Por qué la electrificación es la inversión más estratégica de Europa

Europe must move to a decentralized renewable energy system.
Europe must move to a decentralized renewable energy system.Image: Reuters/Benoit Tessier
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  • La electrificación es la vía para garantizar que Europa cuente con un sistema energético más competitivo, resiliente y asequible.

  • Un nuevo informe explica cómo la transición podría hacer que la electricidad representara el 55% de la demanda final de energía en 2050.

  • La infraestructura sigue siendo un obstáculo para la electrificación, que requiere una inversión de 5,2 billones de euros en el sistema energético para mediados de siglo.

Europa se enfrenta al creciente triple desafío de la asequibilidad, la resiliencia y la descarbonización. Abordar estos desafíos estructurales requiere un cambio sistémico. La electrificación es la transición de un sistema energético basado en combustibles fósiles a uno alimentado por electricidad, impulsada por el despliegue de energías limpias, el almacenamiento de energía y la ampliación de la infraestructura de la red; ofrece una vía para reducir los costos del sistema, mejorar la seguridad energética y acelerar la descarbonización al mismo tiempo.

Copenhagen Infrastructure Partners (CIP) analiza este tema en su último informe, Avanzar con energía: una hoja de ruta para un sistema energético europeo electrificado, competitivo y resiliente. En él se desglosa cómo podría evolucionar el sistema energético europeo hacia 2050 en tres escenarios: competitivo y resiliente, transición lenta y cero emisiones netas.

Como miembro de la iniciativa Líderes por el crecimiento y la competitividad de Europa, CIP señala un imperativo claro: los responsables políticos y los líderes de la industria deben acelerar la electrificación, la expansión de la red y los marcos de inversión para asegurar un sistema energético europeo más competitivo, resiliente y asequible.

En la actualidad, Europa sigue dependiendo en gran medida de los combustibles fósiles importados, que representan alrededor del 40% de la demanda de energía primaria. Esto deja a la región expuesta a la volatilidad de los mercados energéticos mundiales: Europa ha visto aumentar en 100.000 millones de euros el gasto anual en combustibles fósiles como consecuencia directa de las interrupciones en el estrecho de Ormuz. Acelerar la electrificación, impulsada por energía limpia de producción local, ofrece una vía para reducir estas vulnerabilidades y mejorar la seguridad del suministro.

La electrificación también tiene sentido desde el punto de vista económico. Un sistema energético cada vez más electrificado puede reducir la demanda total de energía y crear una base de costos energéticos más estable. Esto abre una vía para bajar los precios y mejorar la competitividad industrial. La descarbonización se deriva entonces como un efecto indirecto claro y positivo.

La electrificación como piedra angular del sistema energético europeo

En esencia, la electrificación se basa en la eficiencia. Los sistemas basados en combustibles fósiles pierden grandes cantidades de energía durante la conversión y la combustión, mientras que las tecnologías electrificadas de uso final prestan los mismos servicios con un consumo de energía considerablemente menor.

La mayor parte de la demanda de energía puede y debe electrificarse directamente cuando sea viable; esto incluye los edificios, los procesos industriales de baja temperatura, la calefacción y la refrigeración de los hogares, y el transporte por carretera.

Todo esto significa que, para 2050, el consumo final de energía en Europa podría disminuir en más de un tercio, incluso cuando aumente la demanda de procesos que consumen energía y de transporte. Por ejemplo, aunque la IA y los centros de datos han aumentado la demanda de nuevo suministro eléctrico, la eficiencia del sistema energético basado en electricidad en el transporte y la calefacción favorece una reducción general del consumo de energía.

El futuro de la energía | Ep. 3: Electrificación limpia
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El informe de CIP indica que, a medida que la electricidad se convierta en el principal vector energético, su demanda podría pasar del 21% actual al 55% de la demanda final de energía en 2050. Esto está muy en consonancia con el objetivo intermedio del 32% para 2030.

Esta transformación tiene profundas implicaciones económicas. En un sistema energético competitivo y resiliente, los precios de la electricidad podrían caer alrededor de un 40% con respecto a los niveles actuales, lo que reduciría la actual brecha de costos energéticos entre Europa, Estados Unidos y China. Esto se debe a la sustitución de la costosa generación eléctrica basada en gas por energías renovables.

Igualmente importante, la electrificación refuerza la seguridad energética. Al reducir el consumo de combustibles fósiles, Europa puede recortar las importaciones alrededor de un 80% y reducir su dependencia externa a aproximadamente un 10% para 2050. Por tanto, la electrificación es la base de la competitividad a largo plazo y la autonomía estratégica.

La infraestructura: la limitación determinante

Aunque las razones para electrificar son cada vez más evidentes, llevarlo a cabo a gran escala requiere la infraestructura de red energética necesaria. Hoy, la falta de esta infraestructura ya se ha convertido en el principal cuello de botella para avanzar en casi la mitad de los países de la UE.

Se espera que la demanda de electricidad de Europa aumente en las próximas décadas, y las redes —diseñadas para un sistema basado en combustibles fósiles con grandes centrales eléctricas centralizadas— están sometidas a una presión cada vez mayor. Como se destaca en el Paquete de redes de la UE, sin acelerar la expansión y modernización de la red, la electrificación sencillamente no puede ampliarse.

Solo en Finlandia, Fingrid informó que, en 2025, las consultas sobre nuevos proyectos de producción de electricidad equivalían a unas 15 veces la capacidad de producción actual del país, lo que subraya aún más cómo el envejecimiento de las redes constituye un obstáculo para satisfacer las futuras necesidades energéticas.

La transición a un sistema de energía renovable descentralizado, donde la energía eólica y la solar fotovoltaica sean los principales vectores energéticos, requiere una vía dedicada para transportar la energía hasta los consumidores finales. Afrontar este desafío requerirá un capital considerable: Europa necesitará aproximadamente 5,2 billones de euros de inversión en el sistema energético para 2050, incluidos unos 2,9 billones de euros únicamente para la infraestructura de la red.

Sin embargo, el costo de la inacción es aún mayor. Cada dos años de retraso en la construcción de la red representan aproximadamente entre 8 y 10 euros/MWh adicionales en costos para los consumidores. Esta limitación pone de relieve una oportunidad clara: ampliar y modernizar las redes puede impulsar la electrificación, mejorar la eficiencia y reducir la dependencia de la generación con combustibles fósiles, que tiene costos más elevados.

Una elección estratégica para el futuro de Europa

Llevar a cabo esta transición requerirá una inversión considerable, y el capital público no basta. Para atraer capital privado se necesitan marcos regulatorios estables y un diseño de mercado predecible.

Incentivar la electrificación es un primer paso esencial. En muchos mercados europeos, la electricidad sigue soportando impuestos y gravámenes que no se aplican a los combustibles fósiles o que son más elevados que los que se les aplican. Eliminar estos obstáculos es fundamental para acelerar la transición.

Al mismo tiempo, la electrificación está ganando prioridad en la agenda política mundial. Propuestas como el Plan de Acción de Electrificación de la UE de 2026reflejan un reconocimiento creciente de que la electrificación es la próxima fase de la transición energética.

El debate sobre el futuro energético de Europa suele plantearse erróneamente como una elección entre competitividad, seguridad y descarbonización. La electrificación ofrece una vía creíble para alcanzar los tres objetivos.

Las tecnologías están probadas y sus beneficios van mucho más allá de la reducción de emisiones. La cuestión decisiva es si Europa puede armonizar sus políticas, mercados e inversiones con suficiente rapidez para hacerlo realidad.

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