Las casas pasivas aprovechan fuentes de energía naturales para generar y retener calor, reduciendo la necesidad de energía comprada.
Este enfoque puede ayudar al sector de la construcción a reducir las emisiones de carbono y cumplir los objetivos climáticos internacionales.
Aunque reducen considerablemente las facturas de servicios públicos, el elevado coste de construcción hace improbable que las casas pasivas satisfagan las necesidades mundiales de vivienda asequible y social.
Hace treinta años, se construyó en Alemania el primer complejo de las llamadas casas pasivas del mundo como parte de un esfuerzo por construir edificios de forma sostenible y limitar el daño ambiental.
El Dr. Wolfgang Feist, fundador y director del Instituto de la Casa Pasiva, desarrolló la idea de que, utilizando los materiales y las técnicas adecuados, los edificios podían calentarse o enfriarse con una necesidad mínima de energía comprada.
Los 5 principios clave
Conocidos en alemán como «passivhaus», estos edificios se calientan con fuentes «pasivas», como el sol, el calor que desprenden sus ocupantes o el que emiten los electrodomésticos. En teoría, con un buen aislamiento, las casas pasivas nunca necesitan depender de sistemas tradicionales de control de temperatura, ineficientes y perjudiciales para el clima, alimentados con electricidad, gas o petróleo.
Los planos del Dr. Feist se basaban en cinco principios clave para retener la energía térmica dentro del edificio: aislamiento térmico de alta calidad, ventanas con triple acristalamiento, eliminación de puentes térmicos, una envolvente hermética del edificio y un sistema de ventilación capaz de recuperar el calor. En la práctica, estos principios pueden garantizar que el calor generado permanezca dentro del edificio hasta dos semanas.
Para obtener la certificación de cumplimiento de los estándares de las casas pasivas, los edificios deben someterse a rigurosas pruebas establecidas por el Instituto de la Casa Pasiva de Alemania.
Las casas pasivas consumen alrededor de un 90 % menos de energía para calefacción que los edificios más antiguos y un 75 % menos de energía que un edificio de nueva construcción promedio, según el Instituto. Solo necesitan una fuente adicional de calefacción cuando hace mucho frío, mientras que en los calurosos meses de verano no hace falta aire acondicionado, ya que el aislamiento impide que entre el calor.
Cumplir los objetivos contra el cambio climático
A medida que crece la preocupación por el cambio climático y más personas se trasladan a zonas urbanas, ha resurgido el interés por el enfoque de Feist. Se pueden encontrar edificios certificados por el Instituto en todos los continentes, desde casas familiares en Japón hasta el primer hospital del mundo construido como casa pasiva, en Fráncfort, Alemania, cuya finalización está prevista para finales de este año.
El exclusivocomplejo Charlotte of the Upper West Side, inaugurado en la ciudad de Nueva York en 2020, incorpora muchas características de las passivhaus, tantas que se le ha apodado «el condominio más ecológico de Manhattan».
Además del evidente ahorro económico que supone reducir drásticamente las facturas de servicios públicos, las casas pasivas pueden ayudar de forma más amplia a los gobiernos y las sociedades a cumplir los objetivos de reducción de emisiones, especialmente en el sector de la construcción. Las zonas urbanas siguen siendo una fuente importante de cambio climático, según estudios de las Naciones Unidas, y el concepto de casa pasiva se ha propuesto como una forma de cumplir el objetivo del Consejo Mundial de Construcción Ecológica de lograr la neutralidad total de carbono en los edificios residenciales para 2050.
¿Una solución para la vivienda asequible?
Por desgracia, el coste de construcción hace que las casas pasivas sean prohibitivamente caras para muchos países; además de los obstáculos financieros, también existen dificultades para obtener las aprobaciones urbanísticas de funcionarios poco familiarizados con el concepto, conseguir materiales que cumplan los requisitos y obtener la certificación del Instituto.
Por ello, a estas alturas, la vivienda pasiva parece una solución poco probable para realojar a los mil millones de personas que, según estima Naciones Unidas, viven en «asentamientos informales» en todo el mundo. Puede que Charlotte sea bueno para el medio ambiente, pero el precio de varios millones de dólares de cada apartamento no contribuirá a cubrir la acuciante necesidad de más vivienda social en la ciudad de Nueva York.





