Desde la computación en la nube hasta la inteligencia artificial, la tecnología empieza a revolucionar el funcionamiento de la economía mundial. Pero, mientras estos cambios enriquecen a muchas personas en las economías avanzadas, el mundo en desarrollo corre el riesgo de quedarse atrás. Para mejorar las perspectivas económicas del Sur Global y evitar que se agrave la desigualdad, los responsables de formular políticas en los países en desarrollo deben tomar en serio las implicaciones de estos cambios para sus economías y para la posición de sus países en la economía mundial.
Durante años, la «brecha digital» se definió de manera restringida en términos de conectividad a Internet. Pero hoy se manifiesta en la forma en que las empresas de los países ricos utilizan la tecnología para afianzar su control de las cadenas globales de valor y extraer una mayor proporción del valor añadido generado en el mundo en desarrollo.
Consideremos, por ejemplo, cómo las innovaciones recientes amenazan la estrategia de industrialización orientada a las exportaciones que ha impulsado el desarrollo de muchos países en las últimas décadas. Al aprovechar una mano de obra abundante y de bajo costo, los países en desarrollo pudieron aumentar su participación en las actividades manufactureras mundiales, crear empleos, atraer inversiones y, en algunos casos, poner en marcha un proceso de industrialización más amplio. Sin embargo, para las empresas que aprovecharon la oportunidad de reducir costos trasladando la producción al mundo en desarrollo, siempre hubo una contrapartida: producir en el extranjero limitaba su capacidad de responder rápidamente a los cambios en la demanda de los consumidores.
Ahora, la tecnología puede ofrecer otra opción. Al invertir en la «fabricación aditiva», robots y otras herramientas no humanas, las empresas podrían acercar sus centros de producción a sus mercados finales. Adidas, por ejemplo, está empleando algunas de estas tecnologías para llevar sus «fábricas rápidas» de calzado a Alemania y Estados Unidos.
Del mismo modo, a medida que la tecnología digital facilita la venta transfronteriza de servicios y resulta cada vez más difícil hacer cumplir las protecciones para los proveedores nacionales de servicios, los servicios orientados al mercado interno de los países en desarrollo se enfrentarán a una competencia mundial creciente. Aunque estos cambios aún son incipientes, representan una amenaza a largo plazo para las estrategias de desarrollo de las que dependen muchos países del Sur Global.
Mientras las economías avanzadas y emergentes se apresuran a aprovechar las nuevas oportunidades que crea la tecnología, la brecha digital se amplía a un ritmo acelerado. Por ejemplo, China, que empleó una política industrial proteccionista para impulsar a gigantes digitales nacionales como Baidu y Tencent, ahora apoya a estas empresas mientras profundizan en el desarrollo de nuevas tecnologías e intentan expandirse por todo el mundo.
Del mismo modo, la Unión Europea respalda las inversiones en tecnología mediante su «mercado único digital» y nuevas políticas en ámbitos como el capital de riesgo, la computación de alta capacidad y la computación en la nube. De hecho, se han presentado planes para crear una «nube europea».
Actualmente hay muy pocos marcos comparables en vigor en el Sur Global, si es que hay alguno. Esto debe cambiar, pero ¿cómo?
Los estrategas del desarrollo suelen sugerir que los países pobres no pueden permitirse destinar recursos a la economía digital. Aunque esto es cierto hasta cierto punto, no tener en cuenta las tendencias económicas impulsadas por la tecnología solo agravará el problema.
De hecho, estas tendencias deberían ocupar un lugar central en las estrategias nacionales de desarrollo. Además, a escala regional es necesario analizar los cambios económicos impulsados por la tecnología y diseñar políticas que aprovechen las oportunidades que representan y, al mismo tiempo, afronten los desafíos asociados.
En África, por ejemplo, los esfuerzos en curso para desarrollar vínculos comerciales regionales y reforzar la cooperación industrial —incluidos marcos como la Zona de Libre Comercio Continental (CFTA, por sus siglas en inglés) y la Agenda 2063— deberían incluir un enfoque en las estrategias de transformación digital. Los debates sobre este tema deberían tener en cuenta las enseñanzas de otras regiones, como la UE.
Esto debería formar parte de esfuerzos más amplios para ayudar a las empresas locales a expandirse y ser más competitivas a escala internacional. Con demasiada frecuencia, el entusiasmo por el innovador ecosistema de empresas emergentes de África oculta desafíos como el reducido tamaño y la fragmentación de los mercados nacionales, que podrían obstaculizar el éxito a largo plazo.
La tecnología digital ya se ha aprovechado con buenos resultados en muchas partes del mundo en desarrollo. Las técnicas agrícolas basadas en datos ayudan a los agricultores a obtener mayores rendimientos, mientras que los servicios financieros móviles amplían la inclusión financiera en comunidades pobres. Pero estas innovaciones no bastarán para evitar que los países en desarrollo se queden atrás en la economía mundial. Para alcanzar al Norte Global, los responsables de formular políticas necesitarán nuevas herramientas.
Para invertir en esas herramientas, los países en desarrollo también necesitarán el apoyo de organizaciones internacionales. Por ejemplo, las conversaciones en curso en la Organización Mundial del Comercio sobre las normas que regirán la economía digital deberían ampliarse para incluir estrategias que permitan nivelar las condiciones de competencia a escala mundial.
Superar las limitaciones de recursos que restringen la inversión de los países en desarrollo en la economía digital no será fácil. Pero no hacerlo tendrá un costo aún mayor. Mientras los líderes del mundo en desarrollo buscan posicionar a sus países para lograr un crecimiento sostenible, deben pensar a escala mundial y local, sin perder de vista el papel que desempeñará la tecnología en la configuración de la economía del mañana.
Este comentario se basa en una investigación realizada con Christopher Foster y Jaime Echavarri, de la Universidad de Sheffield, sobre el comercio digital y sus efectos en el desarrollo.

