Estados Unidos y Rusia tienen aproximadamente 7000 ojivas cada una, suficientes para destruir a la humanidad muchas veces. Estados Unidos tiene suficiente plutonio muy radiactivo, sobrante de la Guerra Fría y generado por sus centrales nucleares, para producir 10.000 ojivas más. ¿Qué debemos hacer con este resto innecesario y mortal de nuestra belicosidad?
Hay “dos tipos de problemas, los urgentes y los importantes”, como dijo el presidente Dwight Eisenhower en su discurso de 1954 en la Universidad Northwestern.
“Los urgentes no son importantes, y los importantes nunca son urgentes.” Los residuos de plutonio no están en la pila de urgentes de agendas de los líderes mundiales. Pero están en lo más alto de la pila de importantes para la humanidad. Ya estamos fallando a las generaciones futuras.
En febrero de 2014, una explosión sacudió la principal instalación de almacenamiento de plutonio cerca de Carlsbad, Nuevo México, causando daños extensos. Su causa fue una errata inocente y una supervisión deficiente, según Patrick Malone, del periódico New Mexican. Se usa arcilla absorbente para neutralizar posibles reacciones químicas ácidas provenientes de diversos compuestos neutralizantes en los bidones de residuos. Probablemente para reducir costes, se recomendó recurrir a arena para gatos como fuente de arcilla.
Pero una ligera errata en un memorando de actualización cambió las especificaciones de “arena para gatos/arcilla zeolita” a simplemente “arena para gatos (arcilla)”, como señala el informe oficial. El resultado fue el uso de una arena para gatos orgánica a base de trigo, altamente reactiva (sWheat Scoop, en lugar de una arcilla inorgánica, para estabilizar la mezcla del bidón. Esto provocó una reacción química lenta pero implacable dentro del bidón, que acabó sobrecalentándolo y finalmente explotó. El coste de la reparación y los retrasos se estimó en 1.400 millones de dólares.
En mayo de 2017, colapsó un túnel de almacenamiento en la instalación de residuos nucleares de Hanford, en el estado de Washington. La culpa fue del mantenimiento, no solo de la infraestructura sino también de los propios bidones de residuos. Ya se habían producido fugas de residuos muy radiactivos en esa instalación, según The Atlantic. En el sitio web del Departamento de Energía se anuncia la retirada de “lodos radiactivos almacenados cerca del río Columbia”, donde “cerca” significa “unas 400 yardas” (360 metros) desde el río. En Hanford hay almacenados 53 millones de galones de dichos lodos radiactivos, sin una medición clara del nivel actual de fugas tan cerca de un valioso recurso hídrico.

Una contaminación de este tipo ya se ha producido, por ejemplo, en Coldwater Creek, al norte de Saint Louis, Misuri. Un rinforme publicado en junio de 2018 por el Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos concluyó: “los niños y adultos que jugaban con regularidad en Coldwater Creek o alrededor de él, o que vivieron en su llanura aluvial durante muchos años en el pasado (de la década de 1960 a la de 1990), pueden haber estado expuestos a contaminantes radiológicos. La ATSDR estimó que esta exposición podría aumentar el riesgo de desarrollar cáncer de huesos o de pulmón, leucemia o, en menor medida, cáncer de piel o de mama.” Coldwater Creek no tiene ni de lejos el nivel de radiación de Chernóbil o Fukushima, pero su contaminación fue más insidiosa porque no se advirtió a los residentes, que jugaban sin saberlo en orillas radiactivas.
Los residuos nucleares son un problema global. Francia, uno de los países más dependientes de la energía nuclear, todavía no cuenta con un plan de almacenamiento a largo plazo. Mientras tanto, genera 2 kg de residuos radiactivos por persona al año, una parte pequeña pero no insignificante de los cuales seguirá siendo peligrosa durante al menos 200.000 años. Las pinturas rupestres ilustrativas más antiguas conocidas tienen solo 40.000 años. El primer sistema de escritura apareció hace 10.000 años. Es imposible, si no temerariamente soberbio, planificar cualquier cosa a una escala de 100.000 años.
¿Qué debemos pensar de dilemas similares de almacenamiento de residuos radiactivos en Rusia, Japón, China, Ucrania o en cualquiera de las más de 30 naciones que dependen de la energía nuclear? Dichos residuos deben asegurarse durante un mínimo de 300 años, algunos durante cientos de miles de años. Pero tras solo unas décadas, nuestras instituciones ya muestran signos de fatiga.
La vitrificación, método que consiste en encerrar los residuos en vidrio para hacerlos estancos, es la propuesta de consenso para subsanar los problemas de fugas. Pero un proceso tan irreversible limitará para siempre el acceso a los residuos, anulando así cualquier futura solución de remediación. La intensa radiactividad seguirá siendo tóxica a través del vidrio. La vitrificación es una solución impregnada de nuestro limitado conocimiento científico que hará que la humanidad cargue con la radiactividad de origen humano durante más tiempo del que razonablemente cabe esperar que duren nuestras instituciones, o incluso las formas de gobierno.
Nos da esperanza un equipo de científicos actuales y antiguos del CERN en Ginebra, entre ellos el premio Nobel Carlo Rubbia, que propone un enfoque diferente. Han simulado y probado parcialmente un sistema para transformar residuos muy radiactivos que duran cientos de miles de años en residuos ligeramente radiactivos con menos de 300 años de toxicidad, un plazo más manejable. Basándose en un haz de protones, tecnología habitual en el CERN, y en un elemento natural poco utilizado llamado torio, casi tan común como el plomo, proponen neutralizar los residuos muy radiactivos del mundo en tan solo unas décadas.
Denominan a su diseño detallado “sistema impulsado por acelerador” (ADS, por sus siglas en inglés), y cuentan con alianzas establecidas para demostrar su eficacia. El presupuesto estimado para pasar del modelado por ordenador a una demostración real en un plazo de cinco años es de 70 millones de dólares. Pero mientras la corporación Bechtel empieza la construcción de una planta de vitrificación de 17.000 millones de dólares, el equipo de eminentes científicos del CERN aún no ha recibido financiación significativa. Un corolario de la reacción de neutralización de residuos radiactivos podría ser energía eléctrica libre de CO2, si se acopla a un intercambiador de calor. A veces, como se maravillaba Steve Jobs, la tecnología adecuada es generosa y parece mágica.
¿No sería justo para nuestros tataranietos probar un nuevo enfoque para la gestión de los residuos radiactivos? Ya hemos fallado a nuestros océanos por falta de voluntad política para afrontar la contaminación por plásticos. No arriesguemos que todo nuestro planeta se enfrente a un destino similar por culpa de los residuos radiactivos.


