A sus 38 años, menos de dos años después de terminar un doctorado en economía, Carolina Alves está asumiendo un gran riesgo profesional.
Alves intenta desmantelar la sólida jerarquía de la economía, que ha creado un campo dominado por hombres blancos de países anglófonos. Trata de sacudir los cimientos de la economía dominante para que otras escuelas de pensamiento puedan ganar credibilidad e influencia a través de las grietas. A la larga, espera que se pueda construir un campo de estudio más diverso e inclusivo. En marzo, junto con otros nueve economistas, en su mayoría mujeres y en las primeras etapas de sus carreras, Alves creó la iniciativa llamada Diversifying and Decolonising Economics.
El objetivo de D-Econ, como ella la llama, es hacer que la economía esté «libre de discriminación, incluido el sexismo, el racismo y la discriminación por enfoque y geografía». Querer erradicar el sexismo y el racismo de una profesión no es un objetivo polémico. La Asociación Estadounidense de Economía (AEA), la institución más cercana a un órgano rector que tiene el campo (se fundó en 1885), está realizando esfuerzos similares.
Pero D-Econ va más allá. Su declaración de misión sostiene que la «composición homogénea» de la profesión económica es resultado de la «exclusión sistémica». No se trata solo de un problema de diversidad de género y racial: también falta diversidad de ideas, metodología y teoría. D-Econ afirma que todos estos problemas deben abordarse simultáneamente.
«Esto tendrá un coste para nuestras carreras», dice Alves, sentada en la sala común del departamento de economía de la Universidad de Cambridge, donde es investigadora y profesora. Por lo general, alterar el statu quo tiene consecuencias. En economía, la jerarquía mantiene el estatus y ofrece una estrecha escalera hacia el éxito. Solo tres integrantes de la junta directiva de D-Econ, compuesta por 10 personas, tienen un puesto académico permanente. «No dejamos de pensar en quienes estamos en el resto, en qué nos ocurrirá cuando empecemos a solicitar empleos», dice Alves. «Tenemos muy claro que vamos a asumir el riesgo».
El equipo de D-Econ no actúa en solitario. En los últimos meses ha surgido una oleada de jóvenes economistas decididos a cambiar de distintas maneras el rostro y la cultura de su campo, y dispuestos a correr el riesgo de alzar la voz para hacerlo. Les han sacudido las denuncias de acoso sexual, las pruebas de discriminación y la lentitud de las instituciones establecidas para reaccionar ante estas injusticias. A pesar de las dificultades de ser joven, mujer o persona de color en el campo, dicen que vale la pena intentar cambiar la economía por su potencial para remediar algunos de los desafíos más difíciles de la sociedad. Sostienen que, dado que los principios económicos influyen tanto en la formulación de políticas públicas, la economía dominante debería ser tan diversa como las poblaciones que estudia.
Examinar el problema
Las mujeres y las minorías están gravemente infrarrepresentadas en la economía. Para hacerse una idea del alcance de la discriminación, los prejuicios, el sexismo, el racismo y otros males relacionados, la AEA envió una encuesta a sus miembros actuales y anteriores para preguntarles sobre el clima laboral de la profesión. Respondieron más de 9.000 economistas, de unos 45.000 miembros habilitados que trabajan en departamentos académicos y otras instituciones de investigación. Los resultados iniciales se publicaron en marzo.
La mitad de las mujeres que respondieron a la encuesta dijeron haber recibido un tratoinjusto por su género, frente al 3 % de los hombres. Casi el mismo número de mujeres dijo que no había presentado ideas en el trabajo o había evitado intervenir en seminarios para prevenir posibles situaciones de acoso o «trato irrespetuoso». Entre los economistas negros que respondieron, solo el 14 % dijo estar de acuerdo con la afirmación «las personas de mi raza o etnia son respetadas en este campo». Los economistas gais y lesbianas también tenían más probabilidades de denunciar discriminación.

La encuesta también confirmó que el acoso sexual está alarmantemente extendido. Cientos de economistas dijeron que las habían tocado de maneras que las hicieron sentir incómodas. Ochenta y cinco economistas encuestadas dijeron haber sufrido agresiones sexuales por parte de un economista o un estudiante de economía. Estas mujeres dijeron que las habían «manoseado, besado o se habían frotado contra ellas»; que les habían quitado la ropa sin su consentimiento; o que las habían penetrado o habían intentado practicarles sexo oral.
La encuesta de la AEA es el primer examen amplio que la profesión hace de sí misma, pero solo la prueba más reciente de una extensa colección de investigaciones que atestiguan el sesgo de género y la marginación en el campo. Las investigaciones han demostrado que las economistas son penalizadas por ser coautoras de artículos, que sus investigaciones se someten a estándares más exigentes y pasan más tiempo en la revisión por pares, y que reciben evaluaciones docentes sistemáticamente más bajas que sus colegas hombres, debido a las evaluaciones de los estudiantes varones. Un estudio realizado por economistas de la Universidad de Chile y la Universidad de Boston concluyó que «en una amplia batería de medidas, los estudiantes de economía muestran más prejuicios que los estudiantes de otros campos».
La AEA respondió a su encuesta con una serie de medidas destinadas a reducir el acoso y la discriminación. Contrató a una persona mediadora para atender las quejas, adoptó una política formal contra el acoso y la discriminación e instituyó un proceso de evaluación previo a las elecciones y los nombramientos para cargos directivos bajo la jurisdicción de la AEA, a fin de excluir a quienes hubieran infringido el código de conducta. Un nuevo comité también anunció que trabajaba para introducir Callisto, una tecnología que se utiliza para identificar a reincidentes en agresiones sexuales y acoso.
Este ajuste de cuentas comenzó con un artículo de investigación escrito por Alice Wu y publicado en agosto de 2017, apenas dos meses antes de que The New York Times publicara la primera oleada de denuncias contra Harvey Weinstein y diera inicio al movimiento #MeToo. Cuando era estudiante universitaria en la Universidad de California, Berkeley, Wu examinó más de un millón de publicaciones en Economics Job Market Rumors, un popular foro de economía en línea, para mostrar el alcance del lenguaje misógino utilizado por los economistas.
Cuando The New York Times publicó un artículo en diciembre de 2018 con acusaciones contra Roland Fryer, un destacado economista de Harvard, por incurrir en «conductas de naturaleza sexual no deseadas» y crear un entorno laboral hostil para las mujeres, la economía ya no podía ignorar sus problemas.
Profundizar en el problema
Las ciencias, la tecnología, la ingeniería y otros campos basados en las matemáticas son famosos por sus desequilibrios de género. Pero la economía sigue destacando. Los avances para mejorar la representación de las mujeres van rezagados respecto de los de estas otras disciplinas, y la situación empeora. Una investigación de Donna Ginther y Shulamit Kahn determinó que las mujeres en economía tenían menos probabilidades de obtener la titularidad y tardaban más en conseguirla. En su investigación —que también analizó los campos de la estadística, las ciencias políticas, las ciencias de la vida, las ciencias físicas y la ingeniería—, la economía presentaba, por amplio margen, la mayor brecha de género en los ascensos.
El comité de la AEA sobre la situación de las mujeres en economía sigue la representación en el campo desde la década de 1970. Según afirma, tras dos décadas de mejora, las cifras se han estancado. El año pasado, el número total de mujeres que ingresaron en programas de doctorado fue el más bajo de este siglo, lo que consolidó la desigualdad en la profesión para los próximos años. Los esfuerzos por lograr que más mujeres y personas pertenecientes a minorías se incorporen al campo se han centrado mucho en iniciativas de mentoría; estas ayudan a crear vínculos personales, pero no corrigen las deficiencias estructurales del campo.
Para cambiar la cultura de la economía hará falta algo más que una política contra el acoso más estricta. Algunos sostienen que la raíz del problema está en el corazón mismo de lo que define a la economía: sus modelos.
La economía dominante utiliza estas herramientas fundamentales para comprender y simplificar el mundo. Se considera que parten de supuestos científicos, neutrales y objetivos. Los modelos que están en el núcleo de la economía no se ven afectados por distinciones de raza, género y otras características identitarias. En su lugar, las personas son agentes racionales que maximizan su utilidad. Muchos economistas creen que estos modelos permiten estudiar el mundo de manera objetiva, pero los crearon los hombres, en su mayoría blancos, que desarrollaron el campo. Por eso, algunas mujeres, en particular las que estudian economía feminista, creen que estos modelos ofrecen una perspectiva subjetiva y marcada por el género. Ese sesgo de género está inscrito en el ADN de la economía. Por ejemplo, ignorar el género no es objetivo desde la perspectiva de las mujeres. Este es otro ejemplo de los defectos de vivir en un mundo diseñado por hombres.
«Nuestra disciplina está sesgada por género en su definición, sus modelos y sus métodos».
Abordar el predominio de los hombres blancos en la economía no es solo una cuestión de justicia. El desequilibrio ha creado un entorno del que se acusa que asfixia intelectualmente al campo. En respuesta a la encuesta de la AEA, Julie Nelson, profesora de economía en la Universidad de Massachusetts Boston, escribió en EconSpark (un nuevo foro en línea creado por la AEA, que espera que sustituya a Economics Job Market Rumors) que el acoso sexual era solo una pequeña parte de los problemas del campo. «Las ideas de las mujeres, los temas especialmente relevantes para ellas y las metodologías que no son lo bastante “machistas” también suelen recibir un trato irrespetuoso en nuestra disciplina», escribió. «El resultado es que la economía es mucho menos precisa y objetiva de lo que tendemos a pensar y, además, no ve sus propios prejuicios».
Nelson retomaba un punto que había planteado en un ensayo presentado en las reuniones anuales de la AEA en Atlanta, en enero. Según escribió, se da preferencia a los mercados impersonales y la elección racional frente a las relaciones sociales y familiares; la autonomía y el comportamiento racional prevalecen sobre la interdependencia y las emociones. «En términos generales, nuestra disciplina está sesgada por género en su definición, sus modelos y sus métodos», señaló. «Estos favorecen ámbitos de la vida y aspectos del comportamiento humano asociados culturalmente con la masculinidad».
Cambiar el método
Las fundadoras de D-Econ dicen que el sesgo de género y la aceptación limitada de las metodologías están relacionados.
En Cambridge, Alves ocupa durante cinco años el puesto de investigadora Joan Robinson en economía heterodoxa, llamado así en honor a una economista influyente pero poco reconocida. Robinson, esposa del hombre cuyo nombre lleva el edificio del departamento de economía de Cambridge (Austin Robinson), realizó importantes contribuciones a la economía, entre ellas desarrollar la teoría de la competencia imperfecta en la década de 1930 y ayudar a perfeccionar y difundir las ideas de John Maynard Keynes. Robinson fue pasada por alto en varias ocasiones para el Nobel de Economía, y hasta 26 años después de su muerte una mujer recibió por primera vez el galardón: Elinor Ostrom, en 2009. Ostrom sigue siendo la única mujer que ha recibido esa distinción.
Además de su interés por la teoría económica marxista, Robinson y Alves comparten el interés por destacar las deficiencias percibidas de la economía dominante. Robinson solía criticar los avances de la economía, incluida su creciente matematización. En una ocasión dijo célebremente: «No sé matemáticas, así que me veo obligada a pensar».
La tendencia a depender cada vez más de las matemáticas no se detuvo. Esto preocupa a algunos de los economistas más conocidos de hoy, desde el economista jefe del Banco de Inglaterra hasta Janet Yellen, la primera mujer (y, hasta ahora, la única) en presidir la Reserva Federal de Estados Unidos. El año pasado, Yellen dijo que la economía da demasiado valor a los modelos matemáticos en su afán por convertirse en una ciencia más exacta en lugar de una ciencia social. «A mi juicio, esto constituye un grave sesgo metodológico que impide a la profesión ver fenómenos muy importantes», dijo Yellen en una conferencia en noviembre, según informó The Wall Street Journal.
Es cierto que muchos economistas de la corriente dominante son conscientes de que su campo tiene fallas. En la década transcurrida desde la crisis financiera, se han realizado esfuerzos concertados para corregir algunas de las deficiencias más graves, en particular en el análisis del sector financiero. Se ha cuestionado el homo economicus, el hombre racional utilizado en los modelos dominantes, y ha habido un crecimiento de la economía conductual que incorpora enseñanzas de la psicología. Sin embargo, hay poca conexión entre los esfuerzos de la corriente dominante por hacer que el campo sea más interdisciplinario o se centre más en resolver los males sociales como la desigualdad o el crecimiento ambientalmente insostenible, y las iniciativas para mejorar la igualdad de género y racial. Tampoco se han planteado muchos de quienes controlan el acceso cómo podrían complementarse estos dos objetivos.
Superar el sesgo metodológico es una parte importante de los objetivos de D-Econ, ya que el grupo busca desmantelar la jerarquía teórica del campo. La economía se divide en economía dominante (principalmente neoclásica) y economía heterodoxa; esta última incluye análisis económicos que parten de enfoques que van desde el marxismo hasta el feminismo, y cuyos estudios suelen relegarse a una posición inferior. (La economía heterodoxa es un amplio término paraguas, y algunas de sus ideas resisten el escrutinio mejor que otras.) Alves, defensora de la economía heterodoxa, dice que esta no se ajusta a la idea de que existe una sola manera óptima de hacer economía. Según explica, una de las diferencias entre la economía heterodoxa y los trabajos más convencionales es que aquella concede más importancia a las estructuras de poder.
Alzar la voz
D-Econ se fundó tras la reunión de la AEA de 2019 en Atlanta, en parte como respuesta a la insatisfacción con la forma en que la institución abordaba la falta de diversidad.
En la segunda mañana de las reuniones en Atlanta, hubo un panel titulado «¿Cómo puede la economía resolver su problema de género?», con Janet Yellen y otras economistas galardonadas. Sin duda, esto mostraba la seriedad con la que la AEA se tomaba el tema.
Durante dos horas hablaron de los cambios necesarios en la economía, en particular de la notoria agresividad de los seminarios. La mayoría dijo que rara vez había sufrido discriminación o acoso en primera persona. Hablaron de cómo los jóvenes economistas exigían cambios, pero esos jóvenes no estaban en el escenario. No se mencionaron las dificultades que afrontan las personas de color ni el reto interseccional de ser una mujer de color en la economía. Durante dos horas, las cinco panelistas conversaron entre ellas sin interactuar con el público; prueba de que cinco mujeres en un escenario no bastan siempre para garantizar la diversidad y la inclusión, por bienintencionadas que sean.
Un grupo de jóvenes economistas sí causó revuelo en las reuniones de la AEA, sin embargo. Unos días antes de que los economistas se reunieran en Atlanta, casi 400 estudiantes de posgrado y asistentes de investigación publicaron una carta abierta sobre la discriminación y el acoso en el campo, con ideas claras para «abordar los desequilibrios de poder que expulsan a personas con talento». La carta instaba a los departamentos universitarios a establecer mejores mecanismos para presentar quejas contra el personal sénior y afirmaba que el personal júnior no debería tener que depender de «redes de susurros» para protegerse. «Estamos cansados de que los líderes del campo se nieguen a ver los problemas que ocurren justo delante de sus narices», concluía la carta.
Al alzar la voz, cuestionaron la jerarquía de la economía y rechazaron una cultura de silencio y sufrimiento callado. Como dice Evelyn Smith, que cursa un doctorado en administración y economía en la Universidad de Michigan y es una de las coordinadoras de la carta: «Al principio de tu carrera, tu futuro en el campo depende de las opiniones de unas pocas personas: por ejemplo, quienes escriben tus cartas de recomendación para los estudios de posgrado y tus asesores… Muchos jóvenes de la profesión perciben, probablemente con razón, que alzar la voz sobre este comportamiento les costará la carrera».
Aunque el ambiente en la economía está cambiando, la fuerza del statu quo sigue siendo evidente. Setenta y siete de las personas que firmaron la carta —una quinta parte— prefirieron hacerlo de forma anónima.
Tanto si los jóvenes economistas acaban desarrollando su carrera en el mundo académico como en otro tipo de institución de investigación, por ejemplo, un banco central, todos se enfrentan al mismo camino hacia el éxito. Deben ingresar en un programa de doctorado y después entrar en un mercado laboral estructurado en busca de puestos de asistente de investigación y de posdoctorado. Incluso tras conseguir un empleo, hay conferencias, seminarios y colaboraciones que mantienen unidos los mundos académico e institucional de la economía. Existe la sensación de que una sola palabra desfavorable puede dañar tu carrera y que cualquiera podría asestar ese golpe definitivo.
Las dinámicas de poder en la economía reflejan patrones sociales más amplios. En la conferencia de la AEA, las mujeres de color brillaban por su ausencia en muchas de las sesiones organizadas sobre discriminación de género. Constituyen uno de los grupos más infrarrepresentados en la economía, si no el que más. Según los datos del comité de minorías de la AEA, de los más de 1.000 doctorados otorgados en Estados Unidos durante el año académico 2016-17, solo siete se concedieron a mujeres negras y apenas cuatro a mujeres hispanas.
«No se puede hablar de diversidad en una sola dimensión».
Anna Opoku-Agyeman, quien se graduó en mayo en la Universidad de Maryland, condado de Baltimore, y aspira a cursar un doctorado en economía, se ha esforzado por crear un espacio para mujeres como ella. Fundó el Sadie Collective, llamado así en honor a Sadie Tanner Mossell Alexander, la primera mujer afroestadounidense en obtener un doctorado en economía en Estados Unidos, en 1921. Opoku-Agyeman, que acaba de cumplir 23 años, coorganizó en febrero una conferencia en Washington D. C., concebida específicamente para destacar a las economistas negras y animar a más mujeres a incorporarse al campo.
Desde la década de 1960, organizaciones como el comité de la AEA y la Asociación Económica Nacional han intentado aumentar la representación de las minorías étnicas en la economía. Opoku-Agyeman afirma que hay que hacer más y de otra manera; por eso, tomó como modelo para el Sadie Collective a organizaciones inclusivas de base. «Sabíamos que teníamos que ser nosotras quienes impulsáramos el cambio», dice. En general, afirma, la profesión está pasando por un ajuste de cuentas en materia de género, pero no se ha dedicado la misma energía a la raza. «No se puede hablar de diversidad en una sola dimensión», dice.
Un mundo de posibilidades
Otra dimensión de la misión de D-Econ es descolonizar la economía mediante «el abordaje del eurocentrismo producido históricamente en nuestro campo y de su pretensión de neutralidad y universalidad». Alves creció en la década de 1980 en São Carlos, una ciudad a unas tres horas en coche de São Paulo, al inicio de un período de dos décadas de hiperinflación. Recuerda que acompañaba a su madre a las tiendas el día de cobro para comprar todo lo que necesitarían durante el mes y, si era posible, más tiempo, sabiendo que poco después los mismos productos serían mucho más caros. Su madre, muy crítica con el Gobierno, despertó su interés por la política. Alves obtuvo en Brasil sus títulos de grado y maestría en economía y sociología, cuando todavía no sabía hablar inglés.
«También estaba la cuestión del idioma», dijo Alves. «Me sentía limitada porque, en ese momento [después de la maestría], no podía leer en otro idioma». Antes de comprometerse con un programa de doctorado, Alves decidió mudarse al Reino Unido durante seis meses para aprender inglés. Los seis meses se convirtieron en 10 años. Alves ha impulsado que la descolonización sea una prioridad para D-Econ, aunque sabe que esto podría disuadir a algunas personas de unirse al grupo. Según dice, hace falta más diversidad geográfica para que las teorías económicas y sus recomendaciones de política reflejen adecuadamente las necesidades de distintas partes del mundo. «Nada es neutral», recalca. «Las teorías se producen socialmente. Reflejan ese contexto».
El primer paso de D-Econ es crear una base de datos de economistas heterodoxos y mujeres economistas. Quienes crearon el grupo creen que esta es la primera línea de defensa contra la exclusión de estos especialistas de las investigaciones y las conferencias. El siguiente paso consiste en elaborar directrices para las conferencias que mejoren la inclusión de las mujeres. Entre las medidas se encuentran una mejor financiación del transporte, ayuda con el cuidado infantil, horarios más compatibles con la vida familiar y la garantía de que quienes moderan concedan el mismo tiempo a todas las personas participantes del panel.
D-Econ también tiene previsto encuestar a revistas económicas para reunir datos sobre quiénes presentan artículos y si estos se rechazan o finalmente se publican. Las revistas académicas son un objetivo importante para muchas personas que reforman la economía. Se ha demostrado que publicar en las cinco principales revistas aumenta las probabilidades de obtener la titularidad. Esto ha llevado a centrarse en publicar en estas prestigiosas revistas, cuyos editores y responsables de decidir qué se publica rara vez cambian. Esto inhibe la creatividad: para progresar, las personas se especializan en las preferencias de un puñado de editores, mientras que los economistas cuyos estudios no se ajustan a lo que publican estas revistas se quedan atrás. En este caso, la economía podría usar una de sus propias herramientas —el estudio de los incentivos— para resolver uno de sus propios problemas.
Las directrices del sector, las cartas abiertas y las conferencias no parecen tácticas revolucionarias. Son, más bien, esfuerzos lentos y decididos por producir cambios duraderos. Su discreción también refleja el riesgo profesional que afrontan quienes los organizan. En lugar de un rechazo repentino o de una exclusión muy visible, las economistas, las personas de color, los economistas heterodoxos y otras personas marginadas pueden sufrir algo parecido a morir por mil cortes. Pueden tener dificultades para publicar en revistas de prestigio, ingresar en programas de primer nivel y lograr que sus superiores reconozcan sus intereses de investigación. Poco a poco, acaban en los márgenes del mundo académico, donde encuentran a otras personas como ellas, lo que refuerza un sistema fragmentado y estratificado.
Mientras los economistas de D-Econ cuestionan cuidadosamente la jerarquía de su campo, quizá les cueste ganar notoriedad. Pero vale la pena seguir sus intentos de reformar la economía desde dentro, aun con un riesgo personal considerable.
