“Piensen en el mundo al que se enfrentó la jueza del Tribunal Supremo Sandra Day O’Connor cuando se graduó en la Facultad de Derecho de Stanford en 1952”. Cuatro economistas de la Universidad de Chicago y la Universidad de Stanford invitan a los lectores a reflexionar sobre los avances logrados desde entonces en un estudio fascinante (pdf). O’Connor era una de las únicas el 1 % de estudiantes de derecho que eran mujeres, y “a pesar de haber quedado en tercer lugar de su promoción, el único empleo del sector privado al que pudo acceder tras graduarse fue el de secretaria jurídica”.
Los autores sostienen que esto no solo fue injusto, sino también económicamente ineficiente. Es casi seguro que el hombre blanco al que se le dio un puesto de abogado en lugar de O’Connor tenía un peor desempeño en el trabajo que ella habría tenido. En consecuencia, ese despacho de abogados fue menos productivo y, como muchas otras firmas tomaron decisiones similares, la economía estadounidense salió perjudicada.
Durante el medio siglo siguiente, el país avanzó considerablemente en la reducción de las barreras que impedían a las mujeres y a las personas de color acceder a profesiones de alta cualificación y llegar a ser directivas. Por ejemplo, mientras que en 1960 el 94 % de los médicos y abogados eran hombres blancos, en 2010 esta cifra había bajado a algo más del 60 %. Por supuesto, aún queda camino por recorrer en materia de inclusión en el lugar de trabajo.
A medida que más Sandra Day O’Connor obtuvieron los empleos que merecían, la economía se benefició enormemente. En su estudio, los economistas de Chicago y Stanford realizan quizá el primer intento de cuantificar estos beneficios. Constatan que el mayor acceso de las mujeres y de las personas de color a empleos de alta cualificación explica alrededor del 25 % de todo el crecimiento económico entre 1960 y 2010; durante ese periodo, el PIB per cápita aumentó unas 2,5 veces. Sus conclusiones aún no se han publicado en una revista, pero han sido revisadas por destacados economistas en varios seminarios.
El estudio se basa en el hecho sencillo de que, si se asume que el talento se distribuye por igual entre géneros y razas, las únicas razones por las que los hombres blancos han dominado el trabajo altamente cualificado son las siguientes:
Los hombres blancos tenían mejor acceso a la educación
Los hombres blancos no sufrían discriminación por parte de los empleadores
Las mujeres y las personas de color no querían trabajos altamente cualificados
Los investigadores constatan que las dos primeras razones explican las diferencias en los resultados: el 80 % de las ganancias entre 1960 y 2010 se debe a la mejora de las oportunidades educativas para las mujeres y las personas de color, y el 20 % a la reducción de la discriminación por parte de los empleadores. La historia ha demostrado que la tercera razón es falsa. Cuando tuvieron la oportunidad, las mujeres blancas y las personas de color accedieron en masa a empleos altamente cualificados.
Estados Unidos todavía no asigna el talento tan bien como debería, y esto deja mucho crecimiento económico sin aprovechar. Por ejemplo, menos de una quinta parte de los directivos de alto nivel de las grandes empresas cotizadas en bolsa de Estados Unidos son mujeres. Solo 24 de los consejeros delegados de las empresas de la lista Fortune 500 son mujeres, y solo tres son negras. Los investigadores calculan que, si el acceso a la educación fuera plenamente equitativo entre grupos y la discriminación desapareciera, el PIB per cápita de Estados Unidos crecería otro 15-20 %, lo que beneficiaría a todos.
