produjo entre Estados y entre regiones dentro de cada Estado.

Sin embargo, la convergencia se debilitó en la década de 1970 y, en Europa, prácticamente se detuvo a partir de entonces. Las figuras 2a y 2b muestran cómo cambió la distribución de los ingresos con el tiempo. Para cada año, agrupamos las 173 regiones de la muestra en 14 categorías de ingresos («intervalos») de igual tamaño según el PIB per cápita (también a precios constantes y en paridad del poder adquisitivo), desde las más pobres a la izquierda hasta las más ricas a la derecha. En 1900, la mayoría de las regiones se encontraba en las categorías inferiores y pocas en las más altas. Entre 1900, 1950 y 1980, la distribución se desplazó hacia la derecha: cada vez más regiones registraban un PIB per cápita cercano a la mediana. El desplazamiento hacia el centro fue especialmente intenso entre 1950 y 1980 (figura 2a). Sin embargo, el proceso se invirtió en 1980, como muestra la figura 2b. En términos relativos, a algunas regiones les va mucho mejor que a otras, y toda la distribución vuelve a desplazarse hacia la izquierda.

Figura 2a Distribución del ingreso regional en 1900, 1950 y 1980

Image: Rosés y Wolf (2018).

Figura 2b Distribución del ingreso regional en 1980 y 2010

Image: Rosés y Wolf (2018)

En medio de todos estos cambios, hay cierta estabilidad, pero también un giro verdaderamente notable en la fortuna de algunas regiones. Unas pocas regiones ya prosperaban en 1900 y hoy siguen estando entre las zonas más dinámicas de Europa, en particular todas las regiones capitalinas, como Île de France (FR10), en torno a París; Luxemburgo (LU00); Estocolmo (SE11); y Brabante (BE10 y BE24). La figura 3 muestra la proporción del PIB total de la muestra correspondiente a las regiones capitalinas durante el último siglo. Desde 1980, las regiones capitalinas de Europa han ganado peso. Esto no se debe al desarrollo relativamente particular de Alemania y Berlín (ni al de ninguna de las demás observaciones, que hemos sometido a pruebas).

Figura 3 Proporción de las regiones capitalinas en el PIB de la muestra a lo largo del tiempo (con y sin Berlín, DE30)

Image: Rosés y Wolf (2018)

A diferencia de la estabilidad de las regiones capitalinas, entre las regiones industriales de Europa hay mucha variedad. Algunas de las antiguas regiones industriales europeas lograron mantener su posición y riqueza industrial, entre ellas Cataluña (ES51), Lombardía (ITC4) y el norte de Württemberg, en torno a Stuttgart (DE11). Estas regiones siempre han dependido menos de los recursos carboníferos y de la industria pesada, y se han especializado más en la fabricación de maquinaria y vehículos. En cambio, algunas regiones que antes eran ricas se han quedado muy rezagadas. Un ejemplo llamativo es la región de Hainaut, en Bélgica (BE32), que en 1900 se encontraba entre las zonas más ricas de Europa. Hoy está entre las regiones más pobres de la UE. Si clasificamos todas las regiones según su PIB per cápita en 1900 y 2010, Hainaut pasó del puesto 7 de 173 en 1900 al puesto 153 en 2010. Otras regiones europeas corrieron una suerte similar, entre ellas todas las demás partes de Valonia, Gales en el Reino Unido, Haute-Normandie (FR23) y Nord-Pas-de Calais (FR30), en el norte de Francia, y las regiones sajonas de Alemania oriental.

¿Qué ocurrió? Llamamos a estas regiones «perdedoras industriales» porque todas se caracterizaban por una proporción muy elevada de la industria, especialmente de la industria pesada y la minería, en el empleo regional total. En términos empíricos, la proximidad a los yacimientos de carbón era una ventaja para el desarrollo económico en 1900, pero se convirtió en una carga después de la década de 1960. En general, la proporción de la industria en el empleo total alcanzó su máximo en torno a 1970 y empezó a disminuir a partir de entonces. Los antiguos centros de modernización comenzaron a quedarse rezagados, tanto en ingresos medios como en población, lo que provocó una caída de los precios inmobiliarios y de la riqueza en esas regiones. El motor de todo ello fue lo que Baldwin (2016) denominó la «segunda desagregación»: la combinación de la caída de los costes comerciales (por ejemplo, debido a la contenerización), la reducción de los costes de comunicación y el aumento de los salarios reales en la década de 1970 impulsó una nueva división mundial del trabajo. Europa (junto con Estados Unidos, Japón y otros países de la OCDE) perdió empleo industrial en favor de los países en desarrollo, mientras aumentaba el empleo en servicios comercializables. Por ejemplo, se disparó la proporción de los servicios financieros en el valor añadido. Esto, a su vez, benefició a las regiones que albergaban las sedes de grandes bancos, compañías de seguros y bolsas de valores, que por lo general eran regiones capitalinas.

Otra perspectiva sobre este fenómeno es la cohesión espacial, es decir, la cuestión de hasta qué punto se parecen entre sí las regiones vecinas en cuanto a sus niveles de ingresos. Una forma relativamente sencilla de medirla es el índice I de Moran, que se muestra en la figura 4. Aplicado al PIB per cápita, nuestra variable de interés, este estadístico mide la suma de las diferencias entre todos los pares de regiones en cuanto a sus desviaciones respecto al PIB per cápita medio, ponderadas por las distancias entre ellas. En muestras grandes, el valor esperado bajo la hipótesis nula de que no hay autocorrelación espacial entre las regiones se aproxima a cero. Si esta medida es grande en comparación con el valor esperado, decimos que una región presenta «autocorrelación espacial positiva», lo que indica que las regiones cercanas tienden a registrar valores similares de PIB per cápita. Mostramos una versión estandarizada de esta medida (las llamadas puntuaciones z).

Figura 4 I global de Moran (puntuaciones z), 1900-2010

Image: Rosés y Wolf (2018)

Parece haber una creciente desconexión espacial, con una tendencia a largo plazo que se ha intensificado recientemente. Algunas regiones crecen con dinamismo, mientras que otras se estancan y se quedan rezagadas. Hay islas de prosperidad en un mar de estancamiento.

¿Debería preocuparnos el retorno de la desigualdad regional? Al fin y al cabo, deberían importarnos las personas, no las regiones como tales. Pero el rápido deterioro de zonas de Europa que antes eran prósperas puede socavar la paz social y la estabilidad política. En esas regiones, no solo salen perdiendo las personas pobres: los grupos de ingresos medios se enfrentan a la disyuntiva entre emigrar (con el riesgo de perder su identidad) y quedarse (con el riesgo de un mayor declive). O, dicho de otro modo, entre «salir» y «hacer oír su voz». A la luz de nuestras nuevas pruebas, vemos que esto forma parte de un cambio muy amplio y de largo plazo, y que probablemente lo impulsan las mismas fuerzas que explican el aumento de la desigualdad de los ingresos personales. Hay que abordar tanto la desigualdad personal como la regional; de lo contrario, veremos una reacción populista aún mayor.

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