Las mujeres todavía no están plenamente representadas en la educación superior de Kenia y Sudáfrica, pese a los cambios legislativos y normativos de los últimos años. Esta incapacidad del sector educativo para aprovechar y desarrollar el talento de las mujeres limita su capacidad de contribuir de manera significativa a la sociedad.
Las constituciones de ambos países garantizan a cada ciudadano el derecho a la educación, independientemente del género, el sexo o la clase social. La educación superior, en particular, tiene un gran valor para el bien público. Es fundamental para el desarrollo de las personas y las naciones.
Pero sigue existiendo un desarrollo desigual entre los géneros. En Kenia y Sudáfrica, las mujeres todavía tienen dificultades para acceder a las instituciones de educación superior. También les cuesta tener éxito en carreras relacionadas con ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM), así como avanzar hacia estudios de posgrado.
Abordo esta cuestión en mi artículo de investigación. Me centré en Kenia y Sudáfrica porque ambos países cuentan con marcos jurídicos progresistas. Mi objetivo era averiguar cómo se traducían esos marcos progresistas en oportunidades reales para las mujeres.
Mi estudio concluyó que, aunque ambos países tienen políticas progresistas que apoyan la igualdad y la equidad de género, la realidad sobre el terreno es distinta. La educación superior sigue excluyendo a muchas mujeres, en particular a las de comunidades marginadas.
En ambos países se han promulgado políticas progresistas, como las de igualdad de género y las cláusulas de equidad. Sin embargo, persisten los desequilibrios de género en las instituciones públicas de educación superior en cuanto al rendimiento, las tasas de finalización, las áreas de estudio y la matrícula en estudios de posgrado.
Las dificultades que afrontan las mujeres, especialmente las mujeres negras, en la educación superior son una continuación de las condiciones sociales en las que viven. Entre ellas figuran la pobreza, el racismo, la ubicación geográfica y las culturas institucionales que aún presentan sesgos de género y sexismo.
La situación en Sudáfrica
En las instituciones de educación superior de Sudáfrica, la desigualdad sistémica de género se manifiesta en matrículas desequilibradas, la elección estereotipada de carreras y escasas oportunidades de progresión profesional.
Históricamente, las mujeres negras sudafricanas sufrieron la «triple marginación», provocada por la raza, el sexismo y la clase social.
Una de las consecuencias fue que muy pocas personas negras tuvieron acceso a la educación superior, pese a constituir el 70% de la población. Antes de 1994, los estudiantes negros, tanto hombres como mujeres, representaban el 9% del total de matrículas en la educación superior. El sistema del apartheid, respaldado por un orden político dominado por los hombres, dificultaba que las mujeres negras pudieran acceder a la educación y participar en ella de manera significativa.
La agenda de reforma democrática de Sudáfrica posterior a 1994 abordó la marginación por motivos de género mediante leyes y políticas. La acción afirmativa se formalizó a través de nuevas leyes destinadas a permitir que los grupos antes marginados accedieran a carreras como medicina e ingeniería mediante un sistema de cuotas, además de mejorar el acceso general a la educación superior.
La situación en Kenia
Las mujeres y las niñas avanzan de forma sostenida en el sistema educativo keniano, pero siguen encontrando dificultades. Aunque el Gobierno de Kenia ha creado políticas que ofrecen igualdad de oportunidades a todos, ha prestado mucha menos atención a cómo se llevan esas políticas a la práctica.
La brecha de género en la educación primaria no es tan amplia como en la educación superior. Según los registros del Ministerio de Educación, del 85% del alumnado que pasa de la escuela primaria a la secundaria, el 30% continúa hacia la educación superior. Las mujeres representan apenas un tercio del total de matrículas.
Durante décadas, las mujeres kenianas han estado al margen del poder. Esto puede atribuirse a una educación de menor calidad, la falta de oportunidades, el sexismo, la ignorancia y prácticas culturales degradantes que las relegaron a espacios privados.
La desigualdad de género no se limita a la educación superior. Atraviesa todos los ámbitos y niveles de la vida y el aprendizaje.
Por ejemplo, las niñas tienen más probabilidades de abandonar la escuela que los niños debido a factores como la pobreza, los entornos de aprendizaje inseguros, el alto costo de la educación y las largas distancias hasta los centros educativos. Estos factores también afectan a los niños, pero generan riesgos adicionales para las niñas, como embarazos precoces y abuso sexual.
Otros desafíos son la carga de las tareas domésticas y las responsabilidades familiares que se asignan a las niñas.
Como resultado, hay menos niñas que niños matriculados en las escuelas primarias y secundarias, y menos reúnen los requisitos para acceder a la educación superior. Esto limita su acceso a futuras oportunidades laborales.
Restablecer el equilibrio
En ambos países, los mecanismos jurídicos y las intervenciones normativas han dado a las mujeres un mejor acceso a la educación superior. Pero sigue habiendo motivos de preocupación. Es necesario mejorar las tasas de transición y finalización, equilibrar los campos de estudio y garantizar la equidad en la progresión laboral.
Además, los gobiernos deben abordar las causas profundas de la marginación.
Para empezar, los gobiernos de Kenia y Sudáfrica deben combatir la pobreza y hacer cumplir los derechos de las mujeres. Después, es necesario cambiar la manera en que la sociedad piensa sobre el trato que dispensa a las mujeres.
Además, las instituciones de educación superior deberían replantearse sus estrategias y objetivos normativos para garantizar que las mujeres se beneficien de las reformas. Por su parte, las ONG y las instituciones educativas pueden hacer más para combatir la violencia de género, garantizar espacios de aprendizaje seguros y educar a las comunidades sobre las prácticas culturales peligrosas que promueven el sexismo y la marginación de las niñas y las mujeres.
El cambio es posible si todas las partes interesadas trabajan juntas armonizando sus programas.
