El sesgo de género es un problema generalizado en todo el mundo que limita el acceso de mujeres y niñas a la educación, la atención sanitaria y las oportunidades económicas.
Cuantificar el sesgo de género es un paso importante para acelerar la igualdad de mujeres y niñas.
El Índice de Normas Sociales de Género (GSNI) del PNUD cuantifica cómo las normas sesgadas pueden generar brechas en la educación, los salarios y otros ámbitos.
La mayoría de las calles de Europa llevan nombres de personas, a diferencia de las de la mayoría de las ciudades de Estados Unidos, «donde las calles no tienen nombre», al menos según la canción homónima. Sin embargo, las calles europeas llevan abrumadoramente nombres de hombres, lo que refleja hasta qué punto los sesgos de género están profundamente arraigados en las sociedades europeasdesde hace cientos de años. ¿Están también generalizados en otras regiones estos sesgos contra la igualdad de género? ¿Y es posible cuantificarlos y observar cómo evolucionan?
Para responder a estas preguntas, el Informe sobre Desarrollo Humano 2019 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) presentó un Índice de Normas Sociales de Género (GSNI), cuyas estimaciones más recientes se publicaron a principios de este verano. El GSNI se basa en datos representativos de encuestas de la Encuesta Mundial de Valores, que reflejan creencias sesgadas sobre el género, como responder «sí» a preguntas como «¿son los hombres mejores líderes políticos que las mujeres?». El GSNI considera cuatro dimensiones: política, educación, economía e integridad física (figura 1).
Figura 1: Dimensiones e indicadores del Índice de Normas Sociales de Género
¿Qué revelan los resultados más recientes? Sorprendentemente, en 80 países y territorios que representan el 85 por ciento de la población mundial, cerca del 90 por ciento de las personas alberga al menos un sesgo contra la igualdad de género (figura 2). Y no hay diferencias sustanciales entre mujeres y hombres en estos sesgos, lo que refleja su arraigada naturaleza social.
Figura 2: Cerca del 90 por ciento de las personas tiene al menos un sesgo según los indicadores utilizados para elaborar el Índice de Normas Sociales de Género
Las normas sociales de género importan porque pueden perpetuar prácticas discriminatorias contra las mujeres, incluso cuando existen protecciones legales que las prohíben. Por ejemplo, un caso muy estudiado fue el efecto inicialmente limitado de dos leyes históricas sobre la igualdad de género en Estados Unidos (la Ley de Igualdad Salarial de 1963 y el Título VII de la Ley de Derechos Civiles de 1964). Tras aprobarse estas leyes, las diferencias salariales medias entre mujeres y hombres no se redujeron de inmediato, en parte porque las empresas, al menos al principio, optaron por contratar a menos mujeres.
Además de las protecciones legales, entre las medidas destinadas a reducir las desigualdades de género figuran permitir que las mujeres tengan un mayor control sobre los activos y reducir las brechas educativas. Históricamente, de hecho, había una relación entre las brechas de género en la educación y las brechas de ingresos, pero esa relación se ha debilitado (figura 3): aunque hoy las mujeres suelen tener tanta educación como los hombres o más, persisten las brechas de ingresos entre mujeres y hombres.
Figura 3: Se ha debilitado la relación entre las brechas de género en la educación y las brechas de género en los ingresos
Aunque la regresión de las brechas de género en los ingresos sobre las brechas de género en la educación arroja ahora un resultado cercano a cero, la regresión de las brechas de género en los ingresos sobre el GSNI muestra un coeficiente positivo estadísticamente significativo (figura 4).
Figura 4: Las normas sociales sesgadas siguen explicando las brechas de género en los ingresos
Las normas sociales sesgadas menoscaban los derechos de las mujeres y tienen consecuencias que van desde un rendimiento académico inferior al de los hombres (a veces porque no se utiliza un lenguaje neutral en cuanto al género en los exámenes) hasta una peor salud mental y bienestar (y las desigualdades estructurales de género podrían quedar incorporadas biológicamente como resultado de procesos acumulativos e iterativos de experiencias adversas). Esta injusticia manifiesta es sin duda la principal razón por la que debemos eliminar las normas sociales sesgadas, pero también es importante reconocer que las desigualdades de género perjudican a todo el mundo. Por ejemplo, estudios recientes muestran que los equipos con diversidad de género producen ideas científicas más novedosas y de mayor impacto. Además, el GSNI se utilizó para demostrar una asociación entre las normas sociales sesgadas por género y tasas más altas de mortalidad por enfermedades cardiovasculares en toda la población.
Por lo tanto, el esfuerzo por cuantificar las normas sociales sesgadas es crucial para reparar la injusticia contra las mujeres y las niñas, así como para mejorar el bienestar de nuestras sociedades en su conjunto. Es sorprendente que el GSNI muestre que cerca del 90 por ciento de las personas de todo el mundo alberga esos sesgos. Esto nos lleva de nuevo a los nombres de las calles en Europa. Una organización se tomó la molestia de examinar los nombres de 146.000 calles en 30 grandes ciudades de 17 países europeos. ¿Qué descubrió? Casualmente, que cerca del 90 por ciento de las calles que llevan nombres de personas están dedicadas a hombres. Y hay algo más: las parejas que presentan declaraciones de impuestos conjuntas en Estados Unidos ponen primero el nombre del hombre casi el 90 por ciento de las veces.
Ya sea en los nombres de las calles, las declaraciones de impuestos, la propiedad de activos o la composición de los órganos de toma de decisiones en todo el mundo, sacar a la luz los sesgos de género es solo el primer paso —aunque crucial— para combatir las disparidades. Después debemos asegurarnos de utilizar estos conocimientos para desmontar los sesgos de género y cambiar las normas sociales en favor de la igualdad de género.




