General Motors fabricó su primer vehículo impulsado por hidrógeno en 1966. Sin embargo, en lugar de revolucionar la industria automotriz, el GM Electrovan acabó en un museo. Medio siglo después, seguimos esperando que el hidrógeno esté a la altura de su promesa como tecnología energética limpia.
El chiste de la industria es que el hidrógeno es el combustible del futuro, y lo seguirá siendo siempre. Pero esto podría ser erróneo. Los enormes desafíos del cambio climático, así como el auge de las industrias eólica y solar, le están dando un nuevo impulso y atrayendo un renovado interés de gobiernos y empresas mucho más allá de la industria del automóvil.
La mayor parte del hidrógeno que se produce actualmente no es limpio, pero la tecnología para cambiar esa situación ya existe. Para entender cómo el hidrógeno puede pasar de la exageración a la realidad, es importante comprender la situación a la que se enfrenta nuestro sistema energético.
En este momento, el mundo se aleja de los objetivos del Acuerdo de París sobre el cambio climático, que pretenden reducir con rapidez las emisiones de carbono. Para revertir esa tendencia, las fuentes de energía renovables, como la eólica y la solar, deberán representar una proporción mucho mayor del suministro mundial, y con rapidez. Pero se enfrentan a dificultades, entre ellas, y no es la menor, que la cantidad de electricidad que producen puede variar según el clima, la hora del día o la época del año, por lo que es posible que no esté disponible cuando la gente la necesita.
El hidrógeno es una de las pocas formas de almacenar esa energía variable. Otras opciones incluyen las baterías de iones de litio, que alimentan los teléfonos inteligentes y los coches eléctricos, pero no pueden competir con el hidrógeno en cuanto a escala. Por ejemplo, una gran instalación de almacenamiento de hidrógeno en Texas puede almacenar unas 1.000 veces más electricidad que el mayor complejo de baterías de iones de litio del mundo, situado en Australia Meridional.
El hidrógeno limpio puede hacer mucho más que alimentar automóviles. Puede impulsar camiones y barcos y ser una materia prima clave para refinerías, plantas químicas y acerías, todos ellos sectores que hoy tienen pocas alternativas a los procesos contaminantes actuales.
Afortunadamente, estos sectores tienden a concentrarse en grandes puertos industriales, lo que ofrece excelentes oportunidades para construir infraestructuras combinadas. Además, en los puertos ya se produce hidrógeno para abastecer a las fábricas químicas y refinerías locales.
Así pues, el hidrógeno ofrece prometedoras perspectivas de una industria más limpia y de energía sin emisiones: al convertirlo en energía, solo produce agua, no gases de efecto invernadero. Además, es el elemento más abundante del universo. ¿Qué puede haber de malo?
Uno de los mayores problemas es que, con diferencia, la forma más común de producir hidrógeno es a partir de combustibles fósiles. La cantidad generada a partir de carbón y gas natural este año para usos industriales bastaría, en teoría, para alimentar aproximadamente la mitad de los coches que circulan por el mundo. Pero la producción de hidrógeno libera aproximadamente la misma cantidad de emisiones de carbono que las economías del Reino Unido e Indonesia juntas, según un informe de la AIE que se publicará la próxima semana.
Reducir las emisiones de estas industrias mediante la captura y el almacenamiento de su carbono, o abasteciéndolas con hidrógeno procedente de fuentes renovables, representa un reto considerable, pero también una oportunidad para empezar a construir una industria mundial de hidrógeno limpio de cara al futuro.
Otra gran dificultad es el coste. El hidrógeno obtenido a partir de electricidad renovable es entre dos y tres veces más caro que el producido a partir de gas natural. Pero los costes de la energía solar y eólica se han desplomado en los últimos años y, si siguen bajando, el hidrógeno limpio será más asequible. Aun así, la tecnología que convierte el agua en hidrógeno (sin producir emisiones de carbono) debe desarrollarse a una escala mucho mayor para reducir los costes.
Los gobiernos serán fundamentales para determinar si el hidrógeno triunfa o fracasa. La mayoría de los más de 200 proyectos en curso siguen dependiendo en gran medida de la financiación pública directa, según el análisis de la Agencia Internacional de la Energía. Pero unas políticas inteligentes deberían animar al sector privado a asegurar suministros a largo plazo de hidrógeno limpio y ofrecer a los inversores incentivos para respaldar a las mejores empresas.
También debemos impulsar el comercio internacional de hidrógeno con las primeras rutas marítimas. Hay señales alentadoras: Japón tiene varios proyectos piloto importantes para determinar la mejor forma de transportar hidrógeno a largas distancias.
Mientras tanto, la UE ha respaldado una iniciativa para que el hidrógeno tenga un papel significativo en los esfuerzos de Europa por descarbonizar sus economías.
La AIE ayudará a los gobiernos a diseñar las políticas adecuadas. A petición de la presidencia japonesa del G20, hemos llevado a cabo un estudio en profundidad sobre la situación actual del hidrógeno limpio, recomendando medidas prácticas inmediatas para fomentar su desarrollo. El informe se presentará la próxima semana en la reunión de ministros de energía del G20.
El mundo no debería desaprovechar esta oportunidad sin precedentes de convertir el hidrógeno en una parte seria de nuestro futuro energético sostenible, en lugar de dejarlo aparcado en un museo.


