Turquía se vuelve hacia Oriente. ¿Qué significa esto para el suministro energético de Europa?

A ferry, with a new mosque under construction at Camlica hill in the background, sets sail in the Bosphorus in Istanbul, Turkey, July 31, 2017.
Some 3% of the global oil trade moves through the Turkish Straits, including the Bosporus and DardenellesImage: REUTERS/Murad Sezer
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2016 fue un año brutal para Turquía. Parecía que nada podía salir bien: el país sufrió múltiples atentados terroristas mortales, continuaron los desafíos planteados por los separatistas kurdos, se produjo una ruptura temporal de los vínculos con Rusia y se impusieron sanciones porque Turquía derribó un avión militar ruso; en julio hubo un intento de golpe de Estado contra el Gobierno de Erdogan y, al final del año, fue asesinado Andrey Karlov, embajador de Rusia en Turquía.

Este año, sin embargo, las cosas pintan mejor, incluso después del primer ataque directo de Daesh contra Turquía el día de Año Nuevo. Este nuevo optimismo se hizo patente en el último Congreso Mundial del Petróleo, celebrado en julio en Estambul, y todo gira en torno a la energía. El Gobierno de Erdogan calificó a Turquía de «Ruta de la Seda de la energía», el puente natural entre productores y consumidores de energía.

El primer ministro Binali Yildirim llegó a afirmar: «El objetivo último de nuestras políticas energéticas es garantizar la paz y el bienestar de nuestra nación mediante el aumento de la seguridad y la diversidad energéticas». Puede sonar bien, pero hay desafíos para la seguridad energética que el Gobierno no se siente cómodo abordando. Las crisis que han asolado Turquía en los últimos años dificultan que el país garantice la seguridad del tránsito de petróleo y gas, mientras que la política interna y la geopolítica, cada vez más compleja en la región y sus alrededores, empeoran.

Hasta ahora, estas presiones apenas se han sentido. El intento de golpe de Estado contra Erdogan en julio pasado solo provocó un cierre muy breve del estrecho del Bósforo, insuficiente para amenazar el comercio mundial de energía o el precio del crudo. Fue otro ejemplo de cómo el mercado hizo caso omiso de la agitación y siguió adelante. Hay muchas razones coincidentes para este escaso impacto en el mercado, y el momento fue un factor importante. Durante todo 2016, el exceso de oferta de petróleo proporcionó un amplio colchón al mercado, por lo que los operadores no advirtieron las vulnerabilidades geopolíticas ni las fisuras expuestas en la seguridad que habrían provocado subidas bruscas de precios tres años antes. Había demasiado petróleo almacenado y más oferta de la que necesitaba el mercado.

El Bósforo, una de las principales vías de tránsito de petróleo y gas del mundoImage: REUTERS/Murad Sezer

El exceso de oferta eliminó la prima de riesgo asociada a la inestabilidad y los atentados terroristas, pero 2017 cuenta otra historia. Turquía ha logrado mantener el flujo de petróleo y gas, pero ¿por cuánto tiempo, dada la mayor fragmentación de Oriente Medio y el deterioro de las relaciones con Europa? La importancia estratégica de la ubicación geopolítica de Turquía es indiscutible, pero los acontecimientos del último año ilustran las numerosas vulnerabilidades de seguridad a las que se enfrenta el país.

Al calcular los riesgos para la seguridad del suministro, hay que tener en cuenta el papel cada vez más importante de Turquía como vía esencial para el transporte de petróleo crudo y gas natural desde Rusia, Irán e Irak hasta el Mediterráneo y, desde allí, hacia Europa. Un atentado terrorista contra la infraestructura y el comercio energéticos, o la decisión del Gobierno turco de esgrimir el arma energética y limitar el acceso a Europa, inclinaría la balanza en Turquía y más allá, y provocaría perturbaciones más profundas y graves en los mercados energéticos.

Es importante reconocer el creciente papel y los intereses de Turquía en los mercados energéticos mundiales. Los estrechos turcos, que incluyen las vías navegables del Bósforo y los Dardanelos, son algunos de los puntos de estrangulamiento más importantes y vulnerables del mundo. Cada día transitan por esta ruta tres millones de barriles de crudo, el 3 % del comercio mundial de petróleo. Solo el oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan transporta más de 750 000 barriles diarios entre Azerbaiyán, Georgia y Turquía, hasta llegar al mercado europeo. En 2008, los rebeldes kurdos se atribuyeron la responsabilidad de un ataque contra el oleoducto BTC en Turquía. La posición de Turquía como centro energético ha creado nuevas oportunidades, además de numerosos desafíos para proteger sus importaciones y el tránsito de petróleo por el país y sus alrededores.

Tuberías en el puerto mediterráneo turco de CeyhanImage: REUTERS/Umit Bektas

Tras un año difícil, Turquía vuelve a acercarse a Rusia y se aleja aún más de Europa. Rusia y Turquía mantuvieron buenas relaciones durante la mayor parte de las dos últimas décadas, y hasta que Turquía derribó un avión militar ruso a finales de 2015, la relación parecía sólida. La posterior decisión de Rusia de imponer sanciones a Turquía y suspender el proyecto del gasoducto TurkStream se sumó a la agitación del año pasado.

Erdogan reconoció que debía mantener a Rusia como aliada y tendió una rama de olivo, además de disculparse por el derribo del avión ruso. Para finales de año, las cosas volvían a pintar bien para Rusia y Turquía: TurkStream no solo volvía a estar sobre la mesa, sino que ambos países firmaron acuerdos para poner oficialmente en marcha el proyecto. TurkStream es vital tanto para el mercado interno de gas de Turquía como para Rusia.

La orientación de Turquía hacia el oeste, en dirección a Europa —parte integral de su estrategia diplomática durante décadas—, se ha desplazado ahora hacia el este. Para empeorar las cosas, el país, que hace 10 años obtenía buenos resultados en indicadores de democratización y apertura, se ha apartado de esos ideales e impone severas restricciones a las libertades civiles. Además, su presidente busca cada vez más poderes, con escaso respeto por la libertad de prensa o el Estado de derecho. Todo ello hace que Turquía se parezca cada vez más a un régimen autoritario que a una democracia.

Turquía depende cada vez más de sus vecinos para obtener petróleo y gas. Importa de Irán, Irak y Rusia, y ahora que Daesh desafía directamente a Turquía por su mayor protagonismo en el conflicto sirio, no es difícil imaginar cómo la geopolítica de su entorno podría poner en peligro su seguridad energética y, con ella, afectar al precio del petróleo. ¿Qué puede hacer Turquía para evitar la inseguridad energética?

Proteger su infraestructura energética, especialmente los oleoductos, es una posible respuesta, pero resulta difícil hacerlo sin aliados. La OTAN podría formar parte de la solución. Para la OTAN, la seguridad energética es una cuestión estratégica y la protección de infraestructuras energéticas críticas se ha convertido en una nueva área de atención para la Alianza.

Ambas opciones plantean sus propios desafíos. Tras el intento de golpe de Estado de julio pasado, Erdogan tomó medidas para purgar del ejército a cualquier oposición a su régimen. El debilitamiento del ejército no augura nada bueno para reforzar la seguridad de la infraestructura energética de Turquía. Mientras tanto, Turquía no quiere volver a enfurecer al oso ruso; pedir más ayuda a la OTAN sin duda provocaría una reacción, y no sería positiva.

Sin duda, la seguridad energética supondrá un desafío cada vez mayor para el país. Turquía necesita preparar mejor a su propio ejército y pedir ayuda a la OTAN, pero es poco probable que haga cualquiera de las dos cosas. Los mercados energéticos están saliendo de un período en el que las realidades geopolíticas y las respuestas no estuvieron sincronizadas; pero sostengo que ahora, en el segundo semestre de 2017, la geopolítica energética vuelve con fuerza y el precio del petróleo reflejará este resurgimiento. El mercado ya no puede permanecer inmune a los desafíos para la seguridad del suministro. Ante la creciente inestabilidad política y económica en Turquía y sus alrededores, es fundamental reforzar la seguridad de la infraestructura energética. Sin ello, cabe esperar que ocurran cosas malas.

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