¿Qué significa que un hogar o una empresa de un país en desarrollo tenga acceso a la electricidad? Esta pregunta aparentemente sencilla tiene una respuesta compleja y controvertida. ¿Debería considerarse «electrificado» un hogar con un panel solar que alimenta una lámpara y un cargador de teléfono móvil? ¿Y una vivienda conectada a una red eléctrica crónicamente poco fiable e intermitente, como ocurre en algunas zonas de la red de India? La forma de definir el acceso a la electricidad tiene importantes implicaciones para los tipos de intervenciones que diseñan los planificadores de cara a los avances futuros en electrificación y para las estimaciones del impacto que el acceso universal a la electricidad tendrá en las emisiones mundiales de carbono.
Pese a la importancia de este término, las expectativas varían mucho de una institución a otra y de un país a otro. Para que el Banco Mundial considere que un hogar se encuentra en el primer nivel de acceso, basta con que disponga de electricidad durante 4 horas al día, en cantidad suficiente para algo de iluminación y para cargar un teléfono, según su esquema de acceso a la electricidad. Sudáfrica se comprometió a proporcionar gratuitamente a todos los hogares pobres un nivel bajo de acceso a la electricidad —50 kWh/mes—, lo que indica cómo define el acceso. India define como electrificada una aldea si los edificios públicos y solo el 10 % de los hogares de esa aldea tienen electricidad. Sin embargo, cabe señalar que en 2012 el 74 % de las aldeas estaban electrificadas, mientras que solo lo estaba el 44 % de los hogares.
Este tipo de definiciones genera mucha confusión. ¿Deberíamos considerar la electrificación a nivel de aldea o de hogar; en función de los kilovatios consumidos o de los servicios que permiten utilizar; o según la tecnología de electrificación? No es fácil decidirlo. Por ejemplo, definir el acceso a la electricidad a nivel de aldea podría fomentar más soluciones que aborden el desafío a gran escala, pero también podría llevar a ideas equivocadas sobre el verdadero alcance de los avances. Como señalan Roger Pielke, Jr. y Morgan Bazilian , definir el acceso a nivel de hogar podría hacer que los planificadores olvidaran que la electricidad doméstica no es el único factor que debe tenerse en cuenta para crear oportunidades económicas.
Establecer criterios tecnológicos resulta aún más confuso. Una conexión a la red puede parecer lo ideal, pero en realidad la red quizá no ofrezca muchas horas de servicio al día. En el distrito de Bihar, en India, los investigadores estimaron que los hogares solo recibían 1,3 horas de servicio al día durante los meses desfavorables y 6,3 horas durante los meses favorables. Los sistemas aislados más fiables, como los sistemas solares domésticos y las microrredes, pueden ofrecer un suministro eléctrico más previsible, pero es difícil proporcionar una alta capacidad máxima a bajo costo. En los barrios marginales urbanos, son comunes las conexiones ilegales que extraen electricidad de la red, lo que contribuye a su inestabilidad.
En sus modelos de acceso a la energía, la Agencia Internacional de la Energía define el acceso inicial a la electricidad como 250 kWh al año para los hogares rurales y 500 kWh para los hogares urbanos, y proyecta que este nivel básico aumentará a 750 kWh por persona para 2030. Es aproximadamente dos órdenes de magnitud menos que el consumo anual medio de una persona en Estados Unidos.
El Marco de Energía Sostenible para Todos del Banco Mundial, descrito en el gráfico siguiente, intenta abordar estas inquietudes definiendo tanto la demanda como el suministro de electricidad en cinco «niveles» que tienen en cuenta seis factores clave de la calidad del acceso a la electricidad:
Capacidad máxima disponible,
Duración del servicio al día,
Duración del servicio nocturno,
Asequibilidad,
Legalidad, y
Calidad de la regulación del voltaje.
Los niveles del Banco Mundial van desde una capacidad máxima de un vatio durante cuatro horas al día en el nivel más bajo, hasta más de 2.000 vatios de capacidad durante más de 22 horas al día en el nivel más alto. Estos niveles han resultado ser una herramienta descriptiva útil, pero no prescriptiva. Sigue siendo una cuestión abierta qué nivel de acceso deberían tomar como objetivo los planificadores al diseñar nuevos sistemas eléctricos.

Algunos sostienen que, aunque el ideal utópico podría consistir en que todos tuvieran acceso a la electricidad de nivel 5, ese objetivo podría ser completamente inasequible para una gran parte de la población aún sin electrificar durante años, incluso décadas. A otros les preocupa que fijar expectativas más bajas dé lugar a una situación en la que las personas tengan acceso a iluminación básica, pero nunca alcancen el nivel de electricidad necesario para regar campos, alimentar pequeñas actividades manufactureras y realizar otras actividades que les permitan salir de la pobreza.
A falta de una definición única, es aún más crucial que todas las personas que trabajan por la electrificación universal —desde funcionarios gubernamentales y grandes organismos multilaterales hasta investigadores y ONG— indiquen claramente los supuestos operativos que utilizan para definir el acceso. Sin esta transparencia, es imposible determinar qué soluciones de electrificación son preferibles en cada situación.
Al profundizar en muchos de los temas aquí señalados, esperamos que este artículo explicativo sirva como punto de partida útil y como recordatorio de la complejidad que supone lograr el acceso universal.
Este artículo se publica en colaboración con The Energy Collective. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Patricia Levi es estudiante de posgrado y asistente de investigación en el Instituto Tecnológico de Massachusetts.
Imagen: Un vendedor se sienta en un quiosco que ofrece a sus clientes electricidad generada por un generador para cargar teléfonos móviles, en el mercado central de la localidad de Nasir, en el sureste de Sudán, el 20 de junio de 2009. REUTERS/Finbarr O’Reilly.
