Por qué los compromisos climáticos deberían incluir I+D con bajas emisiones de carbono

Por qué los compromisos climáticos deberían incluir I+D con bajas emisiones de carbono
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Los países llevarán objetivos específicos para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero a las negociaciones climáticas de París a finales de 2015. Algunos gobiernos han asumido compromisos iniciales, como el objetivo de Estados Unidos de situarse un 26-28 % por debajo de los niveles de 2005 para 2025.

Pero este mismo mecanismo no logró reducir las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero en el marco del Protocolo de Kioto de 1997 ni del Acuerdo de Copenhague de 2009. ¿Será esta vez la vencida o debería la conferencia de París probar un enfoque diferente?

En un artículo publicado recientemente en la revista Climate Policy, sostenemos que las negociaciones también deberían procurar acelerar la investigación y el desarrollo de tecnologías con bajas emisiones. Entre ellas podrían figurar la energía solar y eólica, los coches eléctricos y las pilas de combustible, las baterías, la energía nuclear o la captura de carbono.

Los compromisos fijados en París deberían incluir apoyo específico a la investigación, además de límites a las emisiones de gases de efecto invernadero. También podría crearse un panel de expertos científicos —similar al Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático— para ayudar a los Estados a seleccionar prioridades de investigación y supervisar los esfuerzos nacionales en este ámbito.

Los compromisos de los Estados para apoyar la investigación científica deberían coordinarse, con el tiempo, en el marco de un plan internacional de innovación.

Acelerar la innovación con bajas emisiones de carbono

Mitigar el cambio climático significa reducir la intensidad de carbono de las economías, con el objetivo de desplazar el uso de combustibles fósiles. Prácticamente todos los análisis rigurosos sobre el cambio climático han concluido que es preciso recurrir a políticas tecnológicas para acelerar el ritmo al que las innovaciones con bajas emisiones llegan al mercado.

La Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada-Energía de Estados Unidos es probablemente el ejemplo reciente más conocido de una política tecnológica exitosa. De forma inusual, APRA-E ha contado con apoyo bipartidista tanto durante las administraciones de Bush como de Obama.

Los gobiernos suelen financiar la investigación porque genera beneficios públicos, como la reducción de la contaminación y el aumento del crecimiento económico. El mercado puede pasar por alto estas «externalidades positivas», lo que da lugar a una financiación insuficiente de la investigación básica.

Es necesario corregir esta falla del mercado. Por ejemplo, el economista Ross Garnaut pidió a la comunidad mundial que comprometiera 100.000 millones de dólares estadounidenses cada año para un «Compromiso Tecnológico de Bajas Emisiones» internacional, en informes elaborados para los gobiernos de Rudd y Gillard. Nuestra propuesta busca poner en práctica el plan de Garnaut incorporándolo a la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático.

A algunas personas les preocupará que añadir la investigación y el desarrollo a las negociaciones climáticas distraiga de la tarea urgente de reducir realmente las emisiones. Al fin y al cabo, es fácil imaginar que los gobiernos usen el aumento de la financiación de la investigación como excusa para retrasar los recortes de emisiones.

Lamentablemente, con o sin un compromiso de apoyo a la investigación científica, parece inevitable que Australia no se comprometa a realizar recortes ambiciosos de emisiones en París. Por tanto, si quienes defienden la acción climática lograran rescatar de las negociaciones compromisos a largo plazo con la investigación energética, eso sería, podría decirse, una victoria significativa.

De hecho, aunque no aumente el gasto, el tipo de apoyo garantizado a largo plazo que aseguraría un tratado internacional mejoraría la eficiencia de nuestros esfuerzos de investigación. Esto se debe a que la tendencia general de las prioridades gubernamentales a cambiar y de la financiación a interrumpirse y reanudarse constituye, en sí misma, un importante obstáculo al progreso.

Si otros países también se comprometieran a aumentar la investigación, tanto el medio ambiente mundial como la economía australiana se beneficiarían de la aceleración de la innovación global.

Una cucharada de investigación puede ayudar a que pase la política climática

Crear una respuesta internacional eficaz al cambio climático es extremadamente difícil, y los vaivenes de la política hacen que siempre haya algunos Estados más comprometidos que otros (basta pensar en cómo cambió la postura de Estados Unidos sobre el cambio climático entre las administraciones de Bush y Obama).

Un desafío importante es garantizar que los Estados que se resisten a límites ambiciosos a las emisiones —entre ellos, actualmente, Australia, Japón, India y Canadá— no socaven la acción internacional.

Nuestra propuesta busca aprovechar el hecho de que quienes se oponen a objetivos ambiciosos de mitigación a veces están dispuestos a ampliar las inversiones en investigación. Un acuerdo internacional que reconociera diversos tipos de contribuciones reduciría la impresión de que algunos Estados se aprovechan sin contribuir y, por tanto, podría aumentar las contribuciones totales tanto a los recortes de emisiones como a la investigación.

Los australianos saben demasiado bien lo difícil que puede ser conseguir apoyo político para políticas climáticas que incluso tienen un coste modesto. Esta es una de las razones por las que hacen falta nuevas tecnologías.

La aceleración de la investigación, el desarrollo y la demostración debería reducir el coste de los sistemas energéticos con bajas emisiones. A largo plazo, esto mejorará las perspectivas de descarbonización internacional.

¿Aceptarán los gobiernos nuestro consejo? Es evidente que algunos ideólogos rechazarán cualquier solución que amplíe el apoyo estatal a la investigación científica.

Sin embargo, la presión internacional en torno al cambio climático va en aumento (sobre todo desde Estados Unidos), y muchos gobiernos de países desarrollados se han metido en un callejón sin salida al rechazar o ignorar la mayoría de los mecanismos con los que podrían lograrse reducciones de emisiones.

En Australia, en concreto, centrarse en la investigación energética podría ofrecer al primer ministro un discurso climático inteligente y positivo que contribuya de forma productiva a los debates nacionales e internacionales.

Además, si el gobierno federal adoptara una de las propuestas de Garnaut, quizá nos acercaría un poco más a una política climática estable, bipartidista y basada en la ciencia.

Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. Lee el artículo original.. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: Jonathan Symons es profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Macquarie. Barry W. Brook es profesor de Sostenibilidad Ambiental en la Universidad de Tasmania.

Imagen: Se ve el edificio del Instituto Nacional de Investigación Ambiental (NIER), cubierto de células solares, en Incheon, al oeste de Seúl. REUTERS/Truth Leem

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