Pocos eventos del deporte femenino generan más atención que la Copa Mundial de fútbol. Alrededor de 750 millones de personas vieron el último torneo y, en junio, Francia acogerá la edición de 2019, con la presencia de las defensoras del título, la selección de Estados Unidos.
Pero la batalla que libra el equipo estadounidense fuera del campo puede revelar más sobre el estado del fútbol femenino que su rendimiento en los partidos. En marzo, la plantilla presentó una demanda contra USA Soccer, el organismo rector del deporte en el país, alegando discriminación de género. La enorme brecha salarial entre las selecciones masculina y femenina –a pesar de que las mujeres superan de forma constante a los hombres y generan más ingresos – es solo un aspecto de la iniciativa legal.
La plantilla lucha por algo más que un aumento salarial. Sus integrantes desean un mayor apoyo para el desarrollo del fútbol juvenil, la promoción de este deporte y mejores vías para que las mujeres accedan a puestos de liderazgo internacional. Estos factores son fundamentales para el futuro éxito del deporte y para mejorar las oportunidades de que las niñas y las mujeres se beneficien de la participación.
Esta lucha va mucho más allá de un equipo, un deporte o un país. Forma parte de un movimiento mucho más amplio por la igualdad de derechos en todos los niveles del deporte, los derechos humanos y la política.
En febrero de 2019 se dio un paso importante cuando la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) y el Gobierno suizo acordaron llevar a cabo un estudio de viabilidad sobre la creación de un nuevo «observatorio mundial» sobre las mujeres y el deporte.
Un observatorio mundial (una fuente de información, análisis y activismo) ayudaría a alinear varios movimientos paralelos: los esfuerzos generales de la ONU para promover la igualdad de género, sus objetivos de desarrollo sostenible en los países de ingresos bajos y medianos, y la lucha en curso por las niñas y las mujeres en el deporte.
Durante décadas, estos movimientos complementarios han contribuido a impulsar el cambio social en todo el mundo, en pro de un espacio más inclusivo. Sin embargo, en la cima del deporte femenino, las mejores atletas son, sin lugar a dudas, tratadas como seres de categoría inferior.
Es cierto que existen diferencias en popularidad e ingresos en el deporte de élite, pero la forma en que el deporte genera beneficios es compleja y está condicionada por el género. No obstante, es difícil oponerse a mejorar las oportunidades de las niñas y las mujeres para practicar deporte por motivos de salud, inclusión social y recreación.
El observatorio mundial aspiraría a identificar estas desigualdades, analizarlas y abogar por el cambio. Sin embargo, las iniciativas por la igualdad de género a menudo quedan estancadas en revisiones, debates y contemplaciones interminables.
En la década de 1970, el sistema olímpico fue ampliando lentamente (y de forma controvertida) las oportunidades para las mujeres. La ONU también empezó a considerar la igualdad de género y, en 1979, adoptó un tratado internacional, la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CEDAW).
Esencialmente una carta de derechos para las mujeres que prohíbe la discriminación por sexo, ha sido ratificada por 189 países. (Estados Unidos es uno de los siete países que no han ratificado la CEDAW– junto con Irán, Somalia y Sudán del Sur.)
Diversos grupos siguieron presionando por un cambio social mayor, pero no fue hasta la conferencia internacional sobre la mujer y el deporte de 1994 cuando se redactó la Declaración de Brighton, que ha servido de hoja de ruta para la igualdad de género en el deporte. En Brighton, Inglaterra, nació el Grupo de Trabajo Internacional sobre la Mujer y el Deporte (IWG), que se convirtió en una voz destacada a favor de la igualdad de género en el deporte y en socio de la UNESCO.
Otro impulso llegó tras los Juegos Olímpicos de 2004, cuando un grupo de ministros de deporte de la UNESCO propuso por primera vez el observatorio mundial. Pero la propuesta quedó estancada durante años hasta que se reactivó en 2017. Después, en abril de 2019, el Gobierno suizo acordó llevar a cabo el estudio de viabilidad.
La maratón de la igualdad de género
El avance ha sido lento, y una de las tareas del observatorio, una vez que se constituya definitivamente, será entender por qué.
Justicia retrasada es justicia denegada, especialmente en el deporte, donde un mes de parón puede truncar un sueño de toda la vida, como competir en los Juegos Olímpicos. La campeona olímpica Caster Semenya tiene actualmente vetada la competición por una resolución que la obligaría a tomar fármacos supresores de hormonas. Su batalla está lejos de terminar. En términos más generales, cada retraso representa oportunidades perdidas para las niñas y las mujeres de todo el mundo.
El respaldo de Suiza para impulsar la agenda de género y deporte es un valioso paso adelante. Suiza es también el lugar donde se encuentran la ONU (en Ginebra) y el mundo internacional del deporte (Lausana alberga el Comité Olímpico Internacional y numerosas federaciones deportivas internacionales). Un observatorio sobre las mujeres y el deporte en Suiza podría convertirse en un nexo entre el deporte, la igualdad de género y los derechos humanos.
Todo esto importa más allá del deporte. Las desigualdades sistemáticas en el deporte tienen un gran impacto en la vida de las personas y reflejan diversas desigualdades sociales, económicas y políticas.
El observatorio debería ser la plataforma que supervise, defienda y garantice la igualdad en el deporte y más allá. Si lo logra, todos se beneficiarán. Como señaló Benjamin Franklin en una ocasión:
La justicia no se hará realidad hasta que quienes no se ven afectados se indignen tanto como quienes sí lo están.
