Es un patrón que hemos visto a lo largo de la historia, desde las barricadas francesas hasta la plaza Tahrir: primero llega la revolución, en la que caen líderes masculinos que antes tenían mucho poder y se cuestionan injusticias aceptadas desde hace mucho tiempo. Luego llega la represalia, cuando se castiga a quienes se atrevieron a impulsar el cambio y se les vuelve a poner en su sitio.
Eso es lo que algunos observadores temen que esté ocurriendo con el movimiento #MeToo, la revolución feminista que ha contribuido a llamar la atención sobre la prevalencia del acoso y las agresiones sexuales. «Ya he oído rumores de una reacción en contra», advirtió a principios de este mes Sheryl Sandberg, directora de operaciones de Facebook, en una publicación anterior.
Si solo echas un vistazo a los titulares, probablemente pensarás que estos temores son exagerados. Al fin y al cabo, cada día surgen nuevas acusaciones contra celebridades masculinas conocidas (y a veces muy queridas). En todo caso, parece que #MeToo está cobrando impulso, no perdiéndolo. Lo que empezó en Hollywood ahora se ha extendido a sectores y países muy alejados de la meca del cine.
Fuera del foco de los medios, las cosas —o al menos las actitudes— también parecen estar cambiando para mejor. En 2016, una encuesta entre votantes estadounidenses reveló que solo el 30% de los encuestados consideraba que el sexismo era un problema «grave» en la sociedad estadounidense. Cuando se planteó la misma pregunta a los votantes un año después, esa cifra había subido al 44%.
Por supuesto, por prometedor que sea todo esto, sigue siendo solo un pequeño paso en la dirección correcta. «Sin duda, este es un momento decisivo para empoderar a las víctimas y animarlas a hablar y compartir sus historias», sostuvo Sandberg en su publicación de Facebook. «Pero no basta. Necesitamos cambios sistémicos y duraderos que disuadan las conductas indebidas y protejan a todos, desde los profesionales que ascienden en la escala corporativa hasta los trabajadores en puestos mal remunerados, que a menudo tienen poco poder».
Esto plantea dos preguntas importantes. ¿Cómo puede este movimiento de protesta en línea generar un cambio social real? ¿Y qué políticas harán falta para lograrlo?
Por suerte, los expertos tienen algunas ideas.
De lo digital a lo presencial: lecciones de Black Lives Matter
Los activistas tienen un historial desigual en lo que respecta al uso de internet para impulsar cambios en el mundo real. Como escribió Hayley Tsukayama en The Washington Post, movimientos que empezaron en línea como Occupy Wall Street y la Primavera Árabe «no fueron fracasos rotundos», pero sí quedaron muy «por debajo de las expectativas de muchas personas».
Sin embargo, si hay un movimiento que ha demostrado tener capacidad de permanencia, es Black Lives Matter, un grupo activista nacido en las redes sociales que hace campaña contra la violencia y el racismo sistémico hacia las personas negras. Deen Freelon, profesor asociado de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, ha investigado al grupo y cómo fue más allá de un hashtag. Cree que varios factores explican su éxito.
En primer lugar, el grupo adoptó un enfoque basado en datos para abordar el problema que quería resolver. «Black Lives Matter ha tomado la iniciativa de recopilar datos para respaldar su causa», explica Freelon. «Los activistas han reunido datos sobre cuestiones como el contenido de los contratos policiales y las leyes y políticas más eficaces para reducir la violencia policial».
Ese primer paso les permitió dar el segundo: definir objetivos concretos y específicos en torno a los cuales pudieran unirse todas las personas involucradas. Campaign Zero, una iniciativa derivada de Black Lives Matter, «tiene una lista de 10 reformas de políticas que respalda, todas fundamentadas en investigaciones», afirma Freelon.
Si las mujeres que están detrás de #MeToo quieren llevar el movimiento en línea al mundo real, deberían plantearse hacer algo parecido. «Tienen que determinar qué datos les importan y cómo conseguirlos», aconseja Freelon. Una vez que los tengan, «deben especificar con mucha claridad qué quieren lograr», dice. «Ya se trate de cambios legislativos, institucionales, culturales o de los tres tipos, #MeToo debe definir sus objetivos de forma mensurable para poder evaluar eficazmente el éxito».
Políticas que realmente previenen el acoso sexual
Entonces, ¿qué políticas permitirían acabar con el acoso sexual? Muy pocas de las que están actualmente en vigor.
Pensemos en las formaciones contra el acoso, que más del 90% de las grandes empresas estadounidenses exigen que realice su personal. Aunque pueden ayudar a proteger a las empresas frente a demandas, hacen poco por reducir el problema. De hecho, podrían estar teniendo el efecto contrario. «Los hombres que obtienen una puntuación alta en una escala psicológica de probabilidad de acosar a mujeres salen de la formación con actitudes significativamente peores hacia el acoso y creen que no es para tanto», sostiene el profesor de Harvard Frank Dobbin.
Sin embargo, la investigación de Dobbin ha identificado dos medidas que reducirían el acoso sexual, al menos en el lugar de trabajo. Primero, contratar a más mujeres. «En los sectores y lugares de trabajo donde las mujeres están bien representadas en los puestos centrales, es mucho menos probable que se produzca acoso», afirma Dobbin. «Centrales» significa hacer algo más que contratar a muchas mujeres como secretarias en una empresa tecnológica y luego afirmar que existe paridad de género. En este ejemplo concreto, también habría que asegurarse de que el departamento de ingeniería no esté compuesto exclusivamente por hombres.
Una vez que las empresas hayan contratado a más mujeres, ¿qué sigue? Empezar a promoverlas a puestos de liderazgo. «Reducir las diferencias de poder puede ayudar, no solo porque es menos probable que las mujeres acosen que los hombres, sino también porque su presencia en la dirección puede cambiar la cultura laboral», afirma Dobbin.

En cambio, demasiadas empresas se conforman con aplicar lo que Dobbin denomina medidas «cosméticas»: pequeñas iniciativas que quedan bien en los comunicados de prensa, pero no abordan las causas profundas del acoso sexual.
Mientras tanto, la proporción de mujeres líderes en diversos sectores ha aumentado al lento ritmo de apenas un 2% al año desde 2007, según el último Informe Global sobre la Brecha de Género. Son problemas persistentes como este en los que tendrán que centrarse los activistas de #MeToo si quieren erradicar el acoso sexual en el trabajo.
Próximos pasos para la revolución feminista
No sería justo decir que #MeToo es «solo un movimiento en las redes sociales», como han sostenido los críticos del activismo de sofá.
Poco más de tres meses después de que las mujeres empezaran a usar masivamente el hashtag para compartir sus historias, este movimiento en línea ha propiciado cambios en el mundo real, señala Lisa-Maria Neudert, investigadora del Instituto de Internet de Oxford. «#MeToo ya es un movimiento exitoso, pues ha empoderado a las víctimas de acoso sexual y conductas misóginas para que hablen, ha impulsado una conversación pública sobre el tema y ha obligado a varios hombres a responder públicamente por sus faltas e incluso a dimitir», afirma.
Pero, por importante que sea que las mujeres dispongan de una plataforma para compartir sus historias, Twitter solo puede llevarnos hasta cierto punto. Por un lado, aunque puede ayudar a las celebridades a llamar la atención sobre sus propias dificultades y las de otras personas, las mujeres que trabajan en sectores menos glamurosos y con menor visibilidad siguen luchando por hacerse oír.
Quienes han encabezado esta campaña pueden sentirse orgullosos de lo que han logrado en tan poco tiempo, pero no deben hacerse ilusiones: lo más difícil aún está por llegar. Hasta la victoria siempre, señoras.

