En todo el mundo, los efectos de la alarmante desigualdad económica se están extendiendo a la política y a la sociedad. La inseguridad económica es una fuerza impulsora de los conflictos violentos en Oriente Medio y del auge de elementos fascistas en algunos países europeos, sobre todo Hungría y Polonia. Incluso en democracias más antiguas, como Estados Unidos, la marginación económica ha propiciado el fortalecimiento de identidades chovinistas y supremacistas, así como otros problemas sociales, como la epidemia de opioides.
Estas tendencias llevan en marcha algún tiempo. Pero, según Branko Milanovic de la City University of New York, se produjo un gran cambio entre 1988 y 2008. Durante este periodo de «alta globalización», los dos segmentos del mundo que obtuvieron ganancias fueron el 1% más rico de los países ricos y pobres y la clase media de unos pocos países asiáticos, concretamente China, India, Indonesia, Tailandia y Vietnam. Mientras tanto, el Banco Mundial ha demostrado que 766 millones de personas (alrededor del 10% de la población mundial) seguían viviendo por debajo del umbral de pobreza extrema de 1,90 dólares al día en 2013.

Mucho se ha escrito sobre las políticas necesarias para rectificar este desalentador panorama. Sin embargo, voces poderosas tanto en países ricos como en desarrollo (e incluso, trágicamente, entre los pobres desinformados) afirman que las disparidades de ingresos actuales son justas porque son resultado de los mercados libres. Convencerlos de que apoyen intervenciones correctoras requerirá, por tanto, un análisis más profundo de la lógica y la moralidad subyacentes de la desigualdad.
Estaba pensando en esto mientras leía el magnífico libro de Chris Hughes Fair Shot: Rethinking Inequality and How We Earn. Hughes cofundó Facebook junto con Mark Zuckerberg y hoy, a la madura edad de 34 años, es asombrosamente rico. Su libro ofrece un conmovedor relato de su infancia en una pequeña localidad de Carolina del Norte, donde intentaba torpemente encajar con los «chicos blancos y ricos», de su posterior salida del armario como homosexual y de su buen rendimiento escolar, que le permitió ingresar en la Universidad de Harvard.
Hughes acabó compartiendo habitación con Zuckerberg, lo cual fue pura suerte. De hecho, gran parte de su libro trata del papel de la suerte en la determinación del éxito individual. Aunque el padre de Hughes le enseñó que hacer realidad el «sueño americano» es cuestión de salir adelante por el propio esfuerzo, Hughes acabó llegando a la conclusión contraria. «Mi éxito en Facebook —escribe—, me enseñó que acontecimientos aparentemente pequeños, como con quién eliges compartir habitación en la universidad, pueden tener un impacto desproporcionado en el resto de tu vida.»
La solución de Hughes al problema de la desigualdad es gravar a los ricos para garantizar un ingreso mínimo a las clases bajas y medias. Resulta alentador que al menos algunos de los individuos más ricos de Estados Unidos sean lo bastante honestos como para reconocer la injusticia del sistema, aunque hayan salido beneficiados de él.
Para entender la lógica y la moralidad de la desigualdad, merece la pena profundizar en lo que Hughes dice sobre la suerte. No es solo que una parte de su riqueza se deba a la suerte; más bien, toda ella se debe a la suerte. La suerte determinó que Hughes fuera lo bastante inteligente para entrar en Harvard y conocer allí a Zuckerberg. Asimismo, fue cuestión de suerte que Zuckerberg aprendiera programación en Atari BASIC de su padre cuando era niño.
Algunos intentan contrarrestar esto señalando que el trabajo duro también importa. Pero eso no viene al caso. Al fin y al cabo, que uno tenga o no una fuerte ética de trabajo es, en sí mismo, fruto de la suerte, porque depende de la composición genética, del entorno y de la educación recibida. Así pues, la primacía de la suerte como determinante de la riqueza significa que no existe ninguna justificación moral para la desigualdad económica.
Llegados a este punto, muchos radicales bienintencionados concluirán que, por tanto, debemos tener igualdad total. Pero el «por tanto» no es válido. Garantizar la equidad y la justicia es importante, sin duda, pero también lo es erradicar la pobreza y mejorar las oportunidades de la clase media. En las condiciones actuales, exigir una igualdad absoluta podría erosionar el incentivo para trabajar, lo que conduciría a un colapso económico generalizado. Ya hemos visto que esto ocurre con muchos experimentos sociales bienintencionados del pasado.
Tendremos que encontrar un equilibrio. La desigualdad actual, inaceptablemente elevada, exige intervenciones para mejorar la educación y la salud, así como una fiscalidad redistributiva como la que recomienda Hughes; pero también nos obliga a tolerar algunas disparidades de ingresos para que las personas y las economías sigan funcionando.
La propuesta de Hughes de un ingreso mínimo garantizado es un paso en la dirección correcta, pero sería un error considerarla la panacea. Por mor del argumento, supongamos que la mitad más pobre de la población no puede permitirse una vacuna que le garantizaría una buena salud básica. Se podría pensar que dar a todos un ingreso mínimo garantizado corregiría esta injusticia.
Pero ahora supongamos que solo hay suficiente cantidad de algún recurso esencial para producir vacunas para la mitad de la población. En este escenario, no importaría cuánto dinero se diera a la mitad más pobre de la población: el precio del fármaco seguiría subiendo hasta el punto de que solo la mitad más rica podría permitírselo. En condiciones de escasez, la única forma de garantizar un resultado justo sería adjudicar las vacunas mediante un sorteo.
La eficacia de un ingreso garantizado, por tanto, depende del equilibrio general subyacente de la economía. El escenario de la vacuna es solo un ejemplo del tipo de complicaciones que pueden surgir. Para que el plan de Hughes funcione, tendremos que identificar muchas más contingencias posibles y, a continuación, diseñar un sistema que las prevenga.
