Entre 1790 y 1870, las niñas de Estados Unidos pasaron del analfabetismo a superar a sus compañeros varones en la escuela
Desde las falsas acusaciones de que aprender álgebra perjudicaría su capacidad reproductiva hasta las clases diferenciadas por género, esta es la historia de las mujeres en la educación
Con tantas jóvenes que sobresalen en los estudios, la educación se está feminizando y los chicos se están quedando atrás. O al menos, esa es la queja habitual hoy en día, quizá más conocida por el artículo que Hanna Rosin escribió en 2010 para The Atlantic, «El fin de los hombres». Lo cierto es que este fenómeno se remonta al menos 150 años, como explican el historiador de la educación David Tyack y la politóloga Elisabeth Hansot en la revista Educational Researcher.
Tyack y Hansot escriben que, durante la primera mitad del siglo XIX, aumentó enormemente la presencia de niñas en las escuelas primarias públicas. En 1790, la probabilidad de que los hombres supieran leer y escribir era aproximadamente el doble que la de las mujeres en Estados Unidos. Pero para 1870, las niñas ya superaban a los niños en las escuelas públicas. En aquel momento, el cambio no fue objeto de mucho debate nacional. En cambio, las juntas escolares locales y las familias empezaron discretamente a admitir niñas en escuelas comunes que hasta entonces solo habían atendido a niños, un proceso que el reformador educativo Horace Mann llamó «colar a las niñas».
El debate sobre la «coeducación» —y la propia palabra— surgió recién en la década de 1850. Tyack y Hansot escriben que esto estaba directamente relacionado con la creciente mezcla de niños de distintas clases y grupos étnicos en las escuelas urbanas. Un informe de la época sugería que las escuelas segregadas por género podían servir para proteger a las niñas (presumiblemente blancas, nacidas en el país y de clase media) de las «agresiones groseras» de niños de clases sociales inferiores. Estas quejas tuvieron poco efecto. Sin embargo, la coeducación pronto despertó otros temores en la opinión pública. Las niñas empezaron a superar ampliamente en número a los niños en la enseñanza secundaria, y las mujeres llegaron a «monopolizar» los puestos docentes, especialmente en las ciudades.
Esto provocó una creciente preocupación por que las mujeres usurparan el papel de los hombres. El éxito escolar de las niñas dificultó que los tradicionalistas siguieran sosteniendo sus viejos argumentos de que las mujeres eran intelectualmente incapaces. En su lugar, empezaron a recurrir a nuevas afirmaciones según las cuales la educación perjudicaría la salud y la capacidad reproductiva de las mujeres. Por ejemplo, el fisiólogo Edward H. Clarke expuso un argumento muy difundido contra la admisión de mujeres en Harvard, basado en la idea de que la energía necesaria para aprender materias como el álgebra se desviaría de otros sistemas corporales y dañaría sus ovarios.
Mientras tanto, escriben Tyack y Hansot, la prensa popular empezó a advertir de un «problema de los chicos». Al señalar que era más frecuente que los niños repitieran curso y menos probable que terminaran la primaria o continuaran hasta la secundaria, los críticos afirmaban que un sistema educativo dominado por mujeres no se adecuaba a la energía masculina. Un profesor de Columbia escribió que era «poco menos que monstruoso que los chicos durante [la adolescencia] reciban casi todos sus impulsos intelectuales y morales de las mujeres».
Los administradores escolares buscaron maneras de responder a estas quejas. Sin embargo, en general consideraban que aplicar la segregación por género era poco práctico e indeseable. Contratar a más profesores hombres parecía una opción atractiva, pero pocos estaban dispuestos a trabajar por los bajos salarios que ofrecían las escuelas. Finalmente, a principios del siglo XX, muchas escuelas optaron por crear nuevas clases diferenciadas por género. Los chicos recibían clases de formación profesional, mientras que las chicas cursaban economía doméstica y secretariado. Las clases separadas de educación física hacían hincapié en las preocupaciones sobre la salud y la biología de las mujeres, mientras animaban a los chicos a realizar actividad física intensa.
Como podemos ver hoy, estos cambios no lograron disipar de forma permanente la preocupación por el éxito relativo de las niñas en la escuela.

