Mantener las luces encendidas: cómo las deficiencias en las infraestructuras eléctricas ponen en riesgo la seguridad energética

Abstract Earth view from space with fiber optic cables rising from major cities. ENergy infrastructure (World Map Courtesy of NASA: https://visibleearth.nasa.gov/view.php?id=55167)
Energy infrastructure designed for a different era is struggling to keep pace with growing global power demand.Image: iStockphoto/imaginima
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  • El enfoque de la transición energética se ha ampliado: además del clima, ahora incluye la seguridad, la reindustrialización y la asequibilidad.

  • Este cambio se sustenta en el rápido crecimiento de la demanda de electricidad, que hace esencial invertir en infraestructuras eléctricas para garantizar una energía segura, asequible y limpia.

  • Sin embargo, aunque cada vez más países utilizan energías renovables, los cuellos de botella de la red y el envejecimiento de las infraestructuras energéticas están limitando su mayor crecimiento.

Antes, la transición energética giraba en torno al clima. Ahora también trata de seguridad energética, reindustrialización y asequibilidad.

Todo lo que pueda electrificarse debe electrificarse. Será necesario invertir enormes sumas en capacidad de generación de electricidad renovable, en una expansión masiva de la red y en toda la flexibilidad necesaria para equilibrar un sistema energético renovable. El éxito consiste en garantizar energía de bajo coste, generada localmente, para alimentar industrias nuevas y en transición, hacer que la energía sea más asequible y alcanzar las cero emisiones netas en 2050.

El mundo ya ha logrado avances notables en el despliegue de las energías renovables. La energía solar y la eólica representan ahora más del 90 % de la nueva capacidad eléctrica mundial y la electricidad limpia aporta el 40 % de la generación total de electricidad mundial. Sin embargo, la columna vertebral de esta transformación está fallando porque las infraestructuras eléctricas, diseñadas para otra época, tienen dificultades para seguir el ritmo de la demanda.

Durante mi etapa en Statnett, el operador del sistema de transmisión de Noruega, vi cómo las infraestructuras de la red ascendían en la lista de prioridades de los debates sobre seguridad energética. Pero los gobiernos, los responsables políticos, los inversores y las empresas aún no han traducido sus ambiciones en acciones.

Solo en el último año, el impacto de los apagones y los fallos de la red ha sido un recordatorio contundente de la presión a la que están sometidos los sistemas energéticos. Las crisis recientes no han hecho más que subrayar la urgencia de este asunto. En Europa, el choque energético posterior a la guerra de Ucrania contribuyó a impulsar medidas notables que elevaron la cuota de las energías renovables del 38 % al 47 % de la generación eléctrica de la UE en solo cuatro años. Sin embargo, los cuellos de botella de la red y el envejecimiento de las infraestructuras energéticas amenazan ahora con frenar nuevos avances.

¿Qué podemos aprender de China y los países nórdicos sobre seguridad energética?

En Asia, el aumento vertiginoso de la demanda y la electrificación están impulsando necesidades de inversión sin precedentes en infraestructuras energéticas, según investigaciones del Banco Asiático de Desarrollo y el Foro Económico Mundial. La región de Asia-Pacífico (APAC) es responsable del 60 % de las emisiones mundiales de carbono y del 60 % de la población mundial, por lo que las inversiones en su sistema energético son decisivas para la salud futura del planeta.

China marca el ritmo de la innovación en infraestructuras eléctricas. En 2024 invirtió 625.000 millones de dólares en energía limpia —más que Europa y América del Norte—. Y, algo crucial, estas inversiones en energía limpia van acompañadas de inversiones en infraestructuras de red.

La red de transmisión de ultraalta tensión (UHV) de China está diseñada para integrar vastos recursos renovables y suministra energía verde a lo largo de miles de kilómetros con pérdidas mínimas. Por ejemplo, la línea UHV Ningxia-Hunan, en funcionamiento desde agosto de 2025, puede abastecer a 10 millones de hogares y funciona principalmente con energía solar y eólica.

Europa debe ponerse al día. El continente podría inspirarse en los más de 40 años de desarrollo de sistemas de energía renovable de los países nórdicos. Durante este tiempo, la región ha construido interconectores transfronterizos, ha realizado sólidas inversiones en la red y se ha centrado en desarrollar la flexibilidad y la automatización digital.

Sin embargo, esto requiere enormes inversiones en infraestructuras energéticas. El Informe Draghi sobre la competitividad de la UE recomendó que la región invirtiera 300.000 millones de euros al año en la transición energética, incluidas las infraestructuras de red y las energías renovables. Se están logrando avances: se prevé que la inversión de la UE en redes supere los 70.000 millones de euros en 2025, el doble que hace una década. El Great Grid Upgrade del Reino Unido muestra la escala de transformación de infraestructuras necesaria a nivel nacional.

Sin embargo, en general, las inversiones en redes siguen rezagadas respecto al despliegue de energías renovables, lo que somete a una presión considerable a los sistemas energéticos de todo el mundo.

El 76% de la energía de África podría ser renovable para 2040.
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¿Qué ocurre si los países no invierten en las redes eléctricas?

Los fallos de las infraestructuras eléctricas son la principal causa de apagones graves en todo el mundo, con efectos en cadena sobre las economías y las sociedades. El envejecimiento de las infraestructuras, la falta de inversión y la sobrecarga de las redes han provocado recientemente varios cortes importantes, como el apagón de abril de 2025 en España y Portugal.

La AIE también estima que el mundo necesita al menos duplicar la capacidad actual de sus redes en los próximos 15 años para cumplir los objetivos climáticos. Sin inversiones suficientes en las redes, podrían retrasarse hasta 1.500 GW de proyectos de energías renovables mientras esperan conectarse a la red eléctrica. Esto expone a los países al riesgo de incumplir sus objetivos de descarbonización, perder oportunidades de reindustrialización y afrontar altos precios de la energía por importar combustibles fósiles.

Los cuellos de botella de la red elevan los precios de la energía, frenan el crecimiento industrial y socavan la confianza pública al reducir la asequibilidad. El aumento de los precios de la energía durante las crisis recientes ha demostrado la vulnerabilidad de las economías cuando las infraestructuras van a la zaga de las ambiciones. En Europa, las limitaciones de la red están afectando directamente a los precios de la energía y restringiendo el uso de las renovables. En APAC, unas redes inadecuadas frenarían la electrificación y dejarían a millones de personas sin un suministro eléctrico fiable.

Sin inversiones oportunas en redes y flexibilidad, aumentará el coste de integrar las energías renovables. La asequibilidad debe considerarse un pilar fundamental de la transición: un sistema energético limpio pero inasequible no conseguirá el apoyo público y socavará los objetivos climáticos a largo plazo.

Cómo resolver el dilema de la inversión en redes eléctricas

Una transformación exitosa de la red exige acciones coordinadas. El temprano éxito de Dinamarca en la energía eólica, la Energiewende de Alemania y las iniciativas impulsadas por los estados de EE. UU. se han basado en alianzas público-privadas (APP) que combinan incentivos políticos con innovación privada. Los bancos verdes, la financiación combinada y las APP han movilizado miles de millones para modernizar las redes.

Los entornos de prueba regulatorios y los diseños tarifarios flexibles también están acelerando la modernización de las redes. Estados Unidos, Alemania y los países nórdicos han utilizado iniciativas de este tipo para poner a prueba nuevos modelos con el fin de probar tecnologías energéticas avanzadas, fomentar la flexibilidad distribuida y alinear los incentivos para las empresas de servicios públicos y los consumidores.

El apoyo público es esencial. En 2024, la empresa eléctrica española Iberdrola utilizó una estrategia basada en la gamificación para destacar entre sus clientes el desafío de la transición hacia la energía limpia. Una participación inmersiva y transparente puede impulsar la comprensión y la aceptación. Son clave la participación temprana e inclusiva, una comunicación clara de los beneficios y la creación de confianza.

La asequibilidad también es fundamental para lograr el apoyo público a la inversión en el sistema energético. Esto implica reconsiderar los modelos tarifarios regulados actuales, que hacen recaer directamente sobre los consumidores los costes de inversión.

¿Cuáles son los próximos pasos para invertir en infraestructuras energéticas?

Los gobiernos y los inversores que se reunirán en la Reunión Anual 2026 del Foro Económico Mundial en Davos tienen la oportunidad de colaborar e impulsar cambios en materia de inversión en infraestructuras energéticas. Deben:

  • Dar prioridad a inversiones anticipatorias y oportunas en infraestructuras eléctricas: Pasar de una planificación reactiva a otra con visión de futuro que integre las energías renovables, el almacenamiento y la flexibilidad a gran escala.

  • Fomentar las alianzas público-privadas: Movilizar capital y conocimientos especializados para modernizar rápidamente las redes mediante financiación innovadora y apoyo regulatorio. Se necesitarán inversiones nacionales combinadas con capital e inversiones privadas.

  • Acelerar la innovación regulatoria: Por ejemplo, las tarifas flexibles y los marcos transfronterizos permitirían desbloquear inversiones privadas, nuevas tecnologías y modelos de negocio.

  • Implicar a la ciudadanía: La inversión en el sistema energético aporta enormes beneficios, como seguridad energética, asequibilidad, crecimiento económico y descarbonización. Es necesario comunicarlo a la ciudadanía e involucrar a las comunidades en el diálogo sobre las infraestructuras energéticas y en su desarrollo.

La transición energética solo tendrá éxito si se sustenta en una perspectiva integral del sistema energético, con inversiones inmediatas en infraestructuras y en la flexibilidad tan necesaria. Las medidas audaces, integrales y anticipatorias permitirán construir sistemas energéticos asequibles, resilientes y flexibles que impulsarán un futuro con cero emisiones netas.

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