Encontrar el equilibrio adecuado en torno al gas natural

Encontrar el equilibrio adecuado en torno al gas natural
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En una serie de publicaciones previas al lanzamiento, el lunes 23 de abril de 2012, del informe Nueva Arquitectura Energética del Foro Económico Mundial, Fred Krupp, presidente de Environmental Defense Fund, habla de los desafíos ambientales que plantea aprovechar el potencial del gas de esquisto.

A medida que la abundancia reciente de gas de esquisto transforma la economía energética de EE. UU —pasó del 2 % del suministro total de gas natural del país en 2001 a alrededor del 30 % en la actualidad—, las preocupaciones ambientales han pasado a dominar el debate público. En todo EE. UU., la gente teme que no sea posible extraer gas de esquisto sin contaminar el agua potable, ensuciar el aire y desbordar la capacidad de las comunidades. Un segmento significativo de la población ha concluido que no se está afrontando el desafío ambiental, uno de los tres imperativos del triángulo energético: crecimiento, sostenibilidad y seguridad.

Como resultado, las comunidades de todo EE. UU. están reconsiderando el gas de esquisto. Desde Nueva York hasta Pensilvania, Colorado y Texas, ciudades y condados están promulgando normas para regular y limitar la explotación, y a veces bloquearla. A medida que la revolución del gas de esquisto se extiende por el mundo, también crece la oposición, con importantes reservas identificadas en China, Argentina, Polonia y México. Francia, por ejemplo, ha impuesto una prohibición nacional de la fracturación hidráulica.

No tiene por qué ser así. Y la ironía es que ambientalistas como yo habíamos celebrado la perspectiva de una revolución del gas de esquisto precisamente por el beneficio ambiental que ofrecía. Como al quemarse el gas natural libera menos dióxido de carbono que el carbón, nos brinda una forma de reducir a corto plazo las emisiones que causan el cambio climático mundial. Mientras trabajamos para cerrar nuestras centrales eléctricas de carbón más contaminantes, aumentará la demanda de gas natural, hasta que fuentes de energía verdaderamente limpias, como la eólica y la solar, alcancen escala industrial.

A algunas personas les preocupa que el gas de esquisto ralentice la transición a la energía eólica y solar. Aunque estas inquietudes son comprensibles, dada la gran necesidad de acelerar esa transición, lo cierto es que, hasta que desarrollemos sistemas rentables de almacenamiento de energía a gran escala, la generación eléctrica a partir de gas natural nos ayudará a hacer frente a la intermitencia de la energía eólica y solar. El gas de esquisto complementa las energías renovables, pero los esfuerzos por hacerlo seguro no sustituyen una política climática y energética sensata. Aunque el gas natural puede ser una pieza importante de un futuro más limpio, para aprovechar sus beneficios debemos reducir las amenazas ambientales locales y disipar la preocupación pública por sus efectos en el aire, el agua y la tierra.

La primavera pasada, por indicación del presidente Obama, el secretario de Energía de EE. UU., Stephen Chu, creó una junta asesora sobre gas natural de siete miembros, encargada de recomendar cómo garantizar la extracción segura de este recurso. Tuve el privilegio de formar parte de este grupo, presidido por John Deutch, profesor del MIT, que celebró una serie de audiencias, visitó pozos y convocó una reunión pública en el sur de Pensilvania para escuchar directamente a quienes viven en zonas de explotación intensiva de gas de esquisto. Aunque ningún grupo gubernamental puede por sí solo restablecer la confianza pública, creo que nuestras recomendaciones —si las aplican los organismos reguladores estatales y federales y la industria— podrían ayudar a abrir camino.

Los dos informes del grupo, publicados en agosto y noviembre de 2011, constituyen un llamamiento a la acción y afirman sin ambages que «los estadounidenses merecen garantías de que se obtendrán todos los beneficios económicos, ambientales y de seguridad energética del desarrollo del gas de esquisto sin sacrificar la salud pública, la protección del medio ambiente ni la seguridad… Esto significa que los recursos destinados a supervisar la industria deben ser suficientes para cumplir esa tarea».

No tengo ninguna duda de que una regulación inteligente y firme es esencial para restablecer la confianza pública, y me complace que el grupo respaldara esta conclusión.

La falta de transparencia de la industria sobre los productos químicos que utiliza para fracturar formaciones de esquisto es una de las razones por las que se ha erosionado la confianza. El grupo destacó la necesidad de normas exhaustivas que obliguen a revelar los productos químicos empleados en la fracturación hidráulica, así como de nuevos estándares para la construcción de pozos y la gestión de aguas residuales. La industria también debe proporcionar más datos sobre sus operaciones, incluidas las emisiones de metano, un gas de efecto invernadero muy potente. Las fugas de metano durante la producción y distribución de gas natural socavan su ventaja climática frente a otros combustibles fósiles. El grupo pidió recopilar mejores datos sobre las fugas y establecer normas estrictas para reducir estas emisiones.

El informe también pide evaluar la calidad inicial del agua, revelar la composición de las aguas residuales de perforación y medir las emisiones atmosféricas. Propone crear una base de datos nacional de información pública sobre las operaciones de gas de esquisto y una organización dirigida por la industria y dedicada a mejorar las mejores prácticas.

No es fácil equilibrar la seguridad pública y la seguridad energética, pero es esencial. Pese a la ira y la desconfianza que rodean el tema del gas de esquisto, líderes de la industria y ambientalistas ya colaboran en las directrices necesarias para garantizar un resurgimiento seguro de este recurso. Environmental Defense Fund, donde trabajo, colabora con Southwestern Energy y otras entidades para redactar reglamentos modelo sobre la integridad de los pozos, que puedan adaptarse a las necesidades y circunstancias específicas de cada estado.

Este marco regulatorio modelo, junto con la aplicación de las recomendaciones del comité, tiene el potencial de cambiar el clima en torno al desarrollo del gas de esquisto en EE. UU., pero solo si la industria, los ambientalistas y los organismos reguladores trabajan juntos. Tras un año de enfrentamientos, ya es hora de que intensifiquemos esa colaboración.

Autor: Fred Krupp es presidente de Environmental Defense Fund, EE. UU.

En la imagen: Una llamarada de gas arde en un sitio de fracturación hidráulica en una zona rural del condado de Bradford, Pensilvania, el 9 de enero de 2012. La quema en antorcha, o combustión del exceso de gas, puede liberar contaminantes al aire, según el tipo de gas quemado y la temperatura del fuego, de acuerdo con el grupo ecologista Earthworks. El Departamento de Energía de EE. UU. ha instado a los organismos reguladores a exigir que las empresas perforadoras detallen qué productos químicos utilizan en la fracturación hidráulica —que consiste en inyectar a presión una mezcla de agua, arena y productos químicos en formaciones rocosas para liberar petróleo y gas— y divulguen más información sobre el impacto de esta técnica de perforación. Fotografía tomada el 9 de enero de 2012. REUTERS/Les Stone

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