Debemos repensar la forma en que nos calentamos. Aquí explicamos por qué

Smoke rises from the chimneys of houses during sunrise in Slavonski Brod, Croatia February 11, 2016
Half the energy we consume is used to heat our homes and industriesImage: REUTERS/Darrin Zammit Lupi
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La mitad de nuestro consumo energético total a nivel mundial se destina a la producción de calor - para nuestros hogares, fines industriales y otras aplicaciones. La mayor parte de este calor proviene de la quema de combustibles fósiles, como el carbón, y es responsable de una proporción significativa de la contaminación mundial.

Sin embargo, hasta la fecha hemos visto muy pocos avances en todo el mundo en la forma de descontaminar la generación de calor, a pesar de la existencia de soluciones más sostenibles y rentables. Una razón importante de ello es que los sistemas de calefacción que hemos construido en gran parte del mundo son tanto costosos como complicados de cambiar, y existen numerosos incentivos gubernamentales que favorecen las alternativas basadas en combustibles fósiles. Dicho esto, hay muchas presiones ambientales que están impulsando el cambio, empezando por la calidad del aire en ciudades como Pekín y Delhi, así como las presiones mundiales para descarbonizar.

La complejidad del calor comienza con su física. El calor tiene que ver con el flujo de energía y funciona de tres formas distintas: por convección, por conducción y por radiación. El calor también se rige por dos leyes científicas importantes: la primera y la segunda leyes de la termodinámica. La primera ley establece que la energía no puede crearse ni destruirse, sino que simplemente pasa de una forma a otra; la segunda ley establece que es imposible convertir una forma de energía en otra sin alguna forma de pérdida de calor. Algunas de las mayores pérdidas se producen cuando el petróleo y el gas se convierten de energía química en calor para alimentar un motor de combustión interna o una turbina. Por ello, es fundamental reducir el nivel de calor residual o captar ese calor para otros fines.

Existe un enorme margen para mejorar la eficiencia en la forma en que recuperamos y utilizamos el calor residual en EuropaImage: Calor residual

Hay muchas formas de reducir el calor residual, como construir edificios con mejor aislamiento o aumentar la eficiencia de los motores. Otra forma es captar y utilizar el calor residual para otros fines, como calentar agua, que luego puede emplearse localmente en un sistema de calefacción urbana. Estos sistemas son costosos y requieren tiempo para construirse; sin embargo, la digitalización de nuestro mundo nos brinda una enorme oportunidad para repensar el calor y el lugar de donde lo obtenemos.

Dublín podría ser un buen punto de partida. En los últimos años, la demanda de electricidad en la capital irlandesa se ha disparado gracias al crecimiento de los centros de datos construidos allí por empresas como Microsoft, Amazon, Facebook y Google. Aunque es cierto que la mayor parte de esa electricidad se utiliza para mantener refrigerados esos centros de datos, en lugar de calentarlos, el proceso de refrigeración genera, no obstante, grandes cantidades de calor residual, que luego se expulsa al aire de Irlanda. Tendría mucho más sentido aprovechar ese calor; por ejemplo, para cultivar alimentos en invernaderos o para calentar edificios. En los próximos años, la cantidad de centros de datos que se construirán será enorme. Esta es una oportunidad única no solo para Dublín, sino para gran parte del mundo, de construir sistemas de calefacción nuevos y más sostenibles en torno a estos nuevos devoradores de energía.

El mayor cambio en la calefacción consistiría en dejar atrás los sistemas tradicionales de calefacción doméstica, en los que la mayor parte del calor se pierde por la chimenea, y avanzar hacia sistemas de calefacción eléctrica, como los de infrarrojos, que son entre tres y cuatro veces más eficientes. Combinar un sistema de calefacción eléctrica de este tipo con una bomba de calor da como resultado un sistema casi perfecto que también puede utilizarse para proporcionar refrigeración en verano.

Sin embargo, la normativa gubernamental puede frenar a los países a la hora de utilizar la solución más sostenible.En Europa, por ejemplo, muchos países, como Irlanda, el Reino Unido y Alemania, utilizan gas y petróleo para calefacción. Lo hacen porque las estructuras de incentivos favorecen estos combustibles fósiles. Así, por ejemplo, en mi lugar de residencia, en las afueras de Berlín, el petróleo para calefacción cuesta 8 céntimos por kWh, el gas cuesta 7 céntimos por kWh, y la electricidad, que está más de un 50 % libre de carbono, cuesta 30 céntimos por kWh.

Esta diferencia se debe principalmente a los recargos e impuestos gubernamentales, y podría pensarse que estos factores son fáciles de cambiar. Pero no es así: millones de propietarios de viviendas y votantes ya poseen un sistema de calefacción basado en combustibles fósiles, por lo que cualquier cambio en la forma en que se grava la energía, incluido un gran impuesto al carbono, encontraría una resistencia considerable. Sin sorpresa alguna, las ONG tienden a concentrarse en combatir a las multinacionales petroleras o a las centrales eléctricas de carbón, ya que lo último que quieren es convertirse en enemigas del consumidor final, lo que explica por qué el coste ambiental de calentar nuestros hogares e industrias es probable que siga siendo el ‘elefante en la habitación’ que todos ignoran.

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