Por qué las cosas solo pueden mejorar con un sistema energético descentralizado

Will an increasingly “smart” energy system entrench disadvantage or improve access?
Will an increasingly “smart” energy system entrench disadvantage or improve access?Image: REUTERS/Pascal Rossignol - RC1D7721D540
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A pesar de su relativa riqueza, más de 50 millones de personas en toda la UE viven en situación de «pobreza energética». Solo en el Reino Unido, cinco millones de adultos —alrededor del 10 % de la población— nunca han usado internet. Más de un millón de personas no tienen cuenta bancaria. ¿Un sistema energético cada vez más «inteligente» y descentralizado afianzará las desventajas y dejará atrás a más personas, o podría ampliar el abanico de soluciones y mejorar el acceso a todos los beneficios que aporta disponer de un suministro energético fiable?

Un sistema energético en transformación

Los primeros usuarios, las personas con conocimientos tecnológicos, las que tienen solvencia crediticia y las relativamente acomodadas son claros beneficiarios potenciales de las nuevas tecnologías, los servicios y los modelos de negocio del sistema energético en transformación. Pronto habrá diversas opciones para ahorrar o incluso ganar dinero con la monetización de los servicios de equilibrio de la red: desde la práctica ya habitual de vender el excedente de energía de instalaciones solares en tejados hasta el uso emergente de la respuesta de la demanda mediante sistemas domésticos de almacenamiento de energía, baterías de automóviles o electrodomésticos, pasando por las ventajas de una mayor competencia que supondría cambiar el modelo de mercado a la prestación de servicios energéticos. Algunas comunidades incluso estudian desarrollar su propio sistema energético cerrado, con el argumento de evitar los costes de transmisión y otros costes sistémicos socializados. Sin embargo, sigue abierta la cuestión de si todas estas soluciones energéticas emergentes permanecerán cerradas a las personas pobres.

Hay argumentos sólidos para sostener que resolver los problemas de vivienda o de política social no debería ser responsabilidad del sistema energético; que utilizar las estructuras del mercado energético para abordar la pobreza tiene diversas consecuencias imprevistas, como distorsionar las señales del mercado y generar resultados perversos. Pero eso no justifica que la transformación del sistema energético empeore las cosas, aunque sea sin querer.

Si no se aborda el problema, en el mejor de los casos la diferencia en los beneficios y el valor de los servicios entre las personas favorecidas y las desfavorecidas podría aumentar. En el peor, la dependencia potencial de servicios «residuales» de alto coste, basados en activos varados, la exclusión y la denegación del servicio podrían agravar los desafíos a los que se enfrenta la población más vulnerable. Y, por supuesto, el riesgo de la evolución del sistema energético es que la ya formidable tarea de adaptar los mercados, las instituciones y la regulación para facilitar una transición fluida y eficiente hacia un futuro energético de bajo coste, bajo en carbono y de alto rendimiento —técnicamente posible— se vea descarrilada por la imposición de medidas regulatorias en respuesta a una reacción social más amplia.

Entonces, ¿qué se puede hacer?

La transición energética ofrece la posibilidad de mejorar los resultados para las personas vulnerables y desfavorecidas. La misma tecnología que abre la posibilidad de que una nueva ola de proveedores de energía y servicios domésticos desarrolle nuevos modelos de negocio, que podría convertir a quienes pagan sus facturas pasivamente en clientes exigentes que entienden sus opciones y cuánto cuesta cada una, cuál prefieren y cuál consideran que vale lo que cuesta —como hacen en todos los demás mercados de consumo—, y que permite pasar de hablar de energía en kWh a hablar de confort, podría aprovecharse para informar y empoderar mejor a las personas vulnerables, y permitir que los proveedores de cuidados y servicios diseñen intervenciones más eficaces basándose en una comprensión mucho más profunda de las necesidades y los resultados.

La solución empieza por diseñar políticas, regulaciones y arquitecturas que fomenten tecnologías, servicios y modelos de negocio innovadores para un sistema energético centrado en el consumidor, que sitúen a los consumidores en el centro de la planificación de la transición energética y se basen en una comprensión sólida de las necesidades de todos los usuarios finales, incluidos los hogares vulnerables. Un nuevo nivel de interacción con los consumidores, facilitado por la tecnología, podría mitigar el riesgo de que algunas personas queden atrás durante la transición, al tener en cuenta los factores que pueden impedirles acceder al mercado y obtener el mejor precio por los servicios que necesitan.

Entre las opciones están usar la tecnología para que las personas controlen mejor cuánto gastan en satisfacer sus necesidades energéticas; garantizar que los datos de los servicios domésticos inteligentes se utilicen para adaptar el apoyo gubernamental a las necesidades individuales de las personas vulnerables —por ejemplo, mediante la instalación de tecnologías de bajas emisiones de carbono y eficientes desde el punto de vista energético, basada en un conocimiento más profundo de los patrones de comportamiento, los hogares y las circunstancias—; y diseñar servicios centrados en los resultados que minimicen el riesgo de no lograr el efecto previsto, por ejemplo, en la salud.

Beneficios de la evolución de los sistemas energéticos

Ya hemos empezado a ver cómo se materializan estos beneficios en el Reino Unido, con innovaciones como termostatos inteligentes, sistemas para presupuestar el gasto energético, proveedores de energía que solo utilizan contadores inteligentes de prepago y proveedores de energía sin ánimo de lucro propiedad de las autoridades locales.

  • Los contadores inteligentes de prepago han permitido a las personas recargar saldo por internet y saber cuánto gastan, en vez de quedarse sin suministro.

  • Innovaciones como la prescripción de calderas han permitido que las personas cuyas enfermedades empeoran con el frío mantengan sus hogares a una temperatura cálida. Sin embargo, la tecnología inteligente podría permitir que los datos identificaran actividades o patrones de uso asociados con distintas afecciones, lo que podría mejorar los resultados potenciales de salud y la prestación de apoyo de forma rentable.

  • Los termostatos inteligentes diseñados para residentes de viviendas sociales permiten acceder a los servicios que ofrece la tecnología inteligente a personas que normalmente no podrían hacerlo porque no tienen conexión a internet.

Adoptar una actitud proactiva y aprovechar las opciones y alternativas que surgen con las nuevas tecnologías, arquitecturas de sistemas, modelos de negocio e incentivos abre la posibilidad de que la transición energética mejore la vida de toda la sociedad. Esto podría ser un efecto secundario totalmente positivo de la transformación del sistema, y además reduciría el riesgo de que se intervenga mediante regulaciones para responder a posibles inquietudes. Pero, para que esto ocurra, convendría tenerlo en cuenta desde el principio. Si dejamos atrás a algunos grupos, no lograremos un sistema energético bajo en carbono con la escala y al ritmo necesarios.

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