La guerra en Ucrania está teniendo un gran impacto en los precios de los alimentos y la energía en todo el mundo.
Dos expertos explican por qué y apuntan a las posibles consecuencias a más largo plazo.
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La invasión rusa de Ucrania está teniendo efectos importantes y posiblemente duraderos en el suministro mundial de alimentos y energía.
En este episodio de Radio Davos, Saad Rahim, economista jefe de la empresa comercializadora Trafigura, explica por qué fluctúan tanto los precios del petróleo y el gas, y analiza los efectos de la guerra a corto y largo plazo en esas materias primas esenciales. También examina si es probable que la crisis acelere o ralentice la transición mundial para abandonar los combustibles fósiles.
David Laborde Debucquet del Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias evalúa el impacto de la enorme alteración en el suministro y los precios de los alimentos en lo que tradicionalmente ha sido el «granero de Europa», y ofrece recomendaciones a los responsables políticos.
También escuchamos a David Beasley, director del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas, sobre las repercusiones inmediatas de la crisis para las personas hambrientas de todo el mundo.
Esta es una transcripción editada del episodio:
El director del Programa Mundial de Alimentos habla del impacto de la crisis de Ucrania en la ayuda alimentaria
David Beasley, director ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas (PMA): Ya sabes, justo cuando crees que las cosas no pueden empeorar más, empeoran. Quiero decir, Afganistán, Etiopía, y se produce una subida de los precios de los alimentos y el combustible. Ya nos había afectado. Y estoy seguro de que a UNICEF y al ACNUR les ocurre lo mismo. Justo antes de la crisis de Ucrania ya nos había afectado un aumento de 42 millones de dólares en los costes operativos. Ya nos faltaban miles de millones de dólares para Afganistán, Yemen, Siria, Etiopía y el Sahel; podría seguir dando la vuelta al mundo. Y cuando crees que no puede empeorar más, llega Ucrania.
La dificultad aquí es que Ucrania produce suficientes alimentos para alimentar a 400 millones de personas en el planeta. Así que, cuando los agricultores de los campos de batalla no siembran ni cosechan, ¿qué impacto creen que tendrá eso? El 50 % de nuestro grano, por ejemplo, el trigo, procede de Ucrania. Y, si se considera el contexto mundial y se tiene en cuenta a Rusia y Ucrania juntas, sin entrar siquiera en los costes de los fertilizantes y los productos derivados de ellos, se avecina una catástrofe para el otoño. No será un problema de precios, sino de suministro: de disponibilidad de alimentos para la población de todo el mundo. Y será una catástrofe encima de otra catástrofe.
¿Cómo está afectando la crisis de Ucrania a los mercados, el suministro y los precios de la energía?
Robin Pomeroy: ¿Cómo explicarías, en pocas palabras, cómo funcionan los mercados petroleros a alguien que no es experto?
Saad Rahim, economista jefe de Trafigura: Lo que hemos visto en los últimos años es lo fundamental que es el petróleo para el funcionamiento de la economía mundial. Incluso en el punto álgido de los confinamientos por la COVID, por ejemplo, seguíamos consumiendo unos 85 millones de barriles de petróleo al día. Es menos que el consumo habitual, que ronda los 100 millones de barriles diarios.
Si lo piensan y consideran cuánto cuestan los precios —en las últimas semanas rondaban normalmente los 100 dólares—, 100 dólares por 100 millones de barriles al día suman muy deprisa. Esto muestra hasta qué punto el petróleo es fundamental para los mercados mundiales de materias primas.
Hay unos pocos productores de petróleo muy grandes, entre ellos Arabia Saudí, Rusia y, como saben, en los últimos años, Estados Unidos. A esos tres grandes productores les siguen algunos más: Canadá y algunos de los otros miembros de la OPEP. Puede que conozcan la OPEP, que es el grupo de países exportadores de petróleo que, en cierto sentido, controla alrededor de un tercio de la producción mundial de petróleo. Estos países recortan o aumentan la producción según cómo perciban las condiciones del mercado.
Durante la COVID, por ejemplo, se dio una situación en la que aumentaron la producción justo en el punto álgido de la propagación del virus y del confinamiento mundial. El aumento de la oferta en un momento en que sufríamos un choque histórico de la demanda es una de las razones por las que, como quizá sepan, acabamos teniendo, en un momento dado, un precio negativo del petróleo crudo . En cierto sentido, pagabas a la gente para que se llevara el producto, en lugar de que normalmente te pagaran por él.
Es un sistema increíblemente complejo. Como pueden imaginar, los principales centros de demanda son los mismos que en muchos otros ámbitos: China; Estados Unidos, el mayor consumidor, seguido de China. Japón también sigue siendo un gran consumidor de petróleo, al igual que India y otros mercados emergentes. El petróleo se utiliza en todo el mundo; el crecimiento procede principalmente de muchos de estos mercados en desarrollo y emergentes, como China, India, América Latina y Oriente Medio. Así, la demanda se desplaza de algunos de los centros más tradicionales de Estados Unidos, Europa y Asia de la OCDE.
Es un sistema bastante bien calibrado en el día a día, pero es muy difícil que las materias primas físicas ajusten exactamente la oferta y la demanda en un día concreto. Por eso hay inventarios, o existencias, como las llamamos, que se acumulan o se reducen, según la situación. A veces hay demasiada oferta y aumentan los inventarios; otras veces hay menos de lo necesario para satisfacer la demanda y, por tanto, se recurre a las existencias acumuladas.
Robin Pomeroy: ¿Qué ha ocurrido hasta ahora? El precio del petróleo a veces sube y baja cuando la gente especula sobre lo que podría pasar: tensiones mundiales, concentración de tropas en una frontera, advertencias de una invasión… pero en ese momento eso no había interrumpido realmente el suministro de petróleo. ¿Puedes contarnos un poco qué ha pasado en las últimas semanas, cuando sí se produjo una invasión? ¿Se ha interrumpido el suministro? También está la cuestión de los embargos petroleros y de que la gente deje de comprar petróleo y gas rusos. ¿Qué factores han impulsado el precio del petróleo, digamos, en las últimas tres o cuatro semanas?
Saad Rahim: Mira, es una gran pregunta. Creo que, cuando se producen perturbaciones en un mercado de materias primas, depende mucho de la situación del mercado antes de que ocurran. Si hay muchos inventarios acumulados y las existencias son elevadas, eso sirve de colchón y ofrece un margen de seguridad. Así, si se produce una interrupción del suministro por una guerra, ataques a oleoductos u otros motivos, embargos, sanciones o lo que sea, se puede recurrir a esas existencias y contar con cierta cobertura para compensar el suministro interrumpido.
Sin embargo, esta vez hemos visto algo muy distinto, porque antes de la guerra el mercado petrolero ya estaba muy ajustado. Mientras el mundo se recuperaba de la COVID y empezaba a reabrir de verdad, a viajar, conducir, volar y hacer de nuevo todas esas cosas, la demanda comenzaba a repuntar con mucha fuerza. En particular, para este año esperábamos que la demanda creciera probablemente algo más de 4-4,5 millones de barriles diarios. Normalmente, el crecimiento del mercado petrolero ronda los 1,5 millones de barriles diarios, quizá 2 millones si es un año muy bueno. Eso da una idea de la fortaleza que esperábamos para este año. Evidentemente, veníamos de un nivel bajo mientras nos recuperábamos de la COVID, pero el crecimiento de la demanda era muy sólido.
Por otro lado, no se esperaba que la oferta pudiera seguir el ritmo de ese crecimiento de la demanda. ¿Por qué? Porque incluso la OPEP y Rusia habían recortado el suministro para ayudar a reequilibrar el mercado durante la COVID. Han empezado a restablecer parte de ese suministro, pero no con suficiente rapidez ni con margen para aumentarlo hasta igualar la demanda.
Aunque no hay sanciones específicas estrictas contra el petróleo ruso, transportarlo es muy difícil y caro. En definitiva, se trata de una perturbación muy grande del sistema energético.
Saad Rahim, economista jefe de Trafigura
En todo el mundo, nos encontramos ante un mercado que ya estaba muy ajustado en cuanto a los fundamentos de oferta y demanda, y ahora se ha sumado esta perturbación derivada de lo que ocurre entre Rusia y Ucrania. Aunque el petróleo ruso no ha sido objeto de sanciones directas, a diferencia del iraní —en el caso de Irán, la idea ha sido impedir por completo que exporte su petróleo—, sí ha habido algunos embargos por parte de países como Estados Unidos, Canadá y el Reino Unido, que han dicho que no aceptarán petróleo ruso. Pero, por lo general, esos países ya consumían poco petróleo ruso.
En realidad, lo que hemos visto son lo que llamaría sanciones de «segundo orden» en los ámbitos de la banca, las finanzas, los seguros y el transporte de mercancías. Aunque sobre el papel no se impide que el petróleo salga de Rusia, estas medidas han metido suficiente arena en los engranajes de un sistema logístico increíblemente complejo, de modo que no se están transportando grandes volúmenes de petróleo ruso.
De los, digamos, 4,5-5 millones [de barriles] que Rusia exporta normalmente, diría que ahora mismo unos 3-4 millones se ven afectados de alguna manera.
El petróleo crudo que sale de Rusia por oleoducto no se está viendo afectado, porque va directamente a las refinerías: no interviene el transporte de mercancías, no hay que cargarlo en un buque ni asegurarlo, y los bancos no se involucran en la misma medida que en los envíos de crudo o petróleo por mar.
La verdadera ralentización se está produciendo en el transporte marítimo. Se ve en el petróleo ruso que se ofrece en el mercado: hay empresas que tenían acuerdos de suministro vigentes con Rusia antes de que ocurriera todo esto, cuentan con cierta cantidad de petróleo que no está sancionada y ahora intentan venderla. Ese petróleo en sí no está sancionado, pero nadie parece querer comprarlo. Esto se refleja en los descuentos que se ofrecen por ese crudo. Normalmente, este tipo de crudo ruso se cotizaría unos dólares por barril por encima del índice de referencia mundial, que es Brent. En cambio, se están viendo descuentos de hasta 30 dólares —30 dólares por debajo del Brent— para estos cargamentos. Es un cambio enorme. Y cabría pensar que algunos consumidores querrían comprar crudo barato, ya sea China o India. Sin embargo, no están dando el paso de comprarlo en grandes cantidades. Puede que más adelante cambien de opinión. Pero hoy, aunque no haya sanciones específicas estrictas contra el petróleo ruso, transportarlo, cuando se consigue hacerlo, es muy difícil y caro. En definitiva, se trata de una perturbación muy grande del sistema energético.
Robin Pomeroy: ¿Por qué mercados como China e India no lo comprarían? Ahora mismo es un producto con una enorme demanda mundial. Pueden conseguirlo un 30 % más barato que el petróleo que Europa puede comprar en otros lugares. ¿Por qué no lo harían?
Saad Rahim: Creo que seguirán comprando cierta cantidad, probablemente una cantidad cercana a la que han comprado históricamente. Hay oleoductos que van de Rusia a China y llevan el petróleo directamente, así que ese flujo continúa.
Pero creo que, en lo que respecta a comprar crudo transportado por mar, han visto la reacción adversa que afrontaron empresas como Shell. Shell compró un cargamento, de hecho, a nosotros. Y lo hizo con un descuento muy grande respecto al precio habitual. Era petróleo anterior a la guerra del que éramos propietarios. Lo compraron y, en cierto sentido, consiguieron un descuento excelente. Pero de inmediato se produjo una reacción pública muy negativa contra la empresa. Y dijeron: ya no podemos comerciar con petróleo de origen ruso ante este tipo de reacción.
Y eso es, en esencia, lo que han dicho los chinos: aunque tenemos que garantizar el suministro de materias primas para China, debemos hacerlo a un precio adecuado para nosotros. En cierto sentido, somos una gran empresa y debemos tener en cuenta todas las consecuencias.
En el sector hay mucho de lo que llamaríamos autosanción.
Saad Rahim, economista jefe de Trafigura
Así que no están tratando de lanzarse a comprar barriles baratos hoy. De nuevo, eso podría cambiar. Puede que haya un precio que les parezca demasiado tentador como para dejarlo pasar. Pero hoy no es el caso. Están viendo cómo se intensifica la violencia en Ucrania. Hoy hay conversaciones y quizá se llegue a algún tipo de alto el fuego o acuerdo de paz. Si eso ocurre, estoy seguro de que algunos de esos flujos se reanudarán. Pero cuanto más dure la situación y más empeore la violencia, más difícil les resultará a las empresas comerciar con ese petróleo.
En el sector hay mucho de lo que llamaríamos autosanción. Es decir, aunque la Unión Europea, por ejemplo, dijera: «Miren, no hemos prohibido el petróleo ruso; de hecho, dejemos claro que queremos seguir aceptándolo», las empresas no lo están gestionando. Shell, BP, Total, que normalmente gestionarían gran parte de esos volúmenes, no lo hacen; muchas refinerías europeas dicen: «No vamos a tocarlo, no vamos a aceptar ese producto».
Al final, todo este sistema tendrá que reajustarse y probablemente lo hará en algún momento. Se pensaba que China e India quizá aceptarían más petróleo del que venían comprando, pero hasta ahora no ha sido así. Eso está provocando un verdadero atasco en el sistema. La razón es que la capacidad de almacenamiento físico tiene límites. Si Rusia sigue produciendo 10 millones de barriles diarios y se supone que debe exportar unos cinco millones, acumular 5 millones de barriles diarios de líquidos suma cantidades enormes muy rápidamente. Así, empiezan a quedarse sin espacio de almacenamiento y tienen que empezar a cerrar refinerías y operaciones de producción en las fases iniciales. Ya veremos cómo evoluciona la situación.
Robin Pomeroy: ¿Cómo valorarías la crisis de Ucrania en términos de perturbación del mercado o de cambio radical, comparada con otros sucesos que has vivido durante tu carrera? ¿Qué lugar ocupa?
Saad Rahim: Vimos algo parecido cuando Iraq invadió Kuwait. Creo que entonces se retiró del mercado un volumen mayor, porque se perdieron tanto los volúmenes de Iraq como los de Kuwait. Ambos eran grandes productores. Fue una perturbación mayor en un mercado mucho más pequeño. Los dos producían más o menos lo mismo que producen hoy, pero en un mercado mucho menor. Así que, en términos de equilibrio puro entre oferta y demanda, creo que aquello tuvo un mayor impacto y se prolongó bastante tiempo.
Esta podría ser una de las transformaciones más profundas del mercado energético que hemos visto en bastante tiempo.
Saad Rahim, economista jefe de Trafigura
Pero esta situación podría dejar secuelas y tener consecuencias más duraderas. El petróleo iraquí pudo volver al mercado bastante pronto. Kuwait también logró restablecer gran parte de su producción. Pero en el caso de Rusia, dependiendo de cómo termine todo esto —y creo que nadie lo sabe realmente—, hay escenarios en los que la situación sigue agravándose y la violencia empeora. La opinión pública podría decir, incluso si se alcanza un acuerdo o un alto el fuego aceptable para Ucrania y Rusia: «El daño que se ha hecho a la opinión pública significa que quizá queramos mantener el petróleo ruso fuera del mercado más tiempo de lo previsto», y las sanciones no se retirarían de inmediato.
Esta podría ser una de las transformaciones más profundas del mercado energético que hemos visto en bastante tiempo. En cuanto a qué ocurrirá con los flujos procedentes de Rusia, ¿se excluirán por completo o empezaremos a ver una reconfiguración del sistema energético? Esos flujos empezarían a dirigirse más a China e India; los flujos desplazados de Oriente Medio y África Occidental regresarían a los mercados de la cuenca atlántica. ¿Qué aspecto tendría eso?
Creo que quizá nos encaminamos a una situación en la que empezaremos a ver cambios muy profundos en el mercado del petróleo. Y en el del gas ya los estamos viendo, claramente. Independientemente de lo que ocurra a partir de ahora, Europa dice que quiere reducir su dependencia del gas ruso. Recibimos de Rusia el 40 % de nuestro suministro, así que queremos empezar a crear alternativas, tanto en el ámbito de las energías renovables para sustituir el gas como, quizá, replanteándonos la energía nuclear. Tal vez incluso tengamos que volver a poner en reserva algunas centrales de carbón. También queremos importar más gas natural licuado (GNL): se trata de un gas que se enfría a temperaturas muy bajas, se comprime, se transporta en buques hasta terminales y allí vuelve a convertirse en gas. Como pueden imaginar, es un proceso costoso, pero ofrece más flexibilidad que depender de un gasoducto fijo desde Rusia. Creo que Europa está empezando a estudiar seriamente esa posibilidad. Y, de nuevo, eso supondría una profunda reconfiguración del sistema mundial del gas. Durante décadas nos hemos acostumbrado a que Rusia suministre gas a Europa. Si nos alejamos de ese modelo, tendrá repercusiones en otros lugares de una manera que creo que no habíamos visto antes.
Robin Pomeroy: Y ahora, ¿qué impacto tendrá todo esto en la famosa «transición energética»? Tenemos que abandonar los combustibles fósiles de aquí a 2050 y hacer un gran esfuerzo durante esta década.
Saad Rahim: Es una gran pregunta y es algo de lo que llevamos bastante tiempo hablando como sector. Los precios del petróleo se desplomaron en 2014. Pasaron de unos 110 dólares a un mínimo de unos 28 dólares en 2016. Fue una caída enorme. Eso desencadenó un ciclo que privó al sector de capital y de nuevas inversiones.
Para ponerlo en contexto, normalmente la base de producción se reduce alrededor de un 4-5 % cada año a medida que se extrae petróleo de un yacimiento: con el tiempo queda menos por extraer. Por eso hay que seguir invirtiendo lo suficiente para mantener la producción, como mínimo, y hacerla crecer si aumenta la demanda. En cierto sentido, hay que invertir continuamente, y cada año más que el anterior, para aumentar la producción y seguir el ritmo de la demanda.
Y, en realidad, no lo hicimos desde 2014 hasta ahora. Así que probablemente se han cancelado, aplazado o pospuesto proyectos por un valor de entre 2 y 3 billones de dólares. Eso ha creado una gran brecha de suministro en el mercado, y es lo que estamos sintiendo ahora. No tenemos flexibilidad para incorporar barriles cuando se produce una perturbación como esta en Rusia y vemos el nivel de demanda actual.
En parte, lo que ha ocurrido es que la gente ha dicho: «Miren, tenemos que centrarnos realmente en la transición energética y reducir el uso de combustibles fósiles». Creo que se han mezclado un poco los combustibles que usamos para generar electricidad y los que se usan para el transporte por carretera. La gente tiende a agruparlo todo y decir: «De acuerdo, para la transición energética tenemos que construir muchas más instalaciones de energías renovables, reducir nuestra dependencia del carbón y aumentar también el número de vehículos eléctricos». Yo diría que, en cierto sentido, son dos problemas distintos.
Lo que quiero decir es que seguiremos necesitando petróleo durante cierto tiempo. Aunque dentro de unos años la demanda no crezca, habrá que mantener ese nivel básico de demanda, y no estamos invirtiendo lo suficiente para cubrirlo.
Desde hace bastante tiempo me preocupa que, dada la falta de inversión en petróleo y gas, estemos prácticamente canibalizando los fondos que necesitaremos para la transición energética. Los precios del petróleo y el gas subirán a niveles que impondrán una carga económica a la economía mundial y, por tanto, no tendremos suficientes recursos para financiar esa transición energética.
Robin Pomeroy: ¿Los altos precios del petróleo nos ayudarán a dejar de depender de él? ¿O sucederá lo contrario?
Hay que preguntarse cuál es el camino más sostenible para llegar al objetivo que todos queremos alcanzar: reducir nuestra dependencia de estos combustibles.
Saad Rahim, economista jefe de Trafigura
Saad Rahim: Dada la volatilidad de los precios —hace poco estaban en 130 dólares y hoy están por debajo de 100—, las empresas han sido algo reacias, comprensiblemente quizá, a invertir en nuevos proyectos, sobre todo en los que requieren mucho tiempo. Si empiezo un proyecto hoy, pero no obtengo petróleo hasta dentro de cinco o siete años, ¿cómo será la situación cuando incorpore esos barriles al mercado? ¿Dirá la gente que no quiere ese petróleo? ¿Estaré destruyendo el valor para los accionistas al invertir hoy en estos proyectos, cuando podría devolverles ese dinero?
Por eso vemos que muchas empresas renuncian a nuevas inversiones de capital para devolver dinero a los accionistas mediante recompras de acciones y dividendos. Dicen: «Eso es lo que nos indican nuestros accionistas que quieren que hagamos».
Creo que hay que preguntarse cuál es el camino más sostenible para llegar al objetivo que todos queremos alcanzar: reducir nuestra dependencia de estos combustibles y poder reducir la cantidad de carbono en la atmósfera. Pero hay que hacerlo de forma que no perjudiquemos, en particular, a los mercados emergentes, que no pueden soportar subidas de precios como las que estamos viendo; estas causan dificultades económicas y alteraciones de la demanda.
Creo que ahora se está reconsiderando todo esto a raíz de lo que ocurre entre Rusia y Ucrania. Como dices, en Europa se está insistiendo mucho en que debemos pensar cómo reducir nuestra dependencia, en particular, del gas ruso. ¿Implica eso construir más instalaciones de energías renovables? Probablemente también implique importar más GNL de lugares como Estados Unidos. Así que quizá tengamos que construir más terminales de regasificación para ese GNL, cuando hasta ahora hemos dependido del gas ruso transportado por gasoducto.
Creo que los gobiernos están empezando a darse cuenta de que la solución tiene que incluir «todas las opciones». No puede consistir simplemente en «elegir a los ganadores» e invertir de esa manera, porque así no se logrará una transición lo bastante fluida.
Robin Pomeroy: Si ponemos el dinero donde ponemos las palabras, o si los políticos toman ciertas decisiones, ¿cómo cree que se decantarán las cosas después de esto o mientras esto sucede?
Saad Rahim: Bueno, a nuestro director ejecutivo le gusta decir que «el precio es el mejor geólogo». Es decir, si los precios se mantienen altos y se sostienen en esos niveles, eso constituye una señal del mercado que indica que el mundo necesita invertir más en este sector. Y, sobre todo, en un mundo que, en términos relativos, sigue ofreciendo rendimientos bajos, la gente sigue buscando rentabilidad. Creo que, con el tiempo, ante los tipos de rendimientos que vemos a estos precios, la gente dirá: «De acuerdo, el capital debe volver al sector, porque se puede obtener un rendimiento acorde con lo que estamos viendo en términos de riesgo a la baja».
Pero eso lleva tiempo y requiere que los precios suban y se mantengan altos. Y creo que lo que hemos visto es que, incluso con precios de unos 100 dólares, todavía no vemos llegar grandes inversiones nuevas. Estamos empezando a ver que el sector del petróleo de esquisto de Estados Unidos empieza a repuntar un poco. Pero incluso allí, son empresas que han sufrido mucho. Ya sabe, en los últimos años, cuando las empresas anunciaban un nuevo programa de perforación o de inversión de capital, el precio de sus acciones se desplomaba; de hecho, los accionistas las castigaban y decían: «Miren, eso no es lo que queremos de ustedes. Queremos que nos devuelvan el efectivo».
Así que, hasta que las empresas empiecen a decirlo y los inversores empiecen a verlo y a decir: «Miren, se trata de una estrategia de rentabilidad a largo plazo y, por tanto, tenemos que devolver el capital al sector», no empezaremos a verlo. Pero para eso debe operar un mecanismo de mercado. Y todavía no hemos llegado a ese punto.
Robin Pomeroy: Pero, al mismo tiempo, ¿esa señal del mercado, esa señal de los precios, no hace también que las energías renovables parezcan ahora una ganga?
Saad Rahim: De acuerdo. Y creo que eso es lo que estamos viendo. Estamos viendo que la UE, en particular, presenta una nueva estrategia. Pero incluso tras la salida de la COVID, si miramos a China, a Estados Unidos y a Europa, vemos importantes nuevos planes de estímulo dirigidos a las energías renovables, a la infraestructura para vehículos eléctricos y su recarga, y a todo lo relacionado con ello.
Pero, una vez más, solo quería destacar la diferencia: desarrollar la energía renovable no resuelve la necesidad de petróleo para el transporte. Así que la infraestructura para los vehículos eléctricos sencillamente aún no está ahí. La capacidad de producción de los fabricantes de automóviles tampoco. Y creo que la cuestión es que abandonar esta situación es un proceso más largo. Creo que el problema es que los plazos no coinciden. Así que hoy se puede decir, sin duda, que, a medida que los precios del petróleo suben de forma muy pronunciada, tanto las energías renovables como los vehículos eléctricos resultan mucho más atractivos. De modo que, en lugar de llenar el depósito del coche y pagar mucho más, si tuviera un vehículo eléctrico, no me costaría casi nada. Pero, dicho esto, es un proceso largo. Ahora mismo, renovar el parque automovilístico de Estados Unidos lleva unos 12 años. ¿Cómo resolvemos estos problemas en esos puntos finales en el futuro? Queremos llegar a 2050, queremos llegar a 2030 en esos lugares, pero no podemos ignorar lo que está ocurriendo hoy mismo sobre el terreno.
El impacto de la crisis de Ucrania en el suministro mundial de alimentos
Robin Pomeroy: Cuando hablamos de materias primas que se negocian en los mercados mundiales, no se trata solo del petróleo y el gas: gran parte de los alimentos que consumimos también los compran y venden los comerciantes.
David Laborde Debucquet, investigador sénior del centro de estudios International Food Policy Research Institute, en Washington, sabe mucho del tema. Le pregunté a David por qué Ucrania y Rusia eran tan importantes para la producción mundial de alimentos
La participación conjunta de Rusia y Ucrania en el mercado mundial del trigo [antes de la guerra] es de un tercio... Lo que exportan representa el 11-12 % del mercado mundial de calorías.
David Laborde Debucquet, investigador sénior del International Food Policy Research Institute
David Laborde Debucquet, investigador sénior del International Food Policy Research Institute: Históricamente, hemos considerado esta región del mundo como el granero de Europa, así que no es ninguna novedad. Lo que ocurre es que, después de la Segunda Guerra Mundial, esta parte de Europa quedó desconectada del resto y también de muchos mercados mundiales. Tras el colapso de la Unión Soviética, la agricultura de este país también se vino abajo. Así que, a principios de la década de 1990, estos países eran importadores netos de cereales. Pero, después de 20 años, se recuperaron y se convirtieron en importantes exportadores de productos cerealistas, en particular de trigo, semillas de girasol y aceite de girasol.
Y justo antes de la crisis, si se sumaban las participaciones de Rusia y Ucrania en el mercado mundial del trigo, representaban un tercio. Así que sí, se han convertido en exportadores clave de alimentos. Y si se convierten todas las materias primas agrícolas en calorías, lo que exportan representa el 11-12 % del mercado mundial de calorías.
Robin Pomeroy: Una proporción enorme. Entonces, ¿cómo hemos visto que la guerra afecta a esos suministros en todo el mundo?
David Laborde Debucquet: Incluso antes de que comenzaran la guerra y la invasión, ya había muchas operaciones militares. Se interrumpió el tráfico de los barcos que navegan por el mar Negro. Así que, en realidad, Ucrania dejó de exportar incluso antes de la operación militar. Y, por supuesto, ahora hay una guerra, así que básicamente no sale ningún envío de Ucrania. El juego de sanciones y represalias también ha interrumpido las exportaciones de Rusia.
Así que tenemos esta región, que ya no es el granero de Europa, sino el de África del Norte, Oriente Medio e incluso partes de África y Asia; ahí es donde se está produciendo la mayor interrupción en este momento.
Así que los alimentos no pueden salir del mar Negro hacia sus destinos habituales, y los mercados y los gobiernos entran en pánico, por lo que los precios suben en el mercado al contadoal contado, y ese es realmente el efecto a corto plazo. Después habrá consecuencias a medio y largo plazo, tanto en el mercado de alimentos como en el de fertilizantes.
Robin Pomeroy: Así que hay dos formas en que se están deteniendo estos flujos de cereales: por las acciones militares en Ucrania, incluso antes de que se produjera esta invasión, y luego por las sanciones. ¿Cómo impiden las sanciones que Rusia exporte?
David Laborde Debucquet: Principalmente, porque hay empresas que no quieren operar con Rusia en este momento. Aunque las sanciones intentan proteger el comercio de alimentos, hay varias empresas que no quieren hacer negocios con Rusia al contado por diversos motivos. Puede deberse simplemente a cuestiones de comunicación o incluso a que piensan que sus bancos les causarán problemas. Así que tenemos este aspecto específico. Por supuesto, lassanciones de SWIFT también dificultan cada vez más las operaciones comerciales.
Robin Pomeroy: Se refiere a la organización de transferencias bancarias.
David Laborde Debucquet: Exactamente. Así que, para las transacciones muy grandes, en particular entre gobiernos, no importa demasiado. Pero, para muchos operadores de tamaño mediano, sí provoca una interrupción.
Además, las sanciones impuestas a Rusia han llevado a Rusia a tomar represalias, por ejemplo, diciendo que no va a exportar fertilizantes; o bien, sencillamente, porque su propia economía se está hundiendo y el poder adquisitivo de la población rusa está cayendo. Así que ahora dicen: «De acuerdo, quiero reservar los cereales para mí», con restricciones a la exportación y medidas similares. Como ve, hay una serie de efectos directos e indirectos derivados de cómo estas medidas afectan a Rusia, al comportamiento ruso y, por supuesto, a la economía rusa.
Robin Pomeroy: Entonces, ¿qué impacto tendrán en el resto del mundo la reducción o la desaparición de las exportaciones de alimentos de esos dos países?
David Laborde Debucquet: En el mercado al contado, ya hay países, en particular de Oriente Próximo o África del Norte, que habían comprado cereales a Rusia o, sobre todo, a Ucrania, y que no los han recibido. Había cereales en Odesa que normalmente deberían haberse enviado, pero no se han enviado. Así que ahora esos países intentan encontrar otras opciones. Por eso recurren a América del Sur. Miran a Australia. Miran a India. Buscan otros exportadores, sobre todo de trigo, que puedan cubrir la brecha a corto plazo.
Es posible que no lleguen al mercado 20 millones de toneladas de trigo de Ucrania que normalmente deberían haberlo alcanzado. Esto creará un vacío adicional y habrá muy pocas opciones para cubrirlo.
David Laborde Debucquet, investigador sénior del International Food Policy Research Institute
Y luego están las dos grandes preguntas: cuánto durará este conflicto. Primero, ¿podrán los agricultores ucranianos volver a sus campos en abril para sembrar algunos de sus cultivos de primavera? Pero ¿en qué estado estará la infraestructura? ¿Tendrán combustible para sus tractores? Hay muchas preguntas.
Y, en cuanto al producto clave aquí, el trigo, se sembró durante el último invierno y normalmente debería cosecharse en julio y agosto. Así que la pregunta es si será posible o no. Hablamos de 20 millones de toneladas de trigo de Ucrania que normalmente deberían haber llegado al mercado y que quizá no lleguen. Esto creará un vacío adicional y habrá muy pocas opciones para cubrirlo este año.
En 18 meses, todo el mundo habrá tenido esto en cuenta. El hemisferio norte habrá tomado nuevas decisiones de siembra y demás. Pero, a corto plazo, tenemos esta brecha que se ha creado y que ejercerá mucha presión sobre el mercado del trigo y obligará a la gente a reducir el consumo en algunos lugares, o a algunos gobiernos a aumentar las subvenciones que dan a la población para que pueda pagarlo.
En cuanto a la producción agrícola rusa, no está claro qué ocurrirá, porque Rusia seguirá exportando a algunos países. Quizá tenga que vender con descuento a China y a India. Así que veremos una serie de efectos en cadena.
Pero, como sabe, cambiar los patrones de los flujos comerciales regionales y mundiales siempre tiene un coste. Se necesitan rutas marítimas más largas. Hay que encontrar nuevas redes comerciales. No es como decir: «Bueno, tenemos una tonelada de trigo de Rusia; antes iba a Egipto y ahora la teletransportamos a China». No es tan sencillo. Ese proceso lleva tiempo y es caro.
Pero, por supuesto, el gran problema son los fertilizantes, porque Rusia y Belarús también son exportadores clave de fertilizantes. Normalmente, el mercado del mar Negro es muy activo para los fertilizantes, que afectan a todos los productos en todo el mundo, aunque en distinta medida. Pero, ya sabe, si está en Brasil y no recibe su potasa, que normalmente viene de Belarús, producirá menos. Y si Brasil produce menos, el mundo produce muchos menos alimentos.
Cinco países representan el 80 % de los mercados. Así que, si se pierde a uno de los grandes actores, como Rusia, se ejerce mucha presión sobre los demás para que intenten cubrir la brecha.
Robin Pomeroy: Así que supongo que todo esto provocará subidas de precios. ¿Podemos hablar un poco de eso? Presumiblemente, como el trigo es una materia prima que se negocia, su precio en los mercados ya se ha disparado por esta situación. ¿Es así?
Incluso antes de la crisis, los precios de los alimentos en los mercados mundiales ya estaban en niveles históricamente altos.
David Laborde Debucquet, investigador sénior del International Food Policy Research Institute
David Laborde Debucquet: Sí. Se disparó hace cinco o seis días. Desde entonces, ha empezado a bajar un poco. Pero también hay que tener presente que los precios de todas estas materias primas venían subiendo desde abril de 2021. Así que, incluso antes de la crisis, cinco años antes de la invasión, los precios de los alimentos en los mercados mundiales ya estaban en niveles históricamente altos.
Robin Pomeroy: ¿Hay algún motivo en particular?
David Laborde Debucquet: Varios. En primer lugar, el año pasado hubo varios fenómenos climáticos adversos. Sequías en algunas zonas productoras de trigo, en Canadá, Estados Unidos e incluso Europa Occidental. Hay mucha presión. Tuvimos lo que llamamos La Niña, otro fenómeno meteorológico en América Latina que está ejerciendo mucha presión sobre los mercados de soja. También hay varios factores en el sudeste asiático, con interrupciones en Malasia e Indonesia debidas a algunas de las consecuencias de la COVID-19 o simplemente a fenómenos climáticos. Y, al mismo tiempo, la demanda mundial sigue siendo fuerte.
En el caso de los aceites vegetales, las políticas sobre biocombustibles aplicadas en Estados Unidos, la Unión Europea e Indonesia, en particular en lo relativo al biodiésel, han ejercido mucha presión sobre el mercado de aceites vegetales. Hace un par de semanas hablábamos de 2.000 dólares por tonelada de aceite vegetal. Hace cinco o seis años, se hablaba más bien de unos 600 dólares por tonelada. Así que se ve un aumento muy pronunciado.
Por último, tras el confinamiento de 2020, cuando China volvió al mercado en 2021, compró grandes cantidades de todo a todo el mundo. Así que, efectivamente, eso eleva los precios. Y, por supuesto, están todos los problemas generales relacionados con las interrupciones en las cadenas de valor de los que quizá haya oído hablar, que complican la vida a todo el mundo.
Al mismo tiempo, también subían los precios de los fertilizantes. En algunos casos, por problemas similares; en otros, debido al alto precio del gas natural, sobre todo en Europa. Hemos visto cómo se imponían restricciones a la exportación. En septiembre pasado, China decidió limitar las exportaciones de fertilizantes, lo que generó todas estas condiciones de escasez en el mercado mundial y elevó los precios. Y, por supuesto, si sube el precio de los fertilizantes, sube el coste de producir alimentos.
Pero, para volver al punto clave: sí, los precios del trigo están en niveles históricamente altos, pero lo mismo ocurre con la soja y el maíz, aunque Ucrania no produzca soja. Así que todos estos mercados están interconectados. Eso es motivo de preocupación: aunque no consuma mucho trigo y trabaje en el sector ganadero, si intenta alimentar a sus animales con harina de soja o maíz, también le afecta esta situación,
Robin Pomeroy: Eso me lleva a las posibles soluciones. Uno podría pensar: «De acuerdo, dejaremos de comer esto y comeremos otra cosa». Pero, en realidad, si los precios de los alimentos son altos en general, probablemente no sea una opción viable. ¿Qué opciones tienen los países que dependen mucho de las exportaciones rusas y ucranianas? Y, en general, ¿qué opciones tiene el resto del mundo para intentar controlar esta situación, que disparará los precios de los alimentos? ¿Hay medidas inmediatas que puedan tomar los países que importan esos productos? Y, en segundo lugar, ¿qué se puede hacer en el mundo en general?
David Laborde Debucquet: Por un lado, lo que queremos es fomentar la cooperación entre países para evitar el pánico y que los exportadores empiecen a imponer cada vez más restricciones a la exportación, como vimos en 2007 y 2008, y también para asegurarnos de que los importadores no compitan por los mismos recursos y se limiten a elevar los precios unos por encima de otros.
Es mucho más fácil decirlo que hacerlo. Basta pensar en cómo reaccionó la gente durante la COVID-19: corre al supermercado y compra cosas. Y los países hacen lo mismo. Al final, eso no es muy útil, pero así es como actúan la gente y los países.
Así que, en definitiva, la clave será una mayor cooperación y mucha contención a la hora de imponer todas estas restricciones a la exportación, para evitar el pánico y asegurarnos de que los mercados se comporten como esperamos. Hay que actuar con moderación.
Luego, el dinero seguirá formando parte de la solución: habrá que ayudar a algunos países a corto plazo a pagar su factura de importación y también ayudar a otros a desplegar una red de protección social que proteja a sus consumidores más pobres. Y aquí la focalización es un concepto importante. No hace falta bajar el precio de los alimentos para todo el mundo y en todas partes. Si es un hogar acomodado de una economía avanzada o incluso de África, podrá adaptarse al aumento de los precios de los alimentos. Ahora bien, si es un hogar pobre del Cuerno de África, ya gasta entre el 80 y el 90 % de sus ingresos diarios en alimentos, así que no tiene margen para adaptarse, salvo comer menos. Hay que tener en cuenta este matiz.
Por último, es evidente que no todos los importadores de alimentos se encuentran en la misma situación. Tomemos el caso del Líbano: hoy depende más o menos en un 75 % de los mercados mundiales y regionales para su seguridad alimentaria. Es una economía de servicios, costera y situada en una zona árida, así que, en circunstancias normales, tiene mucho sentido depender de esos mercados. Pero ahora mismo no obtiene mucho más dinero de ninguna de sus actividades económicas habituales. La situación de Irak es distinta, porque también importa alimentos, pero tiene ingresos petroleros. Con los precios actuales del petróleo, el Gobierno iraquí dispone de instrumentos y recursos para gestionar la crisis de una manera muy distinta.
Al pensar en la vulnerabilidad de los países, no es el hecho de ser importador de alimentos lo que hace que un país esté en apuros ahora mismo. Por supuesto, la situación es algo más difícil, pero si exporta otros productos o minerales, incluso puede salir ganando. Y todo depende de cómo el Gobierno gestione y redistribuya el dinero, en vez de pedir ayuda a alguien.
Robin Pomeroy: Entonces, ¿a qué debemos prestar atención? Ha mencionado la temporada de cosecha y luego la temporada de siembra. ¿Cuándo sabremos si las cosas empiezan a mejorar o a empeorar? ¿Cuáles son esos pasos clave?
Esperamos ver colaboración, planificación racional y sensatez, no solo una reacción emocional.
David Laborde Debucquet, investigador sénior del International Food Policy Research Institute
David Laborde Debucquet: Por un lado, la situación sobre el terreno en Ucrania será muy importante. Todos esperamos que el conflicto termine lo antes posible. Y, en cierta medida, la población de Ucrania está en primera línea en lo que respecta a la inseguridad alimentaria. Hablamos de la inseguridad alimentaria mundial, pero si es refugiado o está ahora mismo en una ciudad ucraniana, tiene motivos serios para preocuparse por la seguridad alimentaria. Y Ucrania tiene 40 millones de habitantes, así que se trata de una preocupación mundial, pero también local.
El conflicto puede terminar. La gente puede volver a la normalidad. La cuestión es cómo estará la infraestructura. Porque, aunque un agricultor pueda volver a sus campos, ¿tendrá combustible? E incluso si cosecha el grano en julio, ¿podremos llevarlo al puerto de la costa? ¿Cómo funcionará la infraestructura ferroviaria? Las vías ya han sufrido daños. Así que la siembra, la cosecha y el comercio desde Ucrania son un foco de preocupación.
Pero, en el resto del mundo, ¿tendrán los agricultores suficiente fertilizante? Cómo gestionaremos una posible escasez de fertilizantes este año es una gran incógnita. Esperamos que haya colaboración, planificación racional y sensatez, y no solo una reacción emocional.
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