Quizá haya oído que el gas natural ha ido sustituyendo al carbón en muchas centrales eléctricas, un cambio que reduce las emisiones de carbono de la generación de electricidad. Pero hay otra fuente de energía que se utiliza cada vez más para sustituir al carbón: la madera.
Los pellets de madera son una fuente de energía renovable y hay circunstancias en las que la energía procedente de la madera puede reducir las emisiones netas de CO2. Sin embargo, recurrir a la biomasa para generar electricidad altera la economía forestal y plantea una serie de cuestiones medioambientales, a veces complejas.
Europa ha creado un mercado para la producción de pellets a gran escala al exigir a cada país miembro que aumente el uso de energías renovables y reduzca sus emisiones de gases de efecto invernadero. Los pellets de madera se utilizan para sustituir al carbón mediante la combustión conjunta con carbón en algunas centrales antiguas. Además, se ha añadido a la red europea nueva capacidad dedicada exclusivamente a los pellets. En 2014, los bosques del sureste de Estados Unidos suministraron casi cuatro millones de toneladas de pellets de madera a los generadores de electricidad europeos.
Pero ¿pueden los bosques proporcionar combustible para la generación eléctrica y, al mismo tiempo, abastecer a las industrias papeleras existentes? ¿Es mejor quemar biomasa que carbón? ¿Abordan adecuadamente las políticas actuales de Estados Unidos y la UE la sostenibilidad forestal? Para responder a estas preguntas, hemos investigado cómo funcionan los bosques, tanto desde el punto de vista ecológico como económico.
¿Es mejor la madera que el carbón en cuanto a emisiones de carbono?
Por un lado, la generación de electricidad mediante la quema de madera produce entre un 10 % y un 35 % más de emisiones de carbono por unidad de energía que el carbón. Es decir, para generar un kilovatio de electricidad, se producirían más emisiones de carbono con madera que con carbón. Por otro lado, cuando se talan árboles en terrenos que se mantienen como bosques, los nuevos árboles secuestran carbono a medida que crecen (los árboles son aproximadamente mitad agua y mitad carbono), lo que reduce las emisiones netas de carbono de la tala anterior.
Pero calcular cuánto reducen las emisiones los bosques es complicado. Existe una bibliografía amplia y creciente sobre las posibles consecuencias en términos de carbono de cultivar y talar árboles para diversos usos. La ventaja comparativa de un posible uso frente a otro se determina mediante el análisis del impacto neto a lo largo del ciclo de vida del producto. El seguimiento de las consecuencias en términos de carbono de estas distintas vías se ha convertido en una rama científica denominada análisis del ciclo de vida (ACV).
Recuperación de la deuda de carbono
Cuando se talan árboles y luego se queman para obtener energía, se genera lo que a veces se denomina deuda de carbono: se retira carbono de un estado secuestrado (los árboles) y se emite a la atmósfera. El rebrote del bosque determina el periodo de recuperación de la deuda de carbono, es decir, el tiempo que tarda el bosque en volver a secuestrar la misma cantidad de carbono que se emitió al quemar los árboles para obtener energía.
Los periodos de recuperación de la deuda de carbono dependen de los usos alternativos de la madera, las tasas de crecimiento forestal, los tipos de combustible que se sustituyen y la eficiencia de las actividades de suministro, fabricación, transporte y generación eléctrica. También importa si se evalúa la deuda de carbono por cada acre talado o si se considera todo el paisaje forestal. Esto se debe a que las respuestas a los aumentos de precios podrían añadir terrenos forestales o cambiar la gestión de terrenos forestales que no forman parte del acre talado.
Así pues, si talamos árboles para fabricar pellets destinados a generar electricidad y tenemos en cuenta todas las emisiones de carbono de la producción y el uso de estos árboles (incluidos los usos que compiten con ellos), en ciertas condiciones la madera podría generar menos emisiones que el carbón. El reto consiste en desarrollar métodos con base científica, equitativos y razonables para medir si, en la práctica, el uso de la madera está reduciendo realmente las emisiones netas de carbono.
La economía forestal
Desde el punto de vista técnico, sin duda hay suficiente superficie forestal maderable y crecimiento de árboles para proporcionar la materia prima tanto a la industria papelera existente como a la demanda emergente de los generadores de electricidad.
Sin embargo, añadir un nuevo uso tiene un coste. En particular, es probable que aumente el precio de la madera de pequeño diámetro, que se corta para la producción de papel y pellets, debido a la demanda adicional. Esto será positivo si usted es propietario de terrenos. No lo será si tiene una fábrica de papel.
Pero, con independencia de cuánto aumenten los precios de la madera de pequeño diámetro, los ingresos que las empresas pueden obtener de la madera de aserrío —la que se tala para convertirla en madera aserrada— seguirán siendo el principal factor que determina cuánta superficie forestal se tala.
Cuando aumenta el precio de la madera, tanto compradores como vendedores podrían cambiar su comportamiento según consideren que el aumento es temporal o duradero. Si el cambio es temporal, especialmente en un momento en que los precios tanto de la madera de aserrío como de la biomasa para energía son bajos, como ahora, los compradores de madera podrían talar más árboles de tamaño intermedio o comprar madera más lejos de su aserradero.
Si compradores y vendedores creen que los precios aumentarán a largo plazo, los propietarios forestales podrían gestionar sus bosques para favorecer los árboles pequeños o plantar árboles en terrenos agrícolas marginales. El aumento de los precios también podría acortar los ciclos de tala, especialmente si se mantienen bajos los precios de la madera de aserrío, que procede de árboles más grandes. Además, unos precios más altos de la madera de pequeño diámetro podrían hacer que la industria papelera del sur fuera menos competitiva frente a otras regiones y países, lo que podría llevar a las industrias madereras a cambiar la escala o la ubicación de sus inversiones de capital, desarrollar tecnologías más eficientes o invertir en reducir los riesgos de suministro.
Los bosques del sur tienen una larga historia de aprovechamiento. En los últimos 50 años, tanto la tala de madera como las existencias madereras han aumentado en más de un 50 %. Y aunque durante este periodo la superficie de terrenos forestales maderables se ha mantenido bastante constante, la urbanización en el sur amenaza esa estabilidad.
Un aumento de la tala para fabricar pellets podría hacer que hubiera relativamente más terrenos forestales que agrícolas, porque cuando suben los precios, los propietarios reciben más por su madera y es más probable que mantengan sus terrenos como bosques después de una tala. Sin embargo, aunque un aumento de la tala para obtener energía podría ampliar los terrenos forestales maderables, también podría dar lugar a bosques más jóvenes y, posiblemente, a tipos de bosque distintos, ya que los precios más altos llevarían a los propietarios a convertir bosques naturales en plantaciones.
Cabe señalar que, si la madera no se utiliza para producir biomasa, seguirá compitiendo por el suelo con la agricultura y el desarrollo urbano, lo que continuaría reduciendo la superficie forestal del sur de Estados Unidos.
Cuestiones de política
¿Contamos, aquí o en la UE, con políticas que garanticen que cualquier uso de la madera para obtener energía nos permita conservar bosques sanos y sostenibles?
La respuesta depende de a quién se pregunte y, sobre todo, de cómo se defina un bosque sano y sostenible. Si el objetivo es conservar bosques naturales regenerados, más antiguos pero menos productivos en términos madereros, las políticas actuales basadas en el mercado suscitan preocupación.
Si el objetivo es mantener, o incluso aumentar, la superficie dedicada a una gestión forestal productiva y rentable, las políticas actuales basadas en el mercado deberían ofrecer los incentivos adecuados.
Las políticas de sostenibilidad nuevas promulgadas por los países miembros de la UE aún no se han puesto a prueba en cuanto a su impacto en los bosques del sureste de Estados Unidos. Además, la tradición y la legislación de Estados Unidos, que consideran sagrado el control privado de las propiedades privadas, hacen improbable la adopción de nuevas políticas estadounidenses.
Eso significa que, por ahora, como en el pasado, es la demanda económica de más productos forestales, incluida la biomasa —y no las políticas de uso del suelo o medioambientales— la que determina cómo cambiarán nuestros bosques.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Robert C Abt es profesor de Ciencias Forestales en la Universidad Estatal de Carolina del Norte. Karen Lee Abt es economista investigadora del Servicio Forestal de Estados Unidos.
Imagen: El sol se ve detrás del humo que sale de una chimenea. REUTERS/Stringer.
