Compadezcamos al cártel petrolero mundial. En un mercado que se diversifica rápidamente, es políticamente complejo, dinámico en lo económico y cada vez menos favorable a las emisiones de carbono, fijar el precio de la energía se está volviendo difícil, si no imposible.
En comparación con hace un año, el precio por barril se ha duplicado: pasó de 27 a 54 dólares. Para impulsarlo aún más, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), fundada hace 57 años, reunió a sus 13 miembros, que en conjunto poseen casi tres cuartas partes de las reservas probadas de petróleo del mundo.
Tras largas deliberaciones, la OPEP acordó reducir la producción en 1,3 millones de barriles diarios. Al restringir la oferta frente a la demanda mundial, los precios deberían subir. Pero ¿lo conseguirá la organización?
La respuesta se complica por nuevas variables cambiantes. Una es logística. Para forjar un consenso mundial, el primero desde 2002, la OPEP tuvo que buscar el acuerdo de países no miembros, como Rusia. Cada uno debe sopesar su propia capacidad, sus niveles de producción y su punto de equilibrio frente a los de los demás. Para las grandes economías, ese precio por barril es de 54 dólares; para Rusia, de 46 dólares, y para Asia, de 42 dólares.
Una segunda fuerza contrapuesta es la competencia. La innovación impulsada por la revolución del fracking, que permitió extraer petróleo de esquisto en toda América del Norte, responde rápidamente a las señales de precios. Si la OPEP logra elevar los precios mundiales del petróleo, aumentará la inversión en producción y crecerá la oferta.
«No hay que subestimar el petróleo de esquisto, que puede ejercer una presión a la baja sobre los precios», afirma Fatih Birol, director ejecutivo de la Agencia Internacional de la Energía. Añade que, hoy, «los mercados petroleros son muy diferentes de antes. Veremos una gran volatilidad» y «quizá no veamos un repunte de la inversión por tercer año consecutivo».
Una tercera complicación relacionada es tecnológica. En la última década, el precio de la energía solar —y, en menor medida, el de la energía hidroeléctrica, eólica, nuclear y geotérmica— se ha reducido por un factor de 10. La energía renovable es cada vez más competitiva económicamente frente a los combustibles fósiles. Así, cuando suben los precios del petróleo, la demanda puede debilitarse —sobre todo en las economías en desarrollo— y optar por alternativas al petróleo, lo que reduciría aún más los precios. Esta tendencia se acelerará a medida que los productores de energía sigan diversificando su cartera más allá de los ingresos procedentes del petróleo y el gas. Como muestra de esa transición, Arabia Saudita está invirtiendo en plantas solares.
Al pasar de una oferta impulsada por los productores a una demanda impulsada por los consumidores, las preferencias de estos introducen una cuarta variable. Si los precios son competitivos, prefieren una «combinación energética» más limpia y local, afirma Isabelle Kocher, directora ejecutiva del Grupo ENGIE. Las naciones, las industrias, las empresas e incluso las familias se inclinan por sistemas mucho más descentralizados. «Del lado del consumo, hay una convergencia hacia la electrificación. Esto es positivo para la descarbonización de la economía mundial», señala.
La última incógnita en materia energética sigue siendo la geopolítica. Algunos países están recortando las subvenciones al petróleo; otros hacen justo lo contrario. En vísperas de su investidura, no está claro si el presidente electo Trump estrechará los vínculos con Rusia y levantará las sanciones, volverá a imponer restricciones a Irán, romperá el acuerdo climático de París o establecerá barreras comerciales que graven las importaciones de petróleo para impulsar el empleo, los ingresos y la demanda mediante medidas proteccionistas en Estados Unidos.
«Sigue siendo demasiado arriesgado predecir algo como el precio del petróleo», afirma Khalid Al-Falih, ministro de Energía, Industria y Recursos Minerales de Arabia Saudita. «Hay demasiadas variables, riesgos macroeconómicos mundiales, fluctuaciones cambiarias o restricciones regulatorias».
Al-Falih se niega a proponer un precio óptimo o deseable para el petróleo, y mucho menos a hacer una valoración cuando Saudi Aramco ofrezca acciones en una oferta pública inicial. «La OPEP es apolítica», afirma. «Es un grupo de países con un interés común, que busca reducir la volatilidad y la incertidumbre para los consumidores y las aerolíneas. Las empresas petroleras pierden el sueño y pueden ver afectado su bienestar por esta imprevisibilidad».


