Optimismo local y pesimismo nacional, o por qué todos estamos por encima de la media

Margaret Stewart sits at the window of her caravan holiday home, with Torness nuclear power station in the background, in East Lothian, Scotland May 23, 2007. The government on Wednesday set out radical plans to secure energy supplies and fight global warming, calling for new nuclear power plants, more renewables and also stressing key roles for businesses and individuals. REUTERS/David Moir (BRITAIN)
Local optimism coupled with national pessimism is a recurring theme in societies all over the world.Image: REUTERS/David Moir
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En Lake Wobegon, el pueblo estadounidense ficticio de Garrison Keillor, todos los niños están por encima de la media. Y la vida imita al arte, no solo en Estados Unidos ni solo entre los jóvenes. En encuesta tras encuesta, tanto en países ricos como pobres, la gente dice sentirse satisfecha con su vida familiar, feliz en los barrios donde vive y optimista respecto a su futuro personal. Esas mismas personas dicen a los encuestadores que sus países y el mundo se van al garete.

Así que, al parecer, los adultos también llevan vidas que siempre están por encima de la media.

Veamos algunos ejemplos. Según la encuesta del Eurobarómetro, alrededor del 60 % de las personas prevé que su situación laboral se mantendrá igual, mientras que el 20 % espera que mejore. Sin embargo, la mayoría de la gente espera sistemáticamente que la situación económica de su país empeore o se mantenga igual. Las expectativas sobre los resultados individuales apenas cambian con el tiempo, mientras que las relativas al desempeño económico nacional empeoran durante las recesiones y mejoran en los períodos de auge, tal como cabría esperar.

Image: Our World In Data

Este fenómeno no se limita a Europa. La encuesta CEP, la encuesta de opinión más respetada de Chile, lleva planteando preguntas similares desde 2004, con resultados igual de desconcertantes. La proporción de personas que dicen estar satisfechas con su situación económica personal siempre es mayor que la de quienes están satisfechos con el estado de la economía nacional. Y la brecha entre ambos indicadores ha crecido rápidamente desde 2010.

El enigma no se limita a la economía. Bjørn Lomborg señala que, en muchos países, la proporción de pesimistas sobre el estado del medio ambiente mundial es muy superior a la de quienes lo son sobre el medio ambiente local o nacional. Se observan resultados similares cuando los encuestadores preguntan por la magnitud de la pobreza, el consumo de drogas o la prevalencia de la delincuencia.

El fenómeno está tan extendido que el economista de la Universidad de Oxford Max Roser le ha puesto nombre: «optimismo local y pesimismo nacional». ¿Qué lo explica?

Desde Aristóteles, muchos filósofos han sostenido que los seres humanos prosperan cuando forman parte de comunidades unidas, imbuidas de sólidas normas de virtud cívica. Pero, según Jean-Jacques Rousseau, el primer crítico del capitalismo, los mercados fomentan la codicia, hacen que esos vínculos se rompan y separan a las personas de sus semejantes. No es de extrañar, entonces, que cuando los vecinos miran más allá de sus cercas, no les guste lo que ven. La satisfacción individual y la sensación de que la sociedad es hostil pueden coexistir, y de hecho lo hacen.

Los sociólogos clásicos plantearon algo parecido. La modernización arrancó a las personas de sus comunidades tradicionales y estrechamente unidas y las arrojó al anonimato de las ciudades en proceso de industrialización: de ahí la famosa distinción de Ferdinand Tönnies entre Gemeinschaft y Gesellschaft. Aunque prosperaran, las personas tendían a sentirse alienadas de la sociedad en su conjunto y a ser pesimistas respecto a ella; sufrían lo que Émile Durkheim llamó anomia.

Por último, aunque no por ello menos importante, varios psicólogos y neurocientíficos —entre ellos, la más conocida es Tali Sharot, del University College de Londres— sostienen que el cerebro humano está predispuesto al optimismo. La salvedad es que este sesgo innato solo se aplica al futuro de cada persona, no al de su país ni al del planeta, por lo que puede surgir una brecha de forma natural.

Todas estas ideas invitan a la reflexión. Y probablemente contienen más que un atisbo de verdad. Pero, si se cree que la brecha entre el optimismo individual y el pesimismo nacional está creciendo —y así es—, hay que señalar factores que hayan cambiado recientemente para explicar ese aumento. La anomia provocada por la modernización o los sesgos psicológicos innatos, por sí solos, no bastan para explicarlo, porque existen desde hace mucho tiempo.

Una pista proviene de la observación de que, según estudios, la brecha es mayor entre quienes están más expuestos a los medios informativos. Y los medios —sin duda, las redes sociales— tienden a destacar lo sombrío y lo truculento por encima de lo alegre y lo sublime. Las buenas noticias no son noticia, suelen murmurar los directivos de los medios. Y basta un minuto en Twitter o en las noticias por cable para confirmar el viejo dicho: «Si hay sangre, vende».

A esto se suma un segundo sesgo psicológico del que hablan los neurocientíficos: como nuestra especie ha evolucionado para protegerse del peligro, tendemos a ser más sensibles a las malas noticias. Reaccionamos con más intensidad ante imágenes de niños que pasan hambre que ante informes sobre la mejora de los niveles de nutrición en África. Y, por supuesto, tendemos a recordar esas imágenes horribles durante mucho más tiempo.

Un hombre que lleva mucho tiempo entendiendo todo esto es Donald Trump. ¿Recuerdan el discurso que pronunció en la Convención Nacional Republicana, en el que describió una nación asolada por «la pobreza y la violencia en el país, y la guerra y la destrucción en el extranjero»? Esa misma noche arremetió contra el legado de Hillary Clinton, al que calificó de «muerte, destrucción y debilidad».

«Un poco de exageración nunca viene mal», explicó Trump en El arte de la negociación, y sus compañeros populistas están de acuerdo. Puede que Viktor Orbán, de Hungría, y Nicolás Maduro, de Venezuela, no hayan leído a Rousseau ni consultado el último artículo de neurociencia, pero captan la idea: no importa lo que la experiencia cotidiana de la gente en casa y en el trabajo indique; basta con repetir que las élites empresariales, los inmigrantes o los extranjeros están empeorando las cosas —¡mucho!— y, tarde o temprano, los votantes te creerán.

Esa es una de las razones por las que el populismo es tan peligroso, y por las que ni siquiera lugares idílicos como Lake Wobegon son inmunes a él.

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