Pasar de los combustibles fósiles a las energías renovables es un paso importante y necesario para evitar el cambio climático. Sin embargo, en nuestros esfuerzos por adoptar energías limpias, también debemos tener presentes otras consecuencias, tanto previstas como imprevistas, incluida la forma en que un despliegue masivo de tecnología renovable podría afectar al clima de su entorno.
¿Y si, por ejemplo, el desierto del Sahara se convirtiera en un gigantesco parque solar y eólico? Ese es el tema de una nueva investigación publicada en Science por Yan Li y sus colegas. Descubrieron que todas esas turbinas eólicas y placas solares hipotéticas harían que sus inmediaciones fueran más cálidas y lluviosas, y podrían reverdecer partes del Sahara por primera vez en al menos 4.500 años.
Los científicos que llevaron a cabo la investigación analizaron la cantidad máxima de energía solar y eólica que podría generarse en el desierto del Sahara y en la región de transición situada al sur, el Sahel. Eligieron ambas regiones porque son emplazamientos relativamente viables para un despliegue tan enorme de energías renovables: están bastante cerca de una demanda considerable en Europa y Oriente Medio, y hay pocos otros usos que compitan por el suelo. Ambas cuentan con un importante potencial de recursos eólicos y solares. Li y sus colegas también señalan que el Sahel, en particular, podría beneficiarse del desarrollo económico y de una mayor disponibilidad de energía para la desalación, que permitiría suministrar agua a las ciudades y a la agricultura.
Dado el gran tamaño de ambas regiones, los parques solares y eólicos simulados en este estudio tienen la extensión de países enteros: son 38 veces más grandes que el Reino Unido. Serían muchísimo mayores que cualquier parque solar o eólico existente y podrían generar hasta cuatro veces la energía que se consume actualmente en todo el mundo.
Esto provocaría cambios bastante significativos en el entorno local: por ejemplo, los enormes parques eólicos elevarían las temperaturas alrededor de 2 ℃, una magnitud similar al calentamiento global que nos preocupa. La energía solar causaría un cambio de temperatura menor, de alrededor de 1 ℃.
Los aumentos de precipitación de 0,25 mm al día asociados a los parques eólicos parecen más modestos, pero casi duplicarían la cantidad de lluvia previa. Una vez más, el efecto asociado a los parques solares fue menor: un aumento de 0,13 mm/día, aunque seguiría siendo considerable al acumularse a lo largo de un año.
Por qué las turbinas y los paneles traen calor y lluvia
Los parques eólicos provocan principalmente aumentos de temperatura porque las palas de sus turbinas empujan aire más cálido hacia la superficie, sobre todo por la noche. Esto se ha observado en estudios de campo y mediante teledetección. También se ha demostrado que aumentan la humedad del aire.
Los paneles solares hacen que se absorba más radiación solar y que se refleje menos energía del sol de vuelta al espacio. Esto calienta la superficie terrestre. Varios estudios lo han demostrado; uno de ellos constató que el efecto de calentamiento causado por los combustibles fósiles a través de las emisiones de carbono era 30 veces mayor que el calentamiento provocado por las instalaciones fotovoltaicas al absorber más radiación solar. Sin embargo, los efectos sobre la temperatura pueden variar dentro del parque solar y según la estación del año.
En la simulación del Sahara, el aumento de las lluvias se debe a que las turbinas eólicas obstaculizan el flujo libre del aire, lo ralentizan y reducen el efecto de la rotación de la Tierra sobre el flujo de aire. Esto reduce la presión atmosférica, y la diferencia de presión entre el Sahara y las zonas circundantes hace que el viento sople hacia allí. Cuando el aire se encuentra —o converge— en el Sahara, no tiene adónde ir salvo hacia arriba. Al ascender, el vapor de agua que contiene se condensa y se forman gotas de lluvia.
En el caso de la energía solar, el proceso es algo distinto: el aire más cálido, calentado por los paneles, simplemente asciende. Sin embargo, esto también favorece las bajas presiones, lo que hace que el aire fluya hacia allí, converja y ascienda.
Más lluvia también significa más vegetación. Esto aumenta la rugosidad de la superficie, como ocurre con las turbinas eólicas, y hace que se absorba más radiación solar, como sucede con los paneles solares. Este ciclo de refuerzo se conoce como «retroalimentación climática», e incorporar estas retroalimentaciones de la vegetación es un aspecto novedoso de la investigación de Li y sus colegas.
¿Es hora de hacerlo realidad?
No exactamente. Las decisiones no se toman solo en respuesta a los impactos ambientales; si así fuera, ya habríamos abandonado los combustibles fósiles. Sin duda, desarrollar un megaparque de energías renovables en el Sahara y el Sahel cambiaría las reglas del juego, pero primero hay que considerar muchos otros factores.
Puede que estas zonas estén poco pobladas, pero hay gente que vive allí y obtiene allí sus medios de vida; además, esos paisajes tienen valor cultural para sus habitantes. ¿De verdad se puede «arrebatar» ese suelo para suministrar energía a Europa y Oriente Medio?
Ya es bastante difícil lograr políticas energéticas coherentes y estables dentro de un solo país, y mucho más entre varios, dadas todas las posibles implicaciones políticas y las cuestiones de seguridad energética. Aunque disponer de enormes cantidades de energía barata del Sahara suena muy bien, no está claro que fuera una inversión lo bastante segura como para que las cuentas cuadraran.
También es difícil saber qué supondría esto para la desertificación, causada tanto por una gestión deficiente del suelo —como el sobrepastoreo— como por el clima. Los cambios en las precipitaciones analizados en este estudio son regionales, no globales, y, una vez retirados los parques eólicos y solares, sus efectos desaparecerían y el suelo podría volver a su estado anterior.
En conjunto, esta investigación es interesante e importante, pues destaca la necesidad de tener presentes las consecuencias imprevistas de la transición energética, sean positivas o negativas. Integrar estos hallazgos con otras consideraciones sociales, económicas, ambientales y técnicas es esencial para evitar pasar de Guatemala a Guatepeor.


