Este artículo forma parte de la plataforma de Geoestrategia del Foro Económico Mundial
Hace unos años, una mujer de unos sesenta años que vivía a las afueras de Banda Aceh, en Indonesia, me contó la violación y otras torturas que había sufrido durante el conflicto entre el Movimiento Aceh Libre y el Gobierno.
Además del trauma psicológico, su cuerpo seguía padeciendo dolores físicos persistentes. Muchos años después, aunque el conflicto abierto había terminado, todavía no había recibido atención sanitaria integral ni apoyo.
En cambio, como tantas otras supervivientes de la violencia física y sexual, quedó atrapada en un círculo vicioso de aislamiento, cargando con el estigma y la vergüenza.
Durante una guerra y en el período inmediatamente posterior, es fácil olvidar a quienes no tienen voz o son invisibles en el espacio público. Sin embargo, innumerables informes muestran que, una y otra vez, las mujeres y las adolescentes corren mayor riesgo de sufrir violencia sexual y de género durante los conflictos y después de ellos, lo que pone en peligro su salud reproductiva.
Con las infraestructuras sanitarias destruidas y sin información sobre salud sexual y reproductiva, también pueden correr un mayor riesgo de morir por complicaciones relacionadas con el embarazo.
Más de la mitad de las muertes maternas del mundo se producen en países devastados por la violencia armada.
La muerte materna, cuando una mujer fallece durante el embarazo o en las semanas posteriores, y la morbilidad materna, los problemas de salud duraderos durante el embarazo y después de este, rara vez se mencionan cuando hablamos de los efectos de los conflictos mortales. Sin embargo, en las zonas afectadas por conflictos suele ser elevado el número de mujeres y niñas que mueren durante el embarazo o el parto, mientras que muchas padecen enfermedades crónicas. Más de la mitad de las muertes maternas del mundo se producen en países devastados por la violencia armada y en Estados frágiles.
Según estimaciones recientes, cuatro de los diez países con las tasas más altas de mortalidad materna afrontan conflictos mortales: la República Centroafricana, Nigeria, Sudán del Sur y Somalia. Dos corren el riesgo de sufrir violencia mortal o una guerra civil: la República Democrática del Congo y Burundi. Y otros tres han quedado marcados por guerras devastadoras: Sierra Leona, Chad y Liberia.
En Afganistán, pese a años de ayuda internacional, la razón de mortalidad materna sigue siendo de 396 muertes por cada 100.000 nacidos vivos o, según estudios recientes, posiblemente el doble. Cada contexto tiene sus propias dinámicas y una serie de factores sociales, culturales y económicos en juego. Sin embargo, al igual que las muertes en el campo de batalla, la mayoría de las muertes maternas se pueden prevenir.
De maneras que pueden pasar fácilmente inadvertidas, los conflictos pueden exacerbar patrones preexistentes de discriminación y desigualdad de género, y dejar a las mujeres y las niñas con pocas opciones para sobrevivir.
Ante dificultades extremas, algunas se ven obligadas a casarse jóvenes, lo que conlleva mayores riesgos para la salud, mientras que otras pueden optar por recurrir al sexo transaccional, quedando muy expuestas a la trata de personas, las infecciones de transmisión sexual y los embarazos no deseados.
Poco después de que termina un conflicto, las mujeres y las niñas también suelen sufrir niveles más altos de violencia de género y de pareja, lo que agrava las amenazas para su salud sexual y reproductiva.
En lugar de incorporar a las mujeres a los espacios de toma de decisiones, el fin del conflicto violento puede dejarlas al margen —sean combatientes, supervivientes o proveedoras económicas— e impedirles acceder a reparaciones en materia de salud sexual y reproductiva.
A medida que aumenta el número de conflictos en todo el mundo, cada vez más mujeres quedan atrapadas en campamentos para personas desplazadas, donde los servicios de salud, cuando existen, suelen retrasarse o interrumpirse, y los suministros de medicamentos y alimentos esenciales son limitados o llegan con poca frecuencia.
Como ilustró el informe de Crisis Group sobre Las mujeres y la insurgencia de Boko Haram en Nigeria, el acceso incluso a algunos de los servicios de salud más básicos puede verse gravemente limitado. Entre otras medidas, hemos pedido ampliar y mejorar los aspectos con perspectiva de género de los programas de ayuda en todas las zonas afectadas por Boko Haram.
Para las mujeres que viven en entornos afectados por conflictos, el parto puede ser una experiencia especialmente peligrosa y traumática.
Muchas tienen que dar a luz sin asistencia y en condiciones insalubres, lo que aumenta la probabilidad de sufrir un trauma, enfermedades físicas duraderas y la muerte.
En Sudán del Sur, un país devastado por años de guerra, al menos una de cada 28 mujeres probablemente morirá por una causa relacionada con el embarazo.
En entornos frágiles y afectados por conflictos, donde solo el 65% de los partos son atendidos por personal sanitario cualificado, los partos sin asistencia siguen siendo uno de los principales factores de la mortalidad materna.
Al no poder acceder a servicios de aborto seguro, muchas mujeres también recurren a métodos inseguros y potencialmente mortales para interrumpir sus embarazos.
En los últimos veinte años, los gobiernos, los actores humanitarios y miembros de la sociedad civil han logrado grandes avances para integrar la salud reproductiva en las respuestas humanitarias y los marcos jurídicos. Pese a estos avances, siguen existiendo muchas carencias.
Para seguir avanzando, debemos reconocer el desafío que representan las muertes maternas prevenibles en las zonas afectadas por conflictos y proporcionar información y servicios adecuados de salud sexual y reproductiva a mujeres y niñas de todas las edades.
Los gobiernos deben planificar cuidadosamente las respuestas a los conflictos para dar más voz a las mujeres. Desatender estas cuestiones puede alimentar nuevos abusos o prolongar el sufrimiento en Aceh, Nigeria y otras sociedades afectadas por conflictos.
El rostro oculto de la guerra, Isabelle Arradon, del International Crisis Group

